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"La loca historia del mundo" merece una saga

La realidad supera la ficción, a tal punto que la genial película de la década del 80 de Mel Brooks “La loca historia del mundo”, quedó absolutamente superada y amerita una saga. La vieja comedia descarada y sin tabúes sobre la historia de la humanidad, quedó arrasada por las páginas de la historia que estamos escribiendo por estos días y aporta argumentos sólidos para suponer que no aprendemos del pasado, que despreciamos y olvidamos la experiencia que hemos vivido y, lo que es mucho peor, que lo que estamos viviendo es sólo la muestra de lo que nos puede deparar el futuro con los liderazgos que como humanidad hemos alimentado.

En el campo político hemos creado unos cuantos monstruos que desprecian las instituciones de las que forman parte, somos responsables de toda la locura que atraviesa el planeta. La incognita en la que nos debatimos, es saber si estamos a tiempo de revertir todo antes que los desquisiados que supimos conseguir choquen la calesita.

Nuestro tobogán de desatinos viene de lejos, de muy lejos. Para citar sólo los acontecimientos más cercanos, podríamos arrancar desde la caída del Muro de Berlín en 1989, al que siguieron tiempos de tormentas de variada intensidad, con pocas mejoras temporales y grandes posibilidades de agravamiento de las condiciones en distintos mojones de nuestra historia más reciente. En ese lapso, cada vez que se ha generado un período medianamente interesante, aparece algún vanguardista ultra, de una u otra lateralidad, que se las ingenia para jorobarla, cuando algo bueno parece tener una posibilidad, llega algún esclarecido que la pudre. Lo grave es que muchos de esos maravillosos fulanos han sido elegidos por sus propios paisanos, confiando vaya uno a saber en qué.

El último capítulo de esta crazy story, para nombrarla como lo haría un conocido relator de fútbol, fue la trasnochada reacción ultraderechista de los partidarios de Donald Trump, que nos obsequiaron días atrás lo impensable: el asalto de una turba violenta y enardecida al Capitolio de Estados Unidos en medio de una vorágine de ferocidad que abrumó a la policía, expulsó al Congreso de sus cámaras y dejo unos cuantos muertos y heridos. ¿Quién fue el responsable de semejante acto de sedición? El mismísimo presidente Donald Trump, demostrando una vez más que su permanencia en el cargo representa una grave amenaza para su propio país. Los estadounidenses jugaron con fuego y finalmente se quemaron, aunque, como suele suceder, se dieron cuenta un poco tarde.

La realidad superó con creces a la ficción. Pensar que cuando miran para estos lares tienen el tupé de señalarnos o tildarnos de “países bananeros”. De ahora en adelante, deberían llamarse a silencio, porque la realidad demuestra que la “aventura” del muchacho del jopo exuberante podría terminar mucho peor y podría incluso jaquear a la democracia que se define a sí misma como la más importante del planeta. Ahora saben que el sueño de los tiranos no tiene ideología ni conoce de fronteras y que no hay territorio a salvo de los déspotas que siguen pululando con algún éxito en varios lugares, imponiendo sus totalitarismos berretas, mientras proclaman a viva voz la libertad. Nunca tan cierta aquella frase que sentencia: “dime de qué presumes y te diré de qué careces”.

¿Quién se atrevería en semejante bolonqui a arriesgar un pronóstico sobre qué sucederá? Nadie en su sano juicio osaría decir qué registrarán las próximas páginas de la historia de la humanidad. Nadie puede anticipar cuántos Trumps más seremos capaces de gestar, cuántos desequilibrados capaces de arrastrar al caos a sus naciones guiados por su propia brújula carente de reglas democráticas, cuántos capaces de todo en su lucha por conseguir y sostener el poder.

“La loca historia del mundo” amerita una saga que cuente, con la misma lucidez de esa primera entrega, la loca reloca historia de nuestro tiempo, una entrega que se anime a una nueva versión irreverente de la evolución de la humanidad. Claro que cabría esperar que, en ese caso, la comedia no supere la ficción, porque si eso sucede, es muy probable que el mundo que llamamos mundo, ya no sea como lo conocemos, es muy probable que ni siquiera estemos para contarlo.

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