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"Todos manejan mal menos yo"

En la misma medida en la que aumenta la flexibilización y las calles vuelven a poblarse de transeúntes y vehículos, crece el peligro y la accidentología. No es complicado notar cómo, tras dos meses de absoluta tranquilidad, las sirenas del SEM y a veces, hasta la de los Bomberos, vuelven a formar parte de nuestro paisaje auditivo.

Considerando que el tránsito es un sistema que construimos entre todos queda claro que si la mayor circulación determina un incremento de los accidentes, es porque no respetamos ni cumplimos las reglas, porque no somos lo suficientemente cuidadosos, porque no somos actores responsables del tránsito.

Es verdad que nunca tuvimos un plan nacional de seguridad vial sostenido en el tiempo y con objetivos claros, es verdad que tenemos serias falencias en los sistemas de control y ejecución de sanciones de tránsito, que no hay campañas de concientización, que el otorgamiento de las licencias de conducir no es tan estricto como en otros países, pero eso no nos releva de nuestra responsabilidad.

Durante el 2019, según datos de la Asociación Civil Luchemos por la Vida, fallecieron en nuestro país 6.627 personas por accidentes viales, un promedio de 552 mensuales, son números escalofriantes, a los que además hay que sumar los que sobreviven pero quedan con secuelas de lesiones incapacitantes.

De a poco, vamos incorporando algunas costumbres, el cinturón de seguridad está hoy muy extendido, igual que el uso de casco para quienes circulan en moto, aunque todavía son muchos los que lo siguen usando colgado del antebrazo, como si tuvieran el cerebro en el codo. Nos falta, somos remisos a cumplir las reglas, eso explica la relación proporcional entre el número de personas circulando y el de accidentes.

En algunos aspectos somos directamente temerarios: manejamos hablando por celular, después de haber tomado bebidas alcohólicas, a toda velocidad, manejamos como si fuéramos solos y la calle nos perteneciera. Ni caminando somos cuidadosos, seguimos cruzando por cualquier lado, la esquina o la senda peatonal son sólo rayas pintadas en el suelo.

El saldo de víctimas fatales de nuestro país es trágico, pero no lo suficiente como para que respetemos las normas que ordenan la circulación del tránsito y los peatones. La accidentología es para nosotros una pandemia permanente para la que no hay ni habrá vacunas posibles y sobre la que no estamos haciendo ningún tipo de prevención.

Ostentamos uno de los índices más altos de mortalidad por siniestros de tránsito y aún así no hacemos nada, no nos hace mella que mueran una veintena de personas por día por causas absolutamente evitables. No nos hace mella que haya miles y miles que sobrevivan pero queden discapacitados de por vida. No nos hacen mella las pérdidas económicas producto del tránsito caótico y los accidentes. No nos hace mella que estos números signifiquen vidas humanas, vidas truncadas de hombres, mujeres, adolescentes y niños. No nos hace mella las miles y miles de familias destrozadas, los sueños, los proyectos y las ilusiones, aplastadas bajo el peso trágico de muertes evitables.

La mayoría de nosotros nos preocupamos bastante poco por el prójimo a la hora de manejar. Cometemos imprudencias, si estamos apurados vamos a más velocidad de la permitida, si nos llaman atendemos, si fuimos a un asado y tomamos, igual volvemos manejando. Creemos que a nosotros no nos va a pasar nada, jugamos a transgredir. Jamás pensamos que las normas de tránsito no son un capricho impuesto con fines recaudatorios, no entendemos que son para ordenarnos y cuidarnos, adherimos al pensamiento mágico y por eso creemos que “todos manejan mal menos yo”.

Las estadísticas indican que casi el 90% de los accidentes obedecen a una equivoación de los conductores, el 8,8% a fallas en el medio y el 1,6% al mal estado del vehículo. Con lo cuál, el 89,5% de los accidentes se podría haber evitado.

Necesitamos políticas públicas, necesitamos campañas de concientización, necesitamos que la seguridad vial se una asignatura obligatoria en todos los niveles de la enseñanza básica y sobre todo, necesitamos aumentar la responsabilidad individual al volante, porque si se podía evitar, no era un accidente.

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