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No hay un plan

No viene muy consistente la cosa, todo parece indicar que el slogan de “encender la economía” pregonado durante la campaña por Alberto Fernández se está quedando a mitad de camino, en el corto plazo. Sus primeras medidas de gestión apuntan a contener la inflación y mejorar el poder adquisitivo, pero por un ratito. Aumentó por decreto los sueldos de los trabajadores privados y estatales, congeló las tarifas y el transporte, hizo cambios en los aumentos jubilatorios, impulsó una suba “solidaria” de impuestos, frenó la suba de combustibles, reinstaló los precios cuidados y la tarjeta alimentaria y reforzó el cepo al dólar, pero, el alivio es por un ratito. Todas son recetas de corto plazo que pueden durar unos meses, pero nada en el horizonte anuncia una solución de fondo, un plan estratégico que señale claramente hacia dónde vamos.

Son medidas paliativas, de contención, para atajar un poco el desastre generalizado y ganar tiempo, que no están mal si se vislumbrara el trabajo en pos de definir objetivos de largo aliento y el desarrollo de un plan para alcanzarlos. El temor fundado, considerando nuestra historia, es que otra vez quedemos atrapados en el terreno de lo discursivo. Necesitamos un plan y lo precisamos ya.

La inconsistencia en las propuestas y la oscilación cíclica de nuestra política económica han sido la marca en el orillo de sucesivas gestiones nacionales. Padecemos de medidas pendulares tanto como de indefiniciones o paliativos que no logran superar la inmediatez, que luego no son reemplazados por nada. En Argentina casi nunca hay plan B, no pasamos de los grandes anuncios, no superamos lo declamativo.

¿Es mucho pedir un plan estratégico que parta de un estudio sobre las condiciones reales, las situaciones concretas y las oportunidades que tenemos? ¿Es demasiado aspirar a un estudio serio y consensuado de nuestros problemas, nuestras capacidades y potencialidades humanas y productivas? ¿No es lógico pretender que en una coyuntura como la que atravesamos, por una vez se convoque a todos los sectores para estudiar la situación, analizar y delinear las mejores posibilidades para superarla? ¿No es saludable aspirar a la búsqueda de un plan estratégico emanado del consenso?

Si están trabajando en el diseño de estas políticas, pedimos las debidas disculpas, pero avisen, porque no se notan. Lo único que se ven son paliativos, nada de diseños que prioricen objetivos concretos a corto, mediano y largo plazo, que nos pongan en la senda del tan mentado desarrollo, nada de convocatorias a todos los sectores para trabajar en un proyecto verdaderamente representativo y genuino sin distinción de miradas de uno u otro sector. Si lo están haciendo, avisen, de verdad que no se ve y si no se ve, es lógico que empiece a moldearse la inquietud por lo que nos espera.

Convengamos que la intranquilidad es lógica considerando que el paquete de medidas que el gobierno de Alberto Fernández aplicó tiene fecha de defunción, van a servir de contención por un lapso muy breve, pero deben suplirse con un plan a futuro, no constituyen una solución de fondo, pueden ser relativamente “exitosas” en lo inmediato, pero son vulnerables en lo mediato, no son un plan, son sólo un analgésico.

El reloj corre y mayo, mes en el que vence el congelamiento de muchas de las variables implementadas, está a la vuelta de la esquina. En mayo, si no se resuelve el dilema, si no hay un plan estratégico, podemos volver a sufrir de lleno el impacto de la crisis. Con una venda no se puede detener una hemorragia. Necesitamos un programa económico, necesitamos saber las estrategias para reequilibrar las variables macroeconómicas en el tiempo, necesitamos conocer las bases de la política fiscal y monetaria, necesitamos previsibilidad, necesitamos un plan y, sobre todo, precisamos salir de nuestra incapacidad perpetua para pasar de los dichos a los hechos.

Cada vez que tiene oportunidad, Alberto Fernández nos insta a hacer “un esfuerzo para salir entre todos”, nos dice que “unidos vamos a poner de pie a la Argentina para construir el país que todos nos merecemos”. Es exactamente eso lo que estamos esperando, el país que nos merecemos, un país en el que valga la pena vivir y un país en el que vale la pena vivir, es aquel en el que todos podemos aspirar a tener un futuro mejor, pero para construirlo, necesitamos un plan, un proyecto y por ahora, no lo tenemos.

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