Un fenómeno solo para los que manejan los números, estadísticas, porque el resto de la ciudadanía, esa que transita diariamente por las diferentes calles del país, ve mucha más gente durmiendo en las calles. Cientos que buscan en los contenedores de basura algo para comer, otro centenar que pide algo que lo ayude a llenar la panza y ni que hablar de la multitud que se reúne en los basurales.
Aún así te bombardean con los informes que dicen que la pobreza está en “la mitad del número con el cual arrancó este gobierno”.
No es pretensión discutir las formas de hacer los cálculos, es la marcada diferencia que se aprecia cuando salimos a la calle o se materializa en el timbreado domiciliario de quienes “piden si les podés dar algo de comer”. Ese número aumentó considerablemente y no responde ni refleja una notable disminución; que, por otra parte, sería formidable estuviera ocurriendo.
La realidad diaria, esa que se ve, observa y comparte diariamente, descree de esos números, no porque estén confeccionados para mostrar un país que mejora, sino porque las metodologías utilizadas tal vez no son las adecuadas para poder recoger una situación que es notoria y se ve en casi todas las ciudades del país. Villas, asentamientos precarios y basurales, son los lugares más frecuentados y presuponemos que esa gente está fuera del radar político.
Naturalmente que a ningún político le proporciona beneficios ni aporta puntaje para su carrera pública poner sobre el escenario un problema que la Argentina hace muchas décadas viene sufriendo: la pobreza y la indigencia, sellos del fracaso y la decadencia social en la que hemos venido cayendo.
Nadie reconoce que estas circunstancias fueron activadas por los egos, la ambición y los manejos tendientes a lograr poder. Algo así como pretendieron los navegantes españoles y de otras nacionalidades cuando llegando a tierras que se comenzaban a descubrir, se encontraron con los habitantes naturales del lugar, que solo portaban taparrabos, cuando no estaban completamente desnudos.
Para ellos, la sorpresa y curiosidad de ver gente diferente los llevó a entregar su ingenuidad e inocencia a quienes vieron la oportunidad de “conquista”.
Les entregaban espejitos de colores, juguetes y, en su natural pureza e ignorancia, fueron presa fácil de quienes en vez de ver cómo procedían a educarlos y enseñarles un ámbito de la civilización que para ellos era inexistente, los pervirtieron y esclavizaron.
Ya en ese momento la historia nos señala que el ser humano siempre tuvo un rasgo de profundo egoísmo y alentaba el poder como herramienta para lograr objetivos, en estos casos riqueza, que para los nativos no representaba más que algo que estaba y no era de su pertenencia. Lucían el oro, no como una joya sino como símbolo distintivo de un poder que para ellos era la conformación de jefaturas.
Fueron los primeros pobres usados, sometidos, vejados, ignorados porque no eran como ellos. Algo bastante similar -guardando las distancias históricas- a los escenarios que se están conformado en el cono sur latinoamericano.
El INDEC arroja cifras que los libertarios aplauden, la UCA les señala que sus números no son coincidentes, dado que los registros que ellos tienen superan holgadamente las mediciones que se dan a conocer.
A fines de 2025, Argentina muestra una tendencia a la baja en pobreza e indigencia, según los datos oficiales del INDEC. De acuerdo a sus números el primer semestre de 2025 indica 31.6% de pobreza y 6.9% de indigencia, la menor desde 2018, impulsada por la estabilización económica.
Por otra parte la UCA reportó un 36.3% de pobreza y 6.8% de indigencia para el tercer trimestre, advirtiendo que “persiste la inseguridad alimentaria y la medición oficial puede tener matices”.
“Estas cifras representan caídas significativas respecto a picos de 2024, con estimaciones proyectadas que hablan de unos 15 millones de pobres y 3.3 millones de indigentes para el primer semestre de 2025”.
En la actualidad, existe un segmento de la sociedad que ha quedado fuera del sistema al haber perdido sus trabajos y resultarles extremadamente difícil recuperarlos. Esa ciudadanía que padece necesidades primarias, que dejó de sostener las estructuras educativas de sus hijos, que pese a sus esfuerzos no logra llevar el pan a la mesa diariamente: no está registrado.
Ese ciudadano-ciudadana que tiene vergüenza de presentarse a pedir que lo asistan o que le den un trabajo que no puede conseguir. Se transformó en muy escaso tiempo en “don nadie”; como tantos que duermen en las calles, tapándose con cartones, o familias enteras que tuvieron que desalojar sus viviendas y hoy viven debajo de los puentes que rodean el conurbano bonaerense.
Esos son ignorados y no están registrados. Son los que la ciudadanía ve y no alcanza a explicarse porqué se alegran de haber sacado millones de personas de la pobreza y las calles siguen poblada de ellos; los comedores populares están atiborrados de niños y madres, que diariamente acuden para tener un desayuno o un almuerzo.
Esto está operando fuera de los problemas políticos que se libran en el Congreso de la Nación. Son ajenos a los viajes del presidente Milei. Se constituyen en los marginados, son los invisibles argentinos que vemos a diario en las calles y pasan desapercibidos, porque los confundimos con el paisaje de las grandes urbes.
Esos no creemos que estén en el radar del INDEC, organismo que siempre estuvo manejado por la presión política que ejercía quienes mandaban. Tal vez la UCA se acerque a la realidad que hoy tiene la Argentina, no lo sabemos.
Pobres hay, indigentes abundan, generaciones sin futuro por lo menos tres, en verdad: ¿De qué nos alegramos?.



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