Todos los sectores de la política nacional están en la búsqueda de lograr una estructura homogénea que logre contar con el respaldo de una gran parte de la ciudadanía que se encuentra dentro del “ningunismo”.
No resulta una acción que particulariza alguno de los posibles partidos, que hoy están montando diferentes escenarios desde los cuales procuran nombres potables que sean aceptados por una sociedad que -en gran medida- no está de acuerdo con regresar al pasado, pero tampoco están decididos al apoyo del presente. Están esperando que aparezca el “cambio”.
En el oficialismo hay sectores que están enfrascados en la interna, por un lado los “karinistas” y por otro los “caputistas” que, a su manera y con sus formas, están intentando reacomodarse a los deseos presidenciales.
En el marco opositor, con otra “música” pero persiguiendo igual objetivo, están acomodándose los que no están encuadrados en posibles “colaboradores” que negocian su futuro político llevando las banderas del mileismo o de
Y ese marco pintado de “violeta” marca diferenciaciones claras, porque en una fila se enrolan los que siguen el poder de Karina Milei y están predispuestos a ser socios sumisos que aceptan todo, y en otro carril, siempre todos con Javier Milei a la cabeza, están marcando una cancha al conformar una sociedad con poderes similares, sin “patrones” que impongan condiciones y siempre con canales de diálogo. Por caso Patricia Bullrich.
Esto da origen a una interna “solapada”, plagada de trampas que van colocando quienes aún mantienen una cuota de poder que necesita indiscutiblemente el presidente libertario anarcocapitalista, si es que pretende alcanzar un segundo mandato. Hoy lejos de la meta de llegada y con muchos inconvenientes para lograr ese fin.
Javier Milei salió del ostracismo al que, aparentemente, de forma voluntaria se sometió, generando intranquilidad y mucho nerviosismo entre los propios, para mostrarse más virulento que nunca, “enchufado” en su verborragia denostante, con abundancia de insultos, fundamentalmente contra el “periodismo” no afín, contra el cual ha desatado una guerra personal, con la finalidad de callarlo.
Según manifestaciones de Mariela Belski, directora ejecutiva de Amnistía Internacional Argentina, “analizó la creciente agresividad del presidente contra los periodistas y advirtió sobre un impacto negativo en la libertad de prensa”.
Entre otros conceptos expresó que: “El objetivo de los insultos de Milei al periodismo es silenciar para generar autocensura”. En la nota realizada por el portal de NA, la funcionaria agregó: “Es realmente muy complejo de analizar, pero creo que lo central que podemos decir es que los insultos de Milei no son exabruptos aislados ni algo que se reduzca a ‘un estilo’, porque se suele decir ‘bueno, es el estilo del presidente...’. Nos parece que es un patrón sostenido, que está documentado -al menos por nuestra organización-, con componentes que van desde un insulto sistemático a restricciones puntuales e institucionales de acceso a la información”.
Estas actitudes que derrama sobre gran parte de sus seguidores -con algunas excepciones- forman el frente de batalla que hoy propone un presidente Milei “recargado” para recuperar el terreno perdido, el profundo debilitamiento de su imagen en la juventud y revertir el rechazo del votante “ningunista”.
Esta sintomatología de “pelea” también se está trasladando a las provincias, especialmente a aquellas donde las políticas tradicionales están consolidadas, pero deben confrontar con los “negocios” que viene a ofrecer
El periodismo no comprometido, y que guarda informativamente independencia de sectores de la política, sostiene que se están jugando partidas distractivas para alcanzar determinados objetivos, pero que la realidad señala un desinterés de gran parte de la sociedad a esta altura del año por manifestarse hacia uno u otro sector en pugna.
Estas alteraciones que está manifestando el estado de la política nacional y/o provincial depende de los factores que se han puesto en juego, tanto el sincrónico, que pretende aprovechar Milei al tener el poder y disponer sobre la vida de todos los argentinos, como el diacrónico, que ve que algo ocurre, se está desarrollando y espera el tiempo y su evolución para asumir y definir posiciones. Son los denominados “tiempistas”.
Nada está dicho y pocas cosas tienen real certeza. Como decía el filósofo griego Aristóteles: “La única verdad es la realidad” y aún estamos lejos de verla.



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