LUNES 16 de Marzo de 2026
 
 
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Entre el derecho internacional y el despotismo...

Claramente se han comenzado a poner en el principal escenario mundial dos aspectos que rigen a los países tanto poderosos como en desarrollo, y emergentes.

Cuando se habla de la institucionalización del Estado, se está refiriendo al proceso de consolidación de reglas, normas, procedimientos y organizaciones formales que estructuran el funcionamiento del poder político, restándole carácter personalista o caprichoso.

Transforma ideas en programas, centraliza el poder y crea burocracias estables para prestar servicios públicos y asegurar la gobernanza.

Estos aspectos marcan la diferencia con el despotismo, que es una forma de gobierno o ejercicio del poder absoluto, arbitrario y opresivo, donde una persona o grupo superior abusa de su autoridad sin restricciones legales. 

Se caracteriza por el trato autoritario, la tiranía y la ausencia de limitaciones constitucionales, a menudo con fines personales.

Estas reglas también responden al derecho internacional, como el conjunto de normas, principios y costumbres que regulan las relaciones entre Estados, organizaciones internacionales y otros actores globales, garantizando la paz, la seguridad y la cooperación.

Se divide en público (relaciones entre Estados) y privado (relaciones entre particulares con componentes internacionales), basándose en tratados y el consentimiento mutuo.

Las situaciones que derivan de la decisión de poder y liderazgo absoluto que pretende el presidente norteamericano Donald Trump, contando con la ya emprendida “guerra santa” gestada por Israel, contra Irán, nos está obligando a hurgar en las normas que rigen los estados de paz, entendimiento, respeto y consideración en el mundo moderno.

El republicano, haciendo gala de una personalidad por momentos abusiva, fría y especulativa, que aprovecha las debilidades que muestran quienes ha elegido como sus oponentes, procurando reafirmar su promesa de reconvertir el poder de los EEUU entre los poderosos del primer mundo, ha intervenido en cuanto litigio se ha presentado en las distintas regiones del orbe.

Lo hizo en Gaza, ya había intentado presionar a Ucrania a los deseos del poder ruso en un canje del “toma y daca” de los más grandes.

Presionó con recuperar centralismo económico-comercial y financiero, con la utilización del mecanismo arancelario y presionando a las grandes empresas que buscaron ámbitos para desarrollar sus inversiones que impositivamente les brindaran mayores beneficios.

Acometió contra Venezuela, basado en la existencia de un gobierno dictatorial y corrupto. Logró su objetivo y sacó a su mandamás, Nicolás Maduro; y hoy EEUU es gobierno, y ha comenzado a operar en su objetivo: la cuenca petrolera más importante de sudamérica.

La guerra desatada contra Irán está sostenida -según palabras del presidente Trump- en evitar que un país considerado fuente del terrorismo mundial lograra finiquitar su armamento nuclear, situación que pondría en riesgo la subsistencia de la mayor parte del mundo. 

Pero detrás también existen intereses económicos de envergadura, dado que el país iraní es considerada la primera y mas importante cuenca de petróleo y gas. 

Ganar la guerra y ponerse al frente de la industria y producción de Irán le estarán brindando al presidente Donald Trump un manejo integral de sometimiento a sus proyectos de liderazgo político y económico.

Nada es gratis y estamos en una etapa donde los buenos no son tan buenos y los malos no son tan malos. Todo depende de la profunda transformación que se materializa al ritmo del crecimiento tecnológico en piezas claves que funcionan según sean sus hitos productivos.

Ninguno de estos aspectos ha escapado del programa elaborado por Trump y su mesa chica de acción integrada por Marco Rubio y Scott Bessent, quienes operan y accionan estrategias que van captando voluntades o forzando situaciones de países muy conflictuados en lo económico-social-financiero-industrial, empresario-comercial y políticas internas convulsionadas que abren posibilidades para que accionen en calidad de arbitrar.

Hoy todos los países del mundo están sujetos a los vaivenes del presidente norteamericano. No parecen existir posibilidades concretas de establecer negociaciones para que cese el fuego cruzado e impere una paz, que aún que provisoria, habilita a gestionar acuerdos, ante que se sigan sumando las víctimas inocentes y se destruyan países que conforman parte de la historia del los primeros albores de la integración mundial.

Nadie puede hoy aventurar el futuro. El posicionamiento del presidente de los EEUU y parte de sus colaboradores directos -el más cercano Israel- es darle continuidad hasta que desaparezcan los movimientos de guerrilla y terrorismo iraníes y/o vinculados a esos principios.

Trump habló de cinco o seis semanas de contingencia bélica, aunque todo hace presumir que se extenderá más tiempo y se agravará en la medida en que ya son varios los países que están definiendo de qué lado de los confrontantes están.

Ahora agudizan el ambiente las recientes declaraciones del presidente Trump que no acepta la designación del nuevo ayatollah, que se supone sería el hijo del líder iraní muerto en un ataque estadounidense-israelí, afirmando que él debe participar en la decisión de quién será el que rija los destinos de Irán.

Esta actitud propia del profundo egocentrismo que caracteriza a Donald Trump señala claramente que no hay límites para alcanzar el liderazgo tutelar del mundo actual.
 

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