Resulta extremadamente difícil encuadrar las conductas que, en las últimas apariciones, ha tenido el presidente argentino, Javier Milei, evidenciando desbordes emocionales que señalan un descontrol de la conducta que debería esperarse de un primer mandatario.
Buceando en diferentes tratados, que procuran explicar determinados actos conductuales, nos encontramos con una definición que puede acercanos a establecer si existe o no desequilibrio en el mandatario argentino que insulta, denosta y se muestra notablemente agresivo cuando todo debería indicar mesura en los análisis que realiza de las situaciones que vive el país, fundamentalmente, acerca de determinadas personas que se han desempeñado en cargos públicos durante gestiones gubernamentales anteriores.
Existe una afectación que altera el equilibrio psíquico y se clasifica principalmente en tres dimensiones: emocional (depresión, ansiedad, culpa), cognitiva (negación, confusión, pensamientos distorsionados) y conductual (aislamiento, agresividad). En este cuadro comparativo de reacciones humanas aparecen claramente identificados los posicionamientos de Javier Milei.
Las reacciones que se han observado en el primer mandatario sorprenden porque están afuera de las consideraciones que puede realizarse de un funcionario que tiene la responsabilidad de gobernar y generar un ordenamientos social y económico para 47 millones de personas que conforman el país.
Tras el episodio generado en la reciente visita del presidente argentino a Brasil, con el fin de asistir al lanzamiento del candidato liberal Flavio Bolsonaro que se desarrolló en la ciudad de Sao Pablo donde el mandatario fue uno de los expositores en una manifestación política que conjuga ideológicamente con los principios libertarios, ha provocado reacciones de diversas naturaleza dado el tono usado para referirse a la figura del primer mandatario brasilero, Ignacio Lula da Silva.
Se han podido observar análisis que marcan una conducta del presidente argentino incomprensible desde el punto de vista político y fundamentalmente cuando rompe las barreras de la diplomacia al visitar un determinado país, en este caso Brasil, insultando y denostando sin reparos al primer mandatario local.
A su regreso, fue el principal disertante en la inauguración de una nueva jornada en la Sociedad Rural Argentina, donde expuso los lineamientos de su gobierno en torno a las políticas que se refieren al sector agropecuario. No hubo anuncios, aunque sí promesas referidas al pedido del presidente de la SRA, Nicolás Pino, que pidió la eliminación de las retenciones al agro.
Culminado el acto principal, el presidente se prestó a una entrevista periodística con un medio capitalino que cubría los actos y el desarrollo de la Exposición Rural. Venía explicando y respondiendo a las inquietudes que le planteaban los periodistas cuando vio que frente a la cabina vidriada pasaba, en una recorrida por el predio, el empresario José Ignacio de Mendiguren y reapareció el “brote psicótico” con una explosiva referencia al desempeño del citado Mendiguren durante la gestión de Duhalde y luego de Alberto Fernández.
La explosión verborrágica al ver al ex ministro caminando en La Rural, alcanzó un serio desborde emocional. Lo atacó con insultos varios, expresando: “Mirá ¿lo ves pasando? fue cómplice de Duhalde en la salida de la convertibilidad y voltear la convertibilidad. Va ahí”.
Agregando: ‘‘Mirá, ahí está alguien que le hizo muchísimo daño a la Argentina”, sostuvo, mientras apuntaba hacia adelante. “¿Quién?” se escucha preguntar a una productora de la emisora que lo entrevista, respondiendo: “Ese le cagó a los argentinos 30 mil millones de dólares. Vos, si, ladrón, vos arruinaste el país con Duhalde y toda su banda”.
No era el momento, ni la oportunidad se prestaba para que Javier Milei, que debería ser un ejemplo a seguir, muestre un caudal de odio concentrado al enfrentar a figuras políticas que han actuado en otras gestiones diferenciadas, ideológicamente, de la que sustenta el libertario.
No caben los insultos y el exceso de agresividad para señalar que aquellos que lo antecedieron en la función pública, más allá de su formación política, se constituyan en enemigos públicos, a quienes la sociedad debe condenarlos por -a entender del primer magistrado- ser responsables de las miserias que hoy vive una gran parte del tejido social argentino.
Mientras estos ingratos episodios se desarrollan y causan natural zozobra en la sociedad, o por lo menos en parte de ella, se altera el criterio de la diplomacia y comienzan a aparecer quienes señalan el errático camino emprendido por el actual presidente argentino. El economista, que supo ser amigo de Milei, Roberto Cachanosky, lo acusa públicamente de “plagiarle” antiguas columnas periodísticas repitiendo, esencialmente, los aspectos medulares de los escritos mencionados.
También se conocieron expresiones poco gratas del ministro de Hacienda de Brasil, Darío Durigan: “El payaso del presidente argentino vino a Brasil y habló de Brasil cuando el riesgo país de Argentina es mucho mayor, su deuda pública es mucho mayor, su inflación es mucho mayor”. Es una pelea entre “barras bravas” desbocados que poco favor le hacen a los países que representan.
El interrogante es hasta donde avanzará el presidente Javier Milei por mantener un liderazgo que tuvo y que se le está escapando ante los errores económicos internos y el daño social emergente que sufre gran parte de la ciudadanía.
La violencia, de cualquier forma en que se instrumente, solo provoca reacciones mucho más violentas y eso desvirtúa el concepto fundamental de convivencia ciudadana y de estar instrumentando una Democracia Liberal donde impere el respeto y la consideración por el otro.



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