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Solo 1 de cada 4 chicos come todos los días

La mitad de nuestros chicos son pobres y ese porcentaje trepa al 75% en el Conurbano bonaerense y en las zonas más vulnerables del país. En esos lugares, sólo uno de cada 4 chicos que se sienta a la mesa, come todos los días. 

¿Alguna vez viste a un niño llorar de hambre? ¿No te tocó nunca? ¿Podés imaginarlo? Si no podés, intentá la desgarradora empatía, porque ese es el rostro del espanto en Argentina, esa es la radiografía de la infancia de nuestro país. La mitad de nuestros chicos son pobres y ese porcentaje trepa al 75% en el Conurbano bonaerense y en las zonas más vulnerables del país. En esos lugares, sólo uno de cada 4 chicos que se sienta a la mesa, come todos los días.

Lloran de hambre porque no comen, lloran porque el hambre duele, quema las tripas y desespera.

Las cifras de la crueldad, que lamentablemente no martilla todos los días desde todos los medios de todo el país, como debería suceder, corresponden al informe del Observatorio de la Deuda Social de la Universidad Católica Argentina (UCA). El documento fue presentado en el marco de la convocatoria a la colecta anual de Cáritas que tuvo lugar hace unos días. El diagnóstico es crudo e impactante, como dijeron algunos ante la difusión de los números, es cierto, pero mucho más cruda e impactante es la realidad, y que esa realidad, sea nuestra realidad, aunque la invisibilicemos, porque llevamos un año machacando sólo en un tema: la pandemia.

Estos miles y miles de niños de todo el país no pueden pensar en coronavirus, ni en barbijos, ni en alcohol en gel, distanciamiento social o cuarentena. Seguramente lo primero que piensan y tal vez lo único que piensan, desde que se despiertan hasta que se van a dormir, es en comer, en tener un plato de comida para alimentarse. Ese es el rostro de nuestro país hoy, ese debería ser el tema que antecede a todos los temas, en eso deberíamos estar trabajando, de eso deberíamos estar hablando, en eso tendríamos que estar pensando, en eso y solo en eso.

La frase popular “la gente no da más”, a la que prácticamente ninguno de los que debería le da importancia, es tan brutalmente real, que tal vez, cuando se den cuenta de toda la carga que lleva implícita esa frase, sea tarde. Tal vez cuando se den cuenta y quieran atinar a hacer algo, la realidad ya les haya explotado en la cara. De verdad que “la gente no da más”, que mucha, muchísima gente no da más, que es inaguantable ver una criatura llorar de hambre y que no hay nada, pero nada, pero nada de nada sobre la faz de esta tierra que justifique que en un país productor de alimentos como el nuestro, un niño sufra hambre.

La situación social de argentina es calamitosa y crean que “la gente no da más”. Hablamos de chicos con hambre, de pobreza, de inseguridad alimentaria, de malnutrición, de consecuencias físicas, psicológicas, intelectuales y afectivas. Hablamos de nuestros niños, de nuestra infancia y por supuesto, de su futuro y el nuestro. Hablamos de derechos básicos, porque el acceso a una alimentación completa, nutritiva y suficiente para cubrir las necesidades de cada etapa es un derecho, y sólo una buena alimentación y una buena nutrición garantizan un crecimiento y un desarrollo adecuado.

Y seguimos, porque la alimentación sólo es lo peor en un cuadro funesto, porque las privaciones sociales a las que están expuestos esos niños no sólo tienen que ver con un plato de comida todos los días. Tampoco tienen acceso a la salud, a una vivienda digna, a la educación, a la seguridad. Lo único que les sobran son carencias. Según el informe del Observatorio, “tenemos un tercio de la población estructuralmente incluido, un tercio estructuralmente excluido y un tercio que está afectado por los vaivenes de nuestro devenir económico”.

Hay muchas, muchísimas organizaciones, fundaciones, entidades y merenderos que ayudan, que se cargan al hombro el acompañamiento cotidiano para tratar de mitigar la situación. Somos un país solidario, solidario desde las entrañas, desde el amor, y eso es invaluable. Pero la realidad es que nada es suficiente frente a la magnitud y la grave situación de miles de familias. Todo el esfuerzo de esas organizaciones, fundamental y necesario, no es suficiente. Hay que seguir ayudando, pero sabiendo que no alcanza, que sólo una acción integral puede realmente comenzar a revertir semejante contexto.

Las cifras del informe son crueles, insoportablemente dolorosas, pero no tan dolorosas como el hambre. El hambre quema las tripas, el hambre desespera, el hambre es implacable, lacerante y también, despiadado. Y si nosotros dejamos que sólo 1 de cada 4 chicos que se sienta a la mesa, coma todos los días, también lo somos.

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