Editoriales |

Hay dos rebeliones

Tiene razón el gobernador cuando dice que hay un aire de rebelión en algunos sectores sociales, pero no es una, son dos: hay una rebelión estúpida, caprichosa e irresponsable, y hay otra motivada y fundada.

Tiene razón el gobernador cuando dice que hay un aire de rebelión en algunos sectores sociales, pero no es una, son dos: hay una rebelión estúpida, caprichosa e irresponsable, y hay otra motivada y fundada. El gobernador habló de la primera, la rebelión estúpida del que organiza una juntada, o participa de una fiesta clandestina o una mega reunión dominguera en la plaza, sin barbijo, sin distanciamiento y compartiendo mates y vasos. Esa es una rebelión boba, insolidaria y muy perjudicial. Pero hay otra, la del que se rebela porque si no lo hace no come, porque no puede darse el lujo de frenar, esa es distinta y entendible.

La segunda, la de los que en cada rincón del país salen a la calle porque si no trabajan, no comen, si no trabajan, sus hijos no comen, esa hay que entenderla y atenderla. Esa gente puede ser que se contagie o puede que zafe, pero si no hay plata, no hay comida y eso sí que es seguro, eso no da opciones, de eso no zafan. Por eso se rebelan, por eso siguen trabajando, aunque les digan que no lo hagan, por eso salen a la calle, porque necesitan trabajar, porque somos un país pobre, con 19 millones de pobres, 4,5 millones de indigentes, un país en el que 2,2 millones están desocupados y el 60% de los chicos menores de 14 vive bajo la línea de pobreza. No son rebeldes, no tienen opción, que es muy distinto.

Lamentablemente el año pasado, cuando impusieron una cuarentena eterna para poder preparar el sistema sanitario, abusaron de la medida, por eso el argentino medio se niega a un nuevo encierro, tiene miedo, desconfía. Se equivocaron con los tiempos y no calcularon las consecuencias, nosotros no podemos enfrentar una medida de esta naturaleza porque no tenemos resto. No tenemos cómo sostener todo lo que implicó la cuarentena, ni desde lo individual, ni desde lo colectivo. Miles y miles se fundieron, miles y miles se desesperaron, pero el país también se autodestruyó, el abuso de la emisión monetaria tiene consecuencias y va a tener consecuencias demoledoras.

Ni la cuarentena más larga del mundo fue suficiente para tener todo listo para la segunda ola. Ni la posibilidad de ver por adelantado lo que sucedería fue suficiente para organizar el sistema sanitario, para realizar proyecciones sobre la cantidad de contagios y la capacidad de camas de terapia intensiva que serían necesarias para afrontar ese número sin inconvenientes.

Nadie duda que cuando se establecen restricciones a la actividad económica antes hubo muchas deliberaciones y análisis, que cuando finalmente se toma la decisión se hace con el objeto de cuidar la salud de la población. Todos sabemos cuál es la situación epidemiológica y vemos el crecimiento del número de casos, vemos cómo va bajando la edad de contagios y también de fallecidos. Pero aun así, a pesar de todo, la prohibición de trabajar para algunos rubros, implica un golpe durísimo para amplios sectores de la población que vive ajustada y sólo cobra si trabaja. La gente que vive del ingreso que consigue con su actividad no puede frenar, no puede, no tiene opción, no tiene plan B y no tiene de dónde sacar. No tiene opción, por eso opta por desatender las medidas, por eso hace lo posible por seguir laburando sin ser pescado.

Hay buenas intenciones, las mejores, pero para muchos las medidas que imponen son impracticables. La situación económica y social en la que estamos no hace posible que, aun en semejante crisis sanitaria, la ciudadanía acepte y acate mansamente nuevas medidas restrictivas. No hay maldad ni ánimo de enfrentarse a nadie, no hay intención de oponerse o resistir, hay necesidad, y, como bien dice la frase popular: “la necesidad tiene cara de hereje”. Cuando una persona se encuentra en una situación desesperante, hace lo que en otras circunstancias no haría.

No hay un aire de rebelión, hay dos. El estúpido y antojadizo es eso, la idiotez en estado puro. El otro, el de los que viven del ingreso que consiguen de su actividad diaria es distinto, esa gente no puede frenar, no puede, y las ayudas estatales son un esfuerzo valorable, pero insuficiente. Por eso se rebelan, se rebelan por necesidad, se rebelan porque es la única opción que les queda en este contexto inédito y horrible para todos, esas personas no son culpables, son víctimas.

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