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Debería ser, pero no lo es

Vamos a hablar otra vez de la pobreza en Argentina, una, dos, diez, cien, mil, las veces que sean necesarias, porque la pobreza en Argentina es trágica y calamitosa, porque nuestros índices son una catástrofe social, política y moral, porque es grotesco que en un país como el nuestro tengamos uno de los mayores índices de pobreza de América Latina, porque todos los que peinamos canas sabemos que más de la mitad de nuestra gente vive en emergencia antes de esta emergencia y eso es injustificable y, por eso mismo, debería ser inadmisible, aunque claramente no lo es.

Si nos doliera realmente que 6 de cada 10 niños de Argentina estén hundidos en la pobreza, que no siempre tengan un plato de comida, que no siempre duerman bajo techo, accedan a la salud y a la educación, si de verdad nos doliera y si de verdad nos importara, otra sería la historia, otro nuestro país, otros nosotros, otro nuestro pasado y por supuesto, mucho mejor nuestro presente y con posibilidades de un horizonte nuestro futuro. Pero no es así, decimos que nos importa, decimos que nos duelen, decimos que es intolerable, injustificable e inmoral, pero la verdad dolorosa e irrefutable, es que no ha habido gobierno, al menos en las últimas 6 décadas que haya disminuido de manera sustancial los índices de la pobreza estructural y la indigencia. Ninguno.

Es durísimo decirlo, reflexionar y aceptar que ha sido así, pero mucho más cruel es ver mes a mes y año tras año como cada nuevo informe sigue hablando de las mismas tragedias. El último realizado por el Centro de Estudios de la Nueva Economía (CENE) de la Universidad de Belgrano revela que estamos ubicados entre los países con mayor índice de pobreza en toda América Latina, nuestros índices nos posicionan próximos a Bolivia, República Dominicana, El Salvador y Nicaragua.

No es el único, también está el último informe del Observatorio de la Deuda Social Argentina de la UCA, que reveló que la pobreza entre los chicos de 0 a 17 años creció 7,8 puntos porcentuales en 2019 y alcanzó al 59,5% de esta población, mientras que la indigencia creció 3,9 puntos y afectó al 14,9%. Además, indica que el 21,8% de los chicos menores viven hacinados en la Argentina, una situación que evidentemente impide el distanciamiento social que exigen las políticas sanitarias contra el coronavirus y que complica el aislamiento ordenado por la cuarentena obligatoria.

Son 6 de cada 10, 6 de cada 10 los chicos menores de 17 años que viven en la pobreza en nuestro país. Son 6 de cada 10 los que antes de la emergencia ya estaban en emergencia. Si estos datos que anteceden al coronavirus dicen esto, qué dirán los que siguen cuando se analicen los números durante la pandemia y una vez superada la misma. Sabemos que quienes reciben la Asignación Universal por Hijo, ayuda que ha logrado según las estimaciones una cobertura del 41%, están recibiendo además un Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), con la intención de compensar en parte los ingresos que se han perdido en esos hogares como consecuencia de las medidas preventivas frente al Covid-19, a lo que se suma en muchos casos, el importe adicional para compra de alimentos a través de la Tarjeta Alimentar. Lo que no sabemos es si esas ayudas están siendo suficientes y cuando nos enteremos seguramente sea demasiado tarde.

Son cifras, números, índices, niveles, porcentajes que arrastramos por décadas, Son cifras, números, índices, niveles y porcentajes que hemos naturalizado, forma parte de nuestra rutina mensual escuchar el número de pobres e indigentes. Escuchamos sin oír, miramos sin ver y seguimos adelante, y tal vez, con un poco de suerte y viento a favor, una vez al año ayudamos en alguna colecta o campaña, para sentirnos mejor con nosotros mismos y repetirnos que somos un pueblo solidario y predispuesto a colaborar con el que lo necesita.

No precisamos ningún informe de ningún organismo para saber que están ahí, que siguen en la misma o peor situación, no necesitamos ningún estudio de ninguna institución para saber que antes de la pandemia estábamos en niveles calamitosos que como consecuencia del virus se dispararon. Lo sabemos de memoria, no nos hacen falta informes, ni cifras, lo sabemos de sobra. Sabemos que lo que nos pasa es injustificable y, por eso mismo, debería ser inadmisible, aunque claramente no lo es.

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