JUEVES 29 de Enero de 2026
 
 
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Lealtad, sumisión, entreguismo...

Conforme a las circunstancias que giran alrededor de una relación que no muestra reciprocidad ni honestidad hacia los condicionamientos acordados en lineamientos políticos, comerciales y financieros alineados con las necesidades de cada uno de los protagonistas, bien vale analizar cómo se definen esos posicionamientos, por momentos discordantes, y coincidentes por otros.

La diferencia clave es que la lealtad es un compromiso mutuo basado en el respeto, la confianza y la reciprocidad (apoyar con criterio y ética); la sumisión es una obediencia ciega y acrítica que no implica un intercambio, donde se sacrifica la propia voz y dignidad por miedo o imposición y ser empleado es una relación laboral contractual.

Un entreguista es una persona que adopta una actitud de rendición, abandono de la lucha o entrega de intereses propios y/o nacionales, ya sea por debilidad, oportunismo o traición; sus sinónimos incluyen: “vendepatria, derrotista, contemporizador” y, en el ámbito político, “alguien que cede a poderes externos”.

El presidente norteamericano Donald Trump ha dado claras muestras de que para él las relaciones humanas son circunstanciales y aquello que prevalece son los objetivos fijados para mantener el poder que lo ha convertido en uno de los empresarios más poderosos e influyentes del mundo.

Nada hace que puedan ser relaciones normales las que dice y pretende materializar el presidente argentino libertario-anarcocapitalista, Javier Milei. Las diferencias que marca el poder señalan las distancias existentes y se evidencian en los gestos que cada uno ha demostrado a lo largo del tiempo en sus posturas, por caso Milei, al haber tomado decididamente partido y convertirse en un fiel y obediente “empleado” del mandamás republicano.

Donald Trump fiel a su comportamiento y a las actitudes que lo llevaron a ser por segunda vez presidente de uno de los países más poderosos del mundo responde amigablemente o amenazante según las circunstancias, dejando evidenciado que para él es un mecanismo del poder que desarrolla junto a un equipo que juega para ellos: Marco Rubio, Scott Bessent y el FMI. El resto acompaña en la medida que son requeridos sus servicios y sino que lo diga Elon Musk.

Es sorprendente la actitud del mandatario argentino quien ratifica su alineación con EEUU y, ante el requerimiento de periodistas afines con quienes tiene trato acordado, manifesta que la “geopolítica es una cosa y los acuerdos comerciales son otra”. Aclarando que no romperá con China los convenios comerciales.

Esto expresó hace escasos días, con anterioridad, eran “comunistas” con los cuales no negociaría, tomando varias medidas relacionadas con la expansión comercial y/o científica que planeaba el gigante asiático en la Patagonia argentina. <EM>Cuánto tiempo mediará entre estos dichos y que el nuevo armador de un mundo “geopolitizado” y dividido en tres, para nosotros sería Trump, indique que deben terminarse los acuerdos con China.

Conociendo y viendo actuar al presidente americano no pasará demasiado tiempo. No resulta dificultoso saber hacia donde apunta. Marcados los objetivos, intervino entre Ucrania-Rusia, tuvo que ver en las cuestiones protagonizadas entre Israel y los palestinos de Gaza, actuó bélicamente en Nigeria y ahora es Venezuela, abriendo ya el juego de sus operaciones dominantes a Colombia como su próximo objetivo.

La faz comercial y acuerdos extraterritoriales con China serán cuestionados, de una u otra manera.

Ya logró el objetivo petrolero avasallando todas las barreras de las normas institucionales y legislación internacional vigente. El anuncio de la toma de posesión, mansamente aceptada por quien se muestra afín con las decisiones norteamericanas, Delcy Rodríguez -la vicepresidenta a cargo del gobierno venezolano- hizo detener el envío de petróleo a China y mantiene a la empresa estadounidense Chevron como único canal de exportación.

Misión cumplida. Ahora queda -según palabras de Marco Rubio- hacer caer el poder de Diosdado Cabello, cúpula militar que aún tiene poder interno. Todo pensado y programado.

Logrado ese fin, Venezuela ya puede poner dos mástiles que muestren por un lado la bandera que identifica al país y por el otro la norteamericana, que señala que, por un largo tiempo, serán parte del poderoso país del norte.

Hay lealtades -algunas ciertas, otras fingidas- dadas las circunstancias por las que atraviesan frente al poderoso. Hay sumisión y en ese marco por ahora el pueblo venezolano está dubitativo, salvo algunas expresiones surgidas de los cuerpos militares consustanciados con las políticas chavistas, el resto tiene temor y está actuando con estudiada mesura.

Finalmente, el círculo se cierra con el “entreguismo”, uno de los factores con los que cuenta Donald Trump. Sus actitudes prepotentes y las categóricas sentencias de Marco Rubio están delineando un nuevo armado para Sudamérica.

El poder es un fenómeno común entre los hombres. Una idea filosófica sobre los ciclos y patrones en la vida, la historia y la naturaleza donde eventos, temas o estaciones vuelven a ocurrir, como las mareas, sugiriendo un eterno retorno o patrones cíclicos. Todo se repite.

La historia está plagada de ejemplos: la caída del Imperio Romano es uno de los episodios que deberían recordar. Nada es para siempre.

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