Hay un desborde emocional generalizado que pone a la calle como el escenario en donde se protagonizan todo tipo de agresiones verbales y/o físicas.
El tema no es novedad, pero vale la pena recordarlo y tenerlo presente para evitar situaciones incómodas cuando se transita por la ciudad o se está en un negocio.
Hay un factor que genera preocupación, fundamentalmente en los ámbitos educativos y lugares de esparcimiento nocturno, donde se materializan semanalmente acciones de extrema violencia que obliga a las autoridades policiales y cuerpos especiales a tener que actuar para calmar a los más belicosos y, en muchos casos, evitar tragedias dado que muestran su agresividad con armas blancas.
La violencia en las calles no nace de forma espontánea, sino que es el síntoma visible de un tejido social, familiar y neurológico profundamente afectado.
Cuando analizamos el comportamiento de niños y adolescentes en entornos urbanos conflictivos, la psicología, las neurociencias y la sociología coinciden en que las conductas violentas o delictivas no son una “fase”, sino estrategias desesperadas de adaptación, transgresión y supervivencia ante un entorno hostil.
Según hemos podido recoger de informes y análisis psicológicos que estudian el comportamiento y los desvíos de niños, adolescentes y adultos mayores, todo obedece a lo que se conoce como el “Impacto Neurológico”, que no es otra cosa que el cerebro colocado en una situación de “Estrés Tóxico”, que proviene de círculos muy íntimos familiares, o de una natural predisposición a la agresión.
El cerebro de un menor responde directamente al ambiente donde se desarrolla. La exposición sostenida a la violencia en las calles o en el hogar genera estrés tóxico, el cual altera la fisiología cerebral de formas drásticas.
Es evidente que una gran parte de la sociedad se está moviendo en un escenario donde la violencia se ha generalizado comprometiendo severamente la sana convivencia ciudadana.
El comportamiento de los jóvenes en entornos callejeros hostiles suele manifestarse a través de dos vertientes. La transgresión como mecanismo de supervivencia: Los menores que pasan mucho tiempo, o viven en la calle, perciben las normas sociales como un sistema que ya los ha excluido o victimizado. Para ellos, la astucia, la demostración de fuerza y la infracción de reglas se convierten en las únicas herramientas válidas para sobrevivir.
Se perciben, cada vez con mayor asiduidad conductas que se manifiestan en agredir a otros por el solo hecho de sentir su poderío. Es frecuente observar tanto provocaciones o actos delictivos dirigidos hacia afuera (aloagresión), como conductas que pareciera le brindan placer y es la autolesión (cortes, exposición al peligro), actos que normalmente se realizan bajo los efectos del consumo de sustancias para mitigar la angustia del desamparo, resultando uno de los más comunes el alcoholismo.
Resulta difícil comprender el esquema de normalización y justificación que manifiestan niños y jóvenes adolescentes. Estudios cualitativos indican que los niños en alta vulnerabilidad redefinen el concepto de violencia. Tienden a etiquetar como “violencia” solo el abuso injustificado de quienes tienen poder (como la policía o adultos abusivos), mientras que consideran sus propias reacciones físicas como “agresión justificada” para defenderse.
Eso es, en gran medida, lo que se está viviendo habitualmente en las calles, barrios o en los mismos lugares donde cohabitan familiarmente.
Es indudable que desenvolverse con habitualidad en ámbitos donde la violencia y la agresividad son parte de las formas de vida del sector en el que se desenvuelve, provoca un impacto severo en el desarrollo cerebral del menor, donde comienza a justificar lo agresivo y se convierte en un niño-adolescente peligroso.
La exposición constante a la violencia callejera altera la biología del menor provocando, lo que se denomina en psicología, “Trauma complejo o sostenido” que es desenvolverse en lugares o barrios, donde las peleas, los desafíos por el dominio barrial, tiroteos, delincuencia o dinámicas de pandillas somete al cerebro a niveles nocivos, que alteran notablemente su comportamiento.
Alteración de la empatía y control de impulsos: “El maltrato y la hostilidad ambiental provocan una hipo funcionalidad en la corteza prefrontal (encargada de frenar los impulsos) y alteraciones en la amígdala. Esto causa un déficit en el procesamiento de la serotonina, haciendo que el menor interprete estímulos neutros de su entorno como amenazas directas, respondiendo de forma desproporcionada”.
La transición hacia conductas de violencia callejera severa no ocurre de la noche a la mañana, tiene ámbitos muy específicos, por caso el hogar donde no se cumplen las medidas de control, educación y respeto que el niño demanda en la etapa de crecimiento y desarrollo. Hay avisos que se perciben en cambios drásticos en la conducta cotidiana del menor.
Aislamiento y hermetismo: Negativa a estar en casa o ruptura radical con los círculos de amigos de siempre. Discurso hostil con expresiones frecuentes de resentimiento social, normalización de la delincuencia o verbalización de que “todo el mundo está en su contra”, y cambios de humor repentinos acompañados de baja tolerancia a la frustración que le provoca verse diferente a otros niños de su edad.
Esto es parte de los síntomas que muestra un segmento social -el de los niños, adolescentes y jóvenes adultos- que está transitando un camino de muchos conflictos.
Debe preocuparnos, ocuparnos y prestarle más atención.



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