Es una realidad que desde todos los escenarios de la política, tanto nacional como provincial, quienes están participando viven desconfiando del otro.
Días pasados dialogando con un veterano vecino, este señalaba: “¿Recordás el valor de la palabra?, qué buena época. Los papeles no existían y las personas tenían honorabilidad”.
Y agregaba: “Que difícil se hace vivir hoy, donde ya no sabés quién te está mintiendo o pretendiendo envolverte en una telaraña de contradicciones que termina por desconcertarte”. Selló sus expresiones diciendo: “Lástima ¿no? Porque no podemos transmitirle a los jóvenes que la palabra es sagrada”.
Seguí caminando por estas calles piquenses y pensaba: Cuánta razón tiene el vecino, una figura que representa a esas voces que se manifiestan a diario, expresando que se sienten incómodos y fuera de lugar, en una sociedad donde la moral es una palabra, más no el ejercicio que establece condiciones para saber convivir con el otro.
En la política de hoy vemos que si sabés mentir, prometer con una sonrisa aquello que no vas a cumplir, significa que sos inteligente y hábil. Cuando en la realidad resultás ser una persona inaceptable, oscura, tenebrosa, capaz de venderte y sacrificarte solo para mantenerte en lugares de poder.
Llegamos a la conclusión de que vivimos mal y que nada indica que la situación vaya a mejorar. Por el contrario, cuando los ejemplos deleznables y poco virtuosos vienen desde arriba, es imposible evitar el derrame, y una gran parte de la sociedad comienza a pervertirse entendiendo que esta es una de las formas que le permitirá cumplir sus deseos.
En algún momento se cuidaron los modos y se disimulaba “trampear” al otro. Se buscaban estrategias mediante las cuales abrir canales de credibilidad falsos, pero evitando el choque de saber que aquellos en quienes confiaste te estaban utilizando.
El personaje surgido del mundo del espectáculo televisivo, alentado por lo números del rating, se vio beneficiado por su espontaneidad y aparente sinceridad para expresarse mundanamente -en un país con escasa conciencia política-, características que lo ayudaron a sentarse en el “Sillón de Rivadavia” y pasar de ser un economista chistoso, ocurrente, disruptivo y de lenguaje procaz a estar al mando de 46 millones de habitantes. Fenómeno que solamente se da en Argentina.
Llegó con ayuda de quienes se convirtieron en fieles servidores, comenzó la escalada de hacer un gobierno único, transparente, que recuperaría valores morales, la dignidad como sociedad y que llevaría a los argentinos a ser uno de los mejores países del mundo. El chiste de comienzos del 2024.
Buen intento. El 46 por ciento de la sociedad le creyó y convalidó con su voto las promesas de generar el gran cambio social, comercial, empresario y financiero.
El Estado se reduciría a su mínima expresión y comenzaría a primar el ejercicio del mercado y lo privado como ente rector. Otra buena broma, o mala, ya que los mercados obran en beneficio propio y sin que esto sea criticable, debería estar regido y controlado.
Darle prioridad a lo privado sobre el gobierno de turno, es un desafío que no ha tenido éxito en ningún país del mundo que pretenda ejercer un liberalismo, narcotizado con libertarismo y anarcocapitalismo. Acá se repite el conocido refrán popular: “La ocasión hace al ladrón”...
Esta historia ya se está desarrollando y los resultados quedaron plasmados en el fracaso electoral de La Libertad Avanza. El partido de Javier Milei se degrada porque las promesas hechas fueron parte de la mendacidad necesaria para que todos depositaran su fe en él, y también de la creación de una casta mucho más osada que la anterior.
De esta manera, en un plano de lucha política, con sus naturales diferencias, se plantea el “yo prometo y yo desconfío” en simultaneidad. Un ejercicio que implantó el presidente libertario, generando expectativas que luego destrozaba con medidas limitativas o directamente eliminando todo aquello que se interpusiera con sus objetivos de absoluto liderazgo.
Tal como una vez expresara el ex presidente Juan Domingo Perón: “Si querés que algo no funcione pero figure creá comisiones, que en definitiva nunca llegan a nada”. Javier Milei “al palo”, toma experiencias pasadas que concuerdan con sus fines y las aplica. Por ejemplo: la mesa de política interna y la mesa federal, mecanismos que no resuelven nada, solo sirven para dilatar decisiones y brindan tiempo al gobierno de ejecutar sus políticas.
El juego se reinició. El presidente promete ocuparse diciendo que: “es estrategia jurídica para defender el equilibrio fiscal”, pero cercenó los recursos a la discapacidad y puso en pausa el presupuesto universitario, concretando anoche el rechazo a restablecer los ATN.
Una suerte de “tira y afloje” donde los resultados pueden ser convulsionantes a nivel social. Ya anunciaron su salida las universidades quienes hicieron conocer su disconformidad; las familias de los discapacitados y los gobernadores están en alerta (por lo menos aquellos mandatarios que no le son afines). Se habla de reuniones y acuerdos y operan para ejecutarlos en masa.
Estamos jugando un partido repetido, pero en otra cancha. Esa es la única diferencia. Después todo sigue igual.
La desconfianza es el único sentimiento que se percibe y un futuro tan confuso como el vivido en días posteriores a la derrota electoral sufrida por el oficialismo.
La semana a punto de culminar, en un estado de profunda conmoción social, presagia que los días venideros serán de enorme conflictividad ante la sumatoria de fuerzas laborales que han manifestado su deseo de salir en apoyo de los perjudicados por las decisiones del gobierno de Javier Milei.
Deberían bajar egos y escuchar a la sociedad...



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