Todos los indicadores señalan que Argentina está en “demolición” constante. Las problemáticas emergentes de las políticas instrumentadas por el gobierno libertario están destruyendo aquello levantado a largo de más de 200 años.
Tuvo defectos; se cometieron errores; naturalmente se registraron retrocesos y avances, pero Argentina se fue reconvirtiendo y, si bien no ha logrado salir de su estado de “semi-emergente”, hoy está transformándose en un país satélite de los EEUU y sujeto a un proceso disruptivo que impuso un presidente que, equívocamente, se siente un “Mesías” y no repara que el daño social de perder tres generaciones es irrecuperable.
Mientras abundan los datos que marcan números positivos en el sistema macroeconómico y sostienen como factible una inserción en los mercados internacionales, el territorio está sometido a un desajuste interno denominado microeconomía, que ya sepultó el tejido social que constituía la clase media y avanza en un achicamiento basado en la teoría liberal-libertaria-anarcocapitalista, de prescindir de la asistencia del Estado.
De esta manera se abrió el mercado, una necesidad -según el presidente Javier Milei- para lograr un cambio que favoreciera a los que pudieran sostenerse en una nueva estructura social, en donde desaparecen progresivamente las escalas sociales y solo quedan los que pueden, los que luchan por poder y el resto se hunde irremediablemente.
La apertura a los grandes mercados, la eliminación de aranceles permitiendo el ingreso irrestricto de la importación entró en una competencia muy desigual con la producción local, que puso en situación de crisis a la mayor parte de las industrias y empresas de la Argentina.
Mientras esto sucedía, el titular del ejecutivo emprendía el ajuste, utilizaba la motosierra y achicaba todo lo que estaba a su alcance, fundamentalmente el Estado y los sistemas descentralizados que dependían del gobierno.
Bajo el paraguas de dos paradigmas: Superávit Fiscal y Déficit cero, no tuvo reparos en enfrentar el sistema provincial ajustando coparticipación y el suministro de fondos específicos que permitían al interior del país poder mantener sus estructuras básicos de producción, industrialización, educación, salud y todo aquello que se desprendía de las necesidades inherentes a su mejor funcionamiento y desarrollo.
Buscó diferenciarse de la política tradicional a la que llamó “casta corrupta” y ese ataque frontal le ganó el apoyo de un sector de la sociedad, en su momento, el 57 por ciento, que optó por el cambio y no repetir fracasos, creyendo formalmente que aquello que prometía el presidente extraído de la farándula, con actitudes grotescas, insultador serial, era el remedio para lo males que soportaban muchos nacionales.
Ha transcurrido más de medio mandato presidencial y se gesta la estructura de un nuevo partido político, ideológicamente consustanciado con las ideas libertarias, La Libertad Avanza. Toda esta parafernalia captó a un target de ciudadanos que había perdido la esperanza y la fe de recuperar el futuro y solo veían como salida encaminarse a Ezeiza y desde allí buscar refugio en el primer mundo.
Pero poner en marcha y ejecutar un plan desregulatorio y transformador, parecía ser un objetivo, pensado, elaborado y planificado que tenía un principio y fin. Lo lamentable es descubrir que empezó y hoy ni el mismo Milei sabe cómo terminarlo.
Surgió en un personaje diferente, que se mueve en un mundo fabricado en su mente: “El Narnia de Milei”, que llamar hijos a sus perros es normal, que hablar con uno de sus “hijos muerto” es normal. Que sentirse el líder sudamericano que todos tratan de imitar es parte de su extraña normalidad; lo mismo que decir que lo apoyan las “fuerzas del Cielo” y que se siente un “Mesías” enviado a la tierra para conducir a los argentinos a la tierra y formas de vida prometidos. Esta es su realidad y la que pretende todos acepten como válidas.
Pero, cuando en el marco de tanta bonanza se abre la puerta de lo que pasa a los argentinos nos encontramos que: “La economía avanza sobre una fase de volatilidad, registrándose en su nivel de actividad, con avances y retrocesos alternados que los analistas describen como una dinámica de ‘serrucho’”. Todo va mal y se presume el futuro podría ser peor.
Mientras Milei y sus adláteres sostienen que avanzamos positivamente los indicadores señalan que: “El empleo registrado se desplomó y ya hay casi 41.000 puestos menos en un año”; estamos observando que el país camina a su propia destrucción social, han cerrado casi 30 mil empresas, otras procuran reperfilar sus producciones y para ello aceptan ser bocas de expendio de productos importados, achicando para ello plantas de empleados y trabajadores.
Nada está en su sitio. La corrupción, una de las “banderas” con las cuales combatió a los gobiernos anteriores y a la política tradicional, ya fue pisoteada por el mileismo y hoy el 60 por ciento de los argentinos se sienten defraudados por quienes se decían diferentes, pero nunca aclararon que en la forma de hacerse millonarios con recursos que eran de todos los argentinos.
Esta situación, según analistas y consultores que no están jugando a la política sino hablando de acuerdo a sus formaciones profesionales, muestra un país en franca decadencia que depende de las decisiones del poderoso del norte, EEUU, para tomar decisiones, porque la economía -hoy- está manejada por el FMI, el Tesoro norteamericano, y el J.P. Morgan (o JPMorgan Chase & Co.) una corporación financiera privada y uno de los bancos más grandes e influyentes de los Estados Unidos y del mundo.
La sociedad debe replantearse su futuro. Ya no es factible volverse atrás, pero hay futuro si resiste los embates del “Huracán mileista” hasta el 2027.
Siempre hay opciones, sin necesidad de repetir experiencias negativas. La ciudadanía lo sabe.



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