DOMINGO 01 de Noviembre de 2026
 
 
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Perdió y se fugó: ¿Qué esconde?

Sorprendió a quienes siguieron las alternativas que deparó el balotaje brasileño, en el cual Inácio Lula da Silva, a los 81 años revalidó su liderazgo político ante el avance de la “extrema derecha” que encabezaba Flávio Bolsonaro -hijo de quien fuera presidente y hoy es un convicto, Jair Bolsonaro- quien, al concluir el fragor de un domingo vibrante electoralmente y peleaba para defenestrar a Lula, escapa de Brasil y ya se conoce que llegó en un vuelo privado a los EEUU, donde pidió asilo.

 

Es evidente que existen diversas líneas argumentales: las que procuran justificar la “salida entre gallos y medianoche” y que han comenzado a evaluar que, detrás del candidato de derecha, existen escenarios complejos que la Corte Suprema de Brasil -a través de las áreas judiciales correspondientes- procura esclarecer dado que tiene como responsable al oponente de Lula.

Existen diferentes posicionamientos y debe buscarse la prudencia informativa a los efectos de poder brindar los sucesos con un marco de certeza, seriedad y responsabilidad, dejando de lado la ideología y centrándose en aquello que resuelva la Justicia.

La perspectiva de los sectores afines al bolsonarismo y aliados argumentan que las investigaciones impulsadas por el Supremo Tribunal Federal (STF) -en particular por el juez Alexandre de Moraes y otros magistrados- forman parte de una “cacería política” y un hostigamiento judicial sistemático contra la familia Bolsonaro tras la derrota electoral frente a Luiz Inácio Lula da Silva.

Desde este punto de vista, las restricciones de movimiento y el retiro de pasaportes son interpretados como medidas desproporcionadas para cercar a la oposición.

El marco de opinión del oficialismo y sectores críticos, entre los cuales sobresalen sugiere que Diputados del Partido de los Trabajadores (PT) y otros sectores afines al gobierno consideran que la salida de Flávio Bolsonaro hacia Estados Unidos constituye una clara evasión de la justicia y un riesgo de fuga evidente, dado que enfrenta causas graves por presunto lavado de dinero, evasión de divisas, vínculos con fraudes financieros (como el caso del Banco Master) e irregularidades en la financiación de campaña. Por ello, han solicitado su captura internacional a través de la Interpol.

Hay un clima generalizado de sospechas que ha provocado una alerta en el contexto regional. El episodio suma tensión en la relación diplomática y política en el Cono Sur, con repercusiones por los cruces de acusaciones sobre interferencias, asilo y el respaldo que el clan familiar encuentra en sectores políticos de Estados Unidos.

Es indudable que de este manejo no es ajeno el presidente Donald Trump, que sus declaraciones de saludos a Lula, jugó a todas bandas que su dialéctica controvertida le permitió. Desde remarcar que tienen buena relación con Lula a dejar entrever que llega al poder en un entramado con signos de corrupción, aspectos no considerados ni denunciados en Brasil.

El sector oficialista y los aliados de Lula (PT) sostienen que era previsible y fue objeto de denuncias previas a la elección que si sufría una derrota en las urnas procuraría salir del escenario donde el clan Bolsonaro es investigado por corrupción, lavado de dinero y los aspectos que complican a la familia generada por la situación -aún no cerrada judicialmente- de su padre Jair Bolsonaro (quien cumple condena por intento de golpe de Estado).

Desde este sector exigen la máxima severidad de la ley y la captura internacional para evitar que evada a la justicia, planteándose una situación de confrontación diplomática si EEUU accede a darle asilo.

El panorama judicial de Flávio Bolsonaro en Brasil se complicó drásticamente tras su derrota en el balotaje presidencial del domingo. Sin la inmunidad que le otorgaba su candidatura activa, la Corte Suprema de Brasil aceleró múltiples investigaciones en su contra, lo que derivó en la orden del juez Alexandre de Moraes de retener sus pasaportes y prohibirle la salida del país.

Se han dado a conocer aspectos que tienen estrecha relación con la desaparición de Flávio Bolsonaro relacionada con la trama de apuestas y lavado de dinero (Caso Willer Tomaz), que hoy es materia de investigación del Supremo Tribunal Federal (STF). Otra parte lo investiga por un presunto esquema de blanqueo de capitales y evasión fiscal mediante plataformas digitales de apuestas (bets) y sistemas de pago. La Policía Federal halló en los servidores del abogado Willer Tomaz (amigo de Flávio) registros de que el senador poseía un acceso de “usuario maestro” a las cuentas bancarias offshore de la firma holding Alcazar. Se mencionan, sin saberse fehacientemente, la verdad de las acusaciones del caso “Dark Horse”, que significó un financiamiento irregular de distintas actividades relacionadas con la campaña.

La realidad se impone al relato. Quienes se sintieron identificados y rompieron los esquemas diplomáticos de no interferir políticamente en campañas de otros países -cosa que sí hizo Javier Milei- hoy están débilmente “agarrados del pincel” y faltan los andamios que procuraba el presidente libertario argentino para erigirse en el líder “azul” del cono sur sudamericano.

Se ha comenzado a caer lentamente el protagonismo de una derecha que tiene características diferenciadas entre los países que han dado el giro, pero siguen manteniendo el peso ideológico que alienta en cada sociedad y de acuerdo a ello responden.

Milei pareciera que no está viendo el nuevo escenario. Tampoco pareciera percibir el juego de Donald Trump y se siente empoderado- equivocadamente- ante el país más poderoso de Sudamérica -Brasil- y uno de los de mayor peso en organizaciones internacionales.

Como expresó Inácio Lula da Silva tras haber ganado: “El pueblo no se equivoca y dejó reflejado que la mentira nunca triunfa ni es duradera”.

 

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