Silvana Pons - Lic. en Psicología - Especialista en Salud Mental Comunitaria
La fascinación que genera la inteligencia artificial no es casual, de hecho está muy a tono con la época: dificultad para tolerar el silencio, la incertidumbre, el no saber. La tendencia hoy es buscar respuestas inmediatas, consejos rápidos, soluciones universales y esa es la forma en que esta “inteligencia” nos captura.
Y aunque la IA suele pensarse como forma de comunicación, es sólo intercambio de información. La verdadera comunicación, el lenguaje humano, son mucho más que eso: nos constituye, atraviesa el cuerpo, causa deseo y nos implica en relación con otros. No solo interactúa, también produce efectos. La inteligencia artificial, en cambio, ofrece respuestas rápidas y tranquilizadoras, busca conducir al usuario hacia una experiencia de satisfacción inmediata, perdiendo en el camino la dirección singular que el lenguaje imprime en cada sujeto, en sus pensamientos y en sus actos.
Otro dato alarmante es que detrás de la inteligencia artificial hay empresas, negocios que diseñan y orientan estas tecnologías, lo cual, en un contexto donde los lazos sociales ya se encuentran debilitados, constituye un serio peligro.
Aquí es donde el debate sobre la regulación resulta imprescindible. En distintas regiones del mundo ya se avanza en marcos que contemplan los riesgos según los ámbitos de aplicación. No se trata de rechazar la inteligencia artificial, sino de establecer límites claros.
Para una sana convivencia con estas tecnologías es necesario ubicar a la IA como instrumento y no como reemplazo: puede acompañar procesos, facilitar tareas, pero no puede sustituir el encuentro con otro, especialmente en el campo de la salud mental.
En tiempos donde la inteligencia artificial se vuelve parte de la vida cotidiana, ¿qué lugar queda para el sujeto?, allí es donde la salud mental encuentra su punto más sensible, ya que que dicha inteligencia no es sólo una herramienta sino un modo de funcionamiento que deja afuera la singularidad de la persona.
Cuando se utilizan herramientas digitales para obtener diagnósticos o recomendaciones sin intervención profesional aparece un riesgo muy serio. Ninguna máquina puede reemplazar lo que ocurre en el encuentro entre personas y la salud mental no se reduce a tips ni a respuestas estándar, implica un trabajo con lo propio, con lo que no encaja, con lo que insiste.
En la práctica clínica, el síntoma no es solo algo a eliminar, muchas veces es un modo singular de sostener la vida, una guía hacia otra cosa. Aplastarlo bajo nombres genéricos o intentar suprimirlo sin escuchar lo que expresa puede resultar más perjudicial que beneficioso.
Incluso, esas respuestas automatizadas e iguales para todos, pueden generar dependencia, inseguridad y una forma de sugestión que debilita la confianza en uno mismo y en los otros.
Hoy, más de mil millones de personas en el mundo viven con trastornos como la ansiedad y la depresión, una de las principales causas de discapacidad prolongada, frente a esto, ampliar el acceso a la salud mental es urgente porque incluso en tiempos de algoritmos, lo humano sigue siendo -irremediablemente- singular.
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