DOMINGO 01 de Noviembre de 2026
 
 
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“La quimera del Nobel...”

Hay quienes sueñan y padecen la frustración, de no ser elegidos, cuando los integrantes del “Consejo Noruego y de Suecia”, según sea la categoría que corresponda, resuelve tras profundos análisis quiénes serán los destinatarios de una de las distinciones más prestigiosas del mundo: “El premio Nobel”, otorgado luego de haber alcanzado a superar los máximos niveles de la ciencia, la técnica, la medicina y la economía.

 

El poder, el excesivo egocentrismo, el suponerse un ser superior, no son atributos que jueguen un papel preponderante en la elección que anualmente se dan a conocer.

El Premio Nobel se otorga a personas o instituciones que realizan investigaciones sobresalientes, descubrimientos científicos, obras literarias de gran valor o esfuerzos destacados en favor de la paz mundial y el desarrollo económico.

En este abanico de aspectos considerados, juegan una serie de factores que está -en muchos casos- por encima de apetencias personales o del poder que se ejerce dadas las circunstancias de una actividad determinada, como puede ser la económica y/o la política.

El presidente Javier Milei ha sostenido en diversas oportunidades -en conferencias o exposiciones que ha desarrollado ante la invitación de organizaciones del liberalismo internacional-, que le correspondería el Premio Nobel, al intentar validar las teorías anarcocapitalistas y, basado en estos principios, hacerse acreedor a un reconocimiento mundial que lo colocaría en el marco de los líderes mundiales.

Existe una argumentación que forma parte de un análisis sobre los comportamientos personales de quienes se ven como los “mejores y superdotados”, señala que existe una la ambición de ganar el galardón académico, aspecto que impulsaría al mandatario a priorizar la pureza ideológica y el equilibrio fiscal a rajatabla por sobre el pragmatismo político. Se puede contrastar la épica discursiva (“estamos reescribiendo la teoría”) con las urgencias del día a día.

Este suceso ha tenido dos protagonistas disconformes. Uno, conductor de uno de los países más poderosos del mundo, EEUU, y generador de los principios básicos de lo que se considera el “nuevo orden mundial” y el otro, tras haber aceptado sumisamente entregar la soberanía del país que preside, Argentina, sin condicionamiento alguno, conviniendo ser el líder del libertarismo en el cono sur sudamericano, en acuerdos geo políticos y económicos.

Ambos se han sentido heridos en su “ego” al determinarse los Premios Novel de La Paz, pretendido por Donald Trump y de Economía Milei, quien reclama es suyo. Así lo han manifestado el presidente estadounidense con peyorativos conceptos, desprestigiando al Consejo Noruego, y Javier Milei, desconociendo los valores que sobre economía mundial y comportamiento, según los mercados, han mostrado los dos estadounidenses reconocidos.

Desde hace varios años, la Fundación Nobel ha transformado sus análisis y de allí los resultados al exponer la contradicción entre el rumbo oficial y los gobiernos, con aquello que hoy es base fundamental sobre lo cual se sienta la Fundación que ha comenzado a apoyarse en la realidad mundial.

Para obtener definiciones y certezas, analistas y consultores internacionales sostienen que en la actualidad se está recurriendo a evaluar los contrastes que marcan las diferencias entre los países del primer mundo, los que lo secundan y emergentes.

Existe una obsesión por destruir o reducir al mínimo la interferencia estatal, chocando con las visiones consagradas de la economía institucional, todo en aras de lograr que el programa libertario anarcocapitalista, en el caso de Milei, y el poder sin límites de Donald Trump, logren un reconocimiento internacional como serían los Premios Nobel.

Los fundamentos que esgrimen para marcar su nivel de superioridad son provocar que los mercados prósperos no nacen del vacío ni de la anarquía, sino de lograr instituciones sólidas, transparentes y previsibles. Estos escenarios podrían reflejarse en el ejercicio de una política de fuertes contrastes como la que practica Donald Trump y constituir una catástrofe en el caso de Argentina, país emergente, sin desarrollo pleno expuesto a una lucha desigual con el nuevo poder mundial.

Según reflejan analistas, consultores internacionales y economistas que manejan la realidad del día a día: “La verdadera condecoración para un gobierno no se entrega en Estocolmo, sino en los indicadores de bienestar, empleo y desarrollo de su propia población. Mientras la gestión busque el aplauso de los foros internacionales o de las academias teóricas, corre el riesgo de desatender las demandas de una microeconomía que necesita certidumbre y consumo para volver a crecer”.

 

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