Ya nos estamos acostumbrando, y se nos supone normal, que las ambiciones y los egos que salen a relucir cuando se quiere llegar al poder se constituyan en un amontonamiento donde no interesa otra cosa que el lograr ubicarse.
Quedaron de lado las raíces y la dignidad política para suplirlas y encontrar las formas para hacerse de poder y -en su mayoría- desde ese lugar comenzar a generar su fortuna, de cualquier manera y sin tener en cuenta los costos que eso depara.
Hoy nos encontramos con actitudes que para nada honran a quienes hace muchas décadas entregaron sus vidas en aras de mantener la dignidad política, como una cualidad que abarcaba el comportamiento ético, mostrando a un funcionario o gobernante, quien al ejercer el mandato que le otorgó parte de la sociedad, se obligaba a cumplirlo con decoro, honradez y respeto hacia la ciudadanía y hacia el cargo que ocupa. Eso es parte de la historia antigua.
Esta actitud ha sido tirada a la basura y hoy vemos que se apela a subterfugios de cualquier tipo y naturaleza para escalar y posicionarse frente a sus iguales.
Se abandona el compromiso moral, el que se asume ante la implicancia y significación que: la política no es solo una herramienta de poder, sino un servicio público regido por valores y la búsqueda del bien común.
En ese marco se hace abandono y se pretende justificar la ausencia de coherencia y responsabilidad: Un político digno asume la responsabilidad de sus actos, respeta las normas democráticas y sabe dar un paso al costado (renunciar o retirarse) cuando comete faltas graves o traiciona la confianza ciudadana. Hoy hay que buscarlo con “lupa”.
Todo esto que resumimos para procurar delinear a un “político digno” lo han tirado a la basura, tal vez no todos, pero una gran mayoría para alcanzar poder hoy se atraganta con “sapos” inaceptables, desde el punto de vista de aquello que significa poder, mostrarse digno y moralmente en condiciones de poder aspirar a ser un dirigente consustanciado con sus orígenes políticos y no “bastardeando” las bases ideológicas que lo llevaron hasta ese lugar.
Alguien diría: “Dan asco”. Se revuelcan en el barro, que alguna vez criticaron para conseguir un objetivo que dignamente pareciera no alcanzarían.
Dejaron en el “baúl de los recuerdos” la historia política que les dio contenido a sus vidas durante muchos años, pero que hoy tiran por la borda, porque según ellos mismos expresan: “Es la única forma de poder hacerle frente al marco opositor, nos unimos todos, dejando de lado diferencias o la derrota es un suceso inevitable”.
En política, como en la vida, hay que saber llegar, estar, e irse cuando es el momento y siempre llega, por mucho que como niños enojados algunos políticos que ni supieron estar, ni irse, se nieguen a dejar el poder...
Ese saber estar (e irse) se llama dignidad. Es difícil encontrar hoy quienes se apeguen a estos principios que tienen historia, que no son nuestras y que fueron el baluarte que consolidó la idea de quienes defendieron la libertad de pensamiento, el respeto y la consideración por el otro.
Hoy, como expresaba Enrique Santos Discépolo cuando reflejó en la letra del tango “Cambalache”, esa visión de la sociedad deteriorada está volviéndose la realidad con la cual nos tropezamos a diario. Esos versos que marcaban una profunda degradación social al decir: “Que el mundo fue y será una porquería, ya lo sé, en el quinientos seis y en el dos mil también. Que siempre ha habido chorros, Maquiavelos y estafa’os. Contentos y amargados, valores y dubles”.
Cerrando ese juicio a la convivencia social con: “Pero que el siglo veinte -en este caso veintiuno- es un despliegue de maldad insolente, ya no hay quien lo niegue, vivimos revolcados en un merengue y en un mismo lodo todos manoseados”.
Nada nuevo, el fiel reflejo de muchos políticos que hoy se están mirando al espejo de un pasado que en nada se diferencia al momento que atravesamos hoy.
De tanta actualidad que hasta sería posible que hubiera quienes como en aquella etapa de la vida argentina, cuando fue compuesto en 1934, plena década infame, y censurada por el gobierno militar en 1943, hoy pretendan olvidarse de su contenido dado que señala que los argentinos retrocedemos, en vez de progresar y miramos la transformación del nuevo mundo que está ante nuestros ojos.
En los últimos meses, la caída adquiere una dimensión inesperada. De los políticos que la sociedad espera ya quedan pocos. Van apareciendo los trepadores, los que buscan cómo congraciarse con el poder de turno y llegar, no importa cómo.
El político en ejercicio ha de tener un deber, una obligación, no de mostrarnos su vida privada -que ha de ser respetada en su libertad de la misma manera que deseamos que respeten la nuestra-, sino la impoluta claridad y transparencia que ha de guiar su gestión. Y se le ha de exigir algo más que la mediocre venta de un producto de marketing.
En estos dos años y meses de gobierno libertario se han dado efectos transformadores que han generado un profundo desgaste y deterioro social. Se hablaba de un cambio y una gran parte de la sociedad creyó que era factible.
Se señalaba la necesidad de un sacrificio para alcanzar a revertir un proceso que se sustentaba en tapar agujeros, mediante dádivas, la utilización del mecanismo de hacer un negocio con la necesidad de un sector social desprotegido, empobrecido y con escasas posibilidades de recuperar su dignidad personal, y recrudeció la indigencia que pulula en basurales, duerme en la calle y está compuesta por los que revisan contenedores para ver si encuentran comida.
Se buscaba políticamente achicar el Estado, desregular el sistema interno para alcanzar el propósito de un superávit fiscal y lograr el déficit cero, alentando libre mercado, abriendo las fronteras a la importación -sin costos arancelarios- y se convirtieron poco menos que en los verdugos que ajusticiaron a las Pymes, rompieron la microeconomía, limitaron el consumo y empobrecieron a los que aún quedan con trabajos estables o se las rebuscan en el “negro” a través del sistema monotributista.
Pero hay reacciones sociales y aparecieron los “ningunistas”, personajes que no se sabe en qué nivel de la escala social están, solo revelan que pretenden un cambio. Esto alerto a la política tradicional y al oficialismo que vieron que “la necesidad tiene cada de hereje” y salieron a ver cómo, tapándose la nariz, negociaban futuro político.
Las distintas comunidades que pueblan la argentina los observan y son muchos los que piensan: “De este revoltijo: ¿Qué saldrá”. Imposible saberlo. Como decían los más veteranos y con sobrada experiencia: “HAY QUE DESENSILLAR HASTA QUE ACLARE” y esperar que se saquen el barro para ver quiénes y cómo quedan. El gran interrogante es: ¿La sociedad, o parte de ella, los “ningunistas”, querrán un cambio de “chapa y pintura” pero con los de adentro disfrazados?
Esperemos a dar vuelta las urnas.



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