DOMINGO 03 de Mayo de 2026
 
 
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Preocupante violencia de niños y preadolescentes...

Desde esta columna hemos reiterado comentarios sobre las reacciones que se producen en niños, niñas y preadolescentes tanto en las calles, centros educativos, ámbitos deportivos y lugares donde realizan actividades de esparcimiento al punto de llegar a convertirse en ámbitos realmente peligrosos.

La agresividad en niños y preadolescentes es un fenómeno complejo que, desde una interpretación psicológica, se entiende no solo como una conducta agresiva, sino como un síntoma de malestar profundo, una respuesta al entorno, o una forma de procesar traumas.

 

Hemos procurado obtener diferentes interpretaciones y análisis de lo que motiva reacciones violentas y, en una apretada síntesis, obtuvimos definiciones y respuestas psicológicas de la violencia en diferentes etapas de la vida y desarrollo de niños y preadolescentes.

 

“La violencia como mecanismo de defensa y expresión: los niños pequeños, al no tener el desarrollo cognitivo o emocional para verbalizar el dolor, la frustración o el miedo, actúan sus emociones a través de la violencia física o verbal”.

 

Agrega el informe que: “resulta una defensa para sobrevivir emocionalmente en entornos hostiles, los niños pueden recurrir a la negación o la escisión (separar lo bueno de lo malo de manera radical), lo que fragmenta su pensamiento y dificulta la empatía”.

 

Existe aquello que se distingue como “Sintomatología de Trauma”: “la conducta violenta suele ser un síntoma de “estrés tóxico”, fruto de abusos, negligencia o exposición a violencia doméstica”.

 

Hay una serie de elementos que pueden y deben ser considerados de alto riesgo e impacto en el desarrollo y crecimiento de los niños afectados. Para poder establecer la realidad de sus reacciones debe comprobarse si existe en su entorno una exposición sostenida a la violencia.

 

“Este proceso va deformando el desarrollo cerebral, afectando áreas clave como la amígdala (miedo), el hipocampo (memoria) y la corteza prefrontal (control de impulsos)”. Estas circunstancias, que deben ser evaluadas por profesionales formados en un tema tan específico, son derivantes de la acción preadolescente, que a menudo resulta en violencia como un comportamiento aprendido y aceptado en su entorno, convirtiéndola en un método para obtener reconocimiento o defenderse.

 

Los episodios que se han vivido en los últimos días no dejan de asombrar y preocupar tanto a padres, educadores y autoridades vinculadas. Jovencita adolescente que apuñala un compañero, ataques personales que forman parte del divertimento de grupos, que filman y mandan a las redes. Es una manifiesta alteración del comportamiento que tiene diversas motivaciones a las que es indispensable comenzar a prestarles atención y darles la contención que están reclamando.

 

Despertaron alertas, y son motivo de profunda alteración social, los mensajes colocados en establecimientos educativos acerca de futuros ataques y amenazas de muerte de preadolescentes que siguen un derrotero marcado por redes sociales, lanzando los mecanismos de los denominados “desafíos virales”.

 

Estas acciones que tienen repercusión mundial llevan a quienes se sienten atrapados psicológicamente por esa red a lanzar amenazas, para luego concretarlas concretarlas y también se están dando casos de menores que se autoflagelan y llegan a la muerte con el fin de dar cumplimiento a un “desafío”.

 

Aquellos estudios que se realizan sobre el comportamiento de niños y niñas señalan que deberían recibir más atención. Por ejemplo, la baja autoestima que se genera desde su hogar, el desmerecimiento de niños maltratados que llegan a internalizar que son merecedores del castigo y realimentan un estado mental, aún no definido, repitiendo el ciclo violento de víctima a victimario y descargando sobre aquellos con los que tienen más afinidad y cercanía.

 

Preadolescentes (6 a 12 años): “pueden mostrar conductas externalizantes como acoso escolar (bullying), peleas físicas, destrucción de propiedad o crueldad hacia animales”. Estas actitudes derivan en efectos psicológicos provocando trastornos diversos como ansiedad, depresión, falta de control de impulsos y dificultades en la regulación emocional.

 

El tema es complejo, pero dado el notable incremento que ha tomado se hace indispensable comenzar a prestarle mayor atención; ya no es suficiente con preocuparse, ahora hay que ocuparse. No basta solo con los educadores, deben instrumentarse los equipos interdisciplinarios que se apliquen al estudio, e intensificar las metodologías que ayuden a recomponer actitudes que vienen siendo deformadas por ausencia de la protección adecuada.

 

Ya muchos países del primer mundo han comenzado a controlar las redes sociales y a darle seguimiento a los desafíos virales donde se planifican agresiones múltiples como un desahogo de las dificultades formativas por las que atraviesan quienes hoy se han convertido en verdugos de su propia existencia.

 

Existe notoriamente una serie de dificultades para entender y acceder racionalmente a las nuevas tecnologías. Se requiere reconstruir modos vivenciales hogareños formadores del carácter inicial del niño, niña y preadolescente. 

 

Hoy estamos direccionando nuestra forma de vida hacia el tránsito a un profundo cambio que, para experimentarlo correctamente, se debe contar con las herramientas requeridas partiendo del hogar pasando por los esquemas educativos, hasta que se puedan integrar a la sociedad sin complejos que alteren su comportamiento. 

 

No son casos esporádicos, ni deben obviarse como comportamientos o conductas pasajeras. Son las nuevas generaciones a las que les debemos prestar todo nuestro apoyo. 

 

Eso, si realmente nos preocupa el futuro.
 

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