Es un fenómeno que debería preocuparnos porque, como una enfermedad contagiosa, está corrompiendo el paradigma de una sociedad integrada, profundizando la grieta de las diferencias sociales, ideológicas y humanas, situación que está deformando a la Argentina que reformularon los inmigrantes que se asentaron en este terruño y confraternizaron con los originales de esta parte de América.
“Sembrar odio” implica cultivar intencionalmente el rechazo, el prejuicio y la hostilidad. Tanto desde la psicología como desde la filosofía, este acto no solo afecta al receptor, sino que representa una fuerza destructiva que corrompe el tejido social y aprisiona a quien lo ejerce.
<EM>Desde la psicología, el odio no se considera una emoción primaria, sino un estado complejo y prolongado que suele nacer de emociones más básicas como el miedo, la frustración o la ira. Esto surge de las lecturas que venimos realizando, no solo de los formados en esa profesión que analizan el comportamiento humano, sino en los escenarios que enfrentamos a diario.
<EM>Hay incomprensión en una parte de la sociedad que se siente por encima de los que luchan por alcanzar una forma digna de vivir, que profundiza la grieta del tejido social.
<EM>Hay pobres e indigentes, pero no porque ellos desearon serlo; las contingencias de un Estado politizado que, en vez de pretender cambiar “espejitos de colores” por el oro que portaban y desconocían su valor, le vendieron a una gran parte de esa ciudadanía postergada que ellos podrían mantenerlos, siempre que sumisamente se prestaran a sus objetivos.
<EM>La intolerancia al otro es un intento de rechazar o destruir aquello que se percibe como una amenaza a la propia identidad, creencias o seguridad. Es una respuesta a la incertidumbre y a la diferencia.
<EM>Proyección: “Psicológicamente, odiar a otros a menudo oculta inseguridades o partes inaceptables de uno mismo. Se proyectan los propios defectos en un “chivo expiatorio”.
<EM>Hay una perspectiva filosófica que contempla: “La desintegración de la razón y el vínculo social. Históricamente, ha analizado el odio como una pasión triste que limita la libertad y la expansión humana”.
<EM>Baruch Spinoza “definía el odio como un dolor acompañado por la idea de una causa externa”. Para Spinoza, “el odio disminuye nuestra potencia de obrar y nos hace esclavos de las circunstancias”.
<EM>El aniquilamiento del otro: Aristóteles veía el odio como “... un deseo de aniquilación del otro, señalando que es incurable por el tiempo, a diferencia de la ira, que puede disiparse”.
<EM>Friedrich Nietzsche sostenía que: “El resentimiento estaba presente en las actitudes humanas y que se originaban en la impotencia. Cuando el individuo no puede canalizar su fuerza vital hacia la creación, la dirige hacia la destrucción de lo que considera “el otro” o “el enemigo”.
<EM>Tras este intento de reconocer y alcanzar a comprender porque se muestra tanto odio, nos abocamos al análisis de las acciones que surgen del comportamiento presidencial y su entorno más íntimo, al que han denominado “El triángulo del poder”, una nueva forma de hacer política conformando los escenarios de amigo-enemigo.
<EM>En ese -a nuestro criterio- erróneo camino elegido por el presidente libertario, que se siente un enviado de las “Fuerzas del Cielo”, el “Mesías” que necesitaba Argentina, se van dando circunstancias del intento de reformular un sistema convivencial.
<EM>Se hizo normal el insulto, la denostación constante, la ironía hiriente que afecta notoriamente al otro, el desprecio por aquello que se manifiesta contrario a esas formas adoptadas y fueron provocando el armado de un sistema que, según se percibía, en algún momento estallaría porque ese odio sembrado estaba adentro y se convertiría en el peor enemigo del gobierno, pasando a ser “ira” en su expresión más contundente.
<EM>La actitud de rechazo al sentimiento de millones de argentinos que honraron, recordaron y recordarán la figura del “Indio” Solari aparece como un gesto de odio, mezclado con lo ideológico, que resulta incomprensible.
<EM>Negar, con excusas burdas, que no podían ocultar su aversión hacia una estrella de la música -que comprendió y fue, es y será parte de la vida de miles de argentinos- y se mostraba el inútil propósito de impedir que pudieran acercarse los millones de nacionales que viajan hacia Buenos Aires para rendirle su homenaje. Una actitud propia de quienes se están olvidando quiénes son y con quiénes viven.
<EM>Alguien, vinculado al periodismo, manifestó: “No dejan de pegarse tiros en sus propios pies” para señalar que cada acción que cometen en perjuicio del sentimiento de una gran parte de la sociedad. Es un “pelotazo en contra” y opera en perjuicio del objetivo que se fijo el auto nombrado “mesías”.
<EM>Respetar para ser respetados es una consigna que vale para todos, es la base de la convivencia sana. Este valor no es una imposición de poder, sino un acuerdo mutuo donde reconocemos la dignidad de los demás, lo que a su vez construye relaciones de confianza, empatía y armonía social.
<EM>Es evidente que a Javier Milei y gran parte de quienes lo siguen, les está faltando escuchar sin interrumpir, saludar, ser amable y validar las diferencias culturales que fortalecen el tejido social. Una manera de honrar a los que honra el pueblo.
<EM>Las diferencias no están destinadas para dividir, sino para enriquecer. Respetar a los demás nos distingue. Es, sin duda, una gran virtud del ser humano.
<EM>Javier Milei y sus adláteres, ¿lo sabrán?



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