Editoriales | Rutas provinciales

Todos somos hacedores de la seguridad vial

Las muertes en las rutas argentinas como consecuencia de accidentes viales, son el resultado de la conjunción de varios factores evitables y, en menor medida, la fatalidad. A la cabeza de los primeros están: el estado calamitoso de las rutas, el error humano, la indolencia de algunas empresas que desatienden el descanso de sus choferes y la ausencia de controles. Como es visible, de los cuatro factores enumerados, dos dependen de la acción o inacción del Estado, uno de la indolencia empresarial y otro de la responsabilidad individual.

En los últimos 25 años hubo 190 mil muertos por siniestros viales en Argentina, eso da un promedio de 20 fallecimientos por día. ¿Le corrió frío por la espalda? Son datos oficiales y actualizados a noviembre del 2019, así que con alguna fluctuación entre uno y otro año, hablamos de un nivel de inseguridad vial que debería, por lo menos, impactarnos. Queda claro que hablamos de muertes evitables que no evitamos.

Hablemos del estado de nuestras rutas, muchas son a esta altura trampas mortales. Cuántas veces hemos escuchado ya que las van a arreglar o que las están repavimentando, cuántas veces nos contaron sobre las inversiones millonarias en conservación y mantenimiento, cuántas obras invisibles se licitaron y pusieron en marcha, cuántas, incontables. Si por cada vez que escuchamos un anuncio realmente se hubiese avanzado 10 kilómetros, hoy circularíamos por una red vial del primer mundo.

¿Hablamos de omisión, de negligencia, de inoperancia, de corrupción, de irresponsabilidad? Nuestra realidad es la contracara de la grandilocuencia anunciada, nuestra realidad son eternas obras de reparaciones superpuestas como consecuencia de la precariedad, obras de emparchado permanente, remiendo sobre remiendo, retoque sobre retoque, a veces incluso con escasa señalización. Muchas de nuestras rutas son nefastas, muchas tienen tramos completos intransitables, que intensifican el riesgo aún más de noche, con lluvias intensas o con neblina. Muchas tienen además banquinas reducidas y agua o hasta lagunas a lo largo de varios tramos, lo que reduce el margen de maniobra considerablemente. El cálculo es simple, con rutas como las nuestras, las posibilidades de accidentes con resultados dramáticos, son lógicamente altas.

Si al estado de las rutas le sumamos irresponsabilidad en la conducción o choferes mal dormidos, impericia, alcohol, drogas y ausencia de controles, tenemos el combo perfecto para que se produzca un accidente. Los accidentes no son un infortunio, ni una tragedia, dejamos que nos pasen, dejamos que suceda lo que podríamos y deberíamos evitar.

Mientras la seguridad vial no constituya una política de Estado, mientras no haya esfuerzos coordinados y decisiones mancomunadas, mientras estemos de brazos cruzados, vamos a seguir sumando muertos como consecuencia de la accidentología.

Si usted viaja habitualmente, sabrá con creces que salvo en esta época en la que las vacaciones hacen que se intensifiquen un poco los controles en las rutas, éstos suelen brillar por su ausencia. Otro tanto en las ciudades, en las que hay cierta regularidad en el control de alcoholemia los fines de semana, pero no en lo atinente a controles de velocidad, uso de cinturones de seguridad, cascos o sistemas de retención infantil.

Otro tanto para nosotros, como hacedores del tránsito: no respetamos las velocidades máximas aun sabiendo que muchos apurados no llegaron a destino; o consumimos bebidas sabiendo que el alcohol limita la capacidad de conducción porque altera los reflejos haciéndolos más torpes y lentos y disminuye la capacidad de atención normal; o manejamos usando el celular, como si pudiéramos realizar al mismo tiempo dos tareas que demandan la misma atención; o no nos ponemos el cinturón de seguridad porque resultan incómodos y nos sentimos atrapados; o dejamos que los más pequeños de la familia viajen en los asientos de adelante, en los brazos del acompañante y hasta en el regazo del conductor; o circulamos alegremente en moto o bicicleta sin usar el casco protector; o caminando cruzamos la calle por cualquier lado, total, miramos antes para ver si viene un vehículo.

Para transformar el tránsito vamos a tener que trabajar todos, al Estado le cabe una gran responsabilidad, pero a nosotros también. En esto, más allá de lo que le compete al otro, que no podemos asumir, cada uno puede y debe aportar, porque al tránsito realmente lo hacemos entre todos. Al Estado le cabe el compromiso con mayúsculas, pero eso no nos quita ninguna responsabilidad. Todos somos los hacedores de la seguridad o la inseguridad vial, todos podemos evitar muertes evitables.

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