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El presente nos reclama

Difícil saber si vamos a salir mejores o peores de esta pandemia, hay especulaciones y argumentos de sobra para sustentar ambas conjeturas. Lo único seguro es que, en momentos como éstos, en los que comprendemos en toda su dimensión la fragilidad que entraña el ser humanos, es que deberíamos tener la capacidad y la inteligencia de repensarnos

Difícil saber si vamos a salir mejores o peores de esta pandemia, hay especulaciones y argumentos de sobra para sustentar ambas conjeturas. Lo único seguro es que, en momentos como éstos, en los que comprendemos en toda su dimensión la fragilidad que entraña el ser humanos, es que deberíamos tener la capacidad y la inteligencia de repensarnos, de reforzar nuestra empatía y solidaridad, de demostrar con acciones concretas nuestra preocupación por el otro y por el rumbo futuro hacia el que nos encaminamos.

Deberíamos, pero no lo estamos haciendo. Deberíamos usar este tiempo para darnos cuenta de dónde y cómo estamos y qué exige de cada uno de nosotros este momento bisagra en la historia de la parte de la historia que nos toca atravesar. No hemos vivido nada igual, y seguramente no nos tocará un episodio tan trascendental como este en lo que nos resta de vida. Sin embargo, no estamos haciendo casi nada por estar a la altura de las circunstancias. No estamos con la cabeza puesta en la lista de necesidades y prioridades, en las graves vulnerabilidades que socialmente nos afectan.

No estamos haciendo lo que deberíamos, ni los de a pie, ni aquellos a los que por su posición relevante política o social, les cabe una responsabilidad mayor. Nadie, pero nadie, está bregando por impulsar un esfuerzo mancomunado para contribuir activamente en la búsqueda de propuestas colectivas para aliviar y solucionar la crisis garrafal en la que estamos. Nadie, pero nadie, está proponiento una discusión genérica. Nadie, pero nadie, está propiciando avanzar hacia un núcleo de consensos básicos, una base mínima de acuerdos primarios.

Así no tenemos posibilidad alguna de lograr un país socialmente más inclusivo y, por ende, más justo. Ni siquiera en un contexto como este estamos siendo capaces de dejar de lado las divergencias y los egoísmos, ni siquiera en este contexto estamos haciendo un esfuerzo superlativo para poner en el primer punto de la lista a los que siempre quedan al final de las prioridades. Hoy, que no debería haber resquicio para las divergencias, hoy, que vivimos una situación realmente dramática, no estamos ocupándonos de discutir soluciones comunes y globales.

Si en este momento histórico no somos capaces de sentarnos todos juntos en una misma mesa, como la familia social que somos, dejando de lado los egoísmos y las especulaciones partidarias, para decidir hacia dónde queremos ir, cómo vamos a solucionar las brechas y las vulnerabilidades cada vez más pronunciadas, no quedan esperanzas. Si no es ahora, cuando, si no es en este momento, no será nunca.

Hace mucho que somos una sociedad injusta, una sociedad que duele, una sociedad atravesada por la desigualdad y la injusticia, pero ahora es más que nunca, ahora esas disparidades son dramáticas y urgentes. Si ni siquiera esto nos interpela, si ni siquiera esto nos obliga a sentarnos a discutir, con la hoja en blanco, para empezar a trabajar por un destino común, no sólo estaremos fracasando como nación, también lo estaremos haciendo como sociedad y como personas de bien.

No todos los temas pueden ser usados para fogonear la especulación política, no todas las problemáticas pueden ser pensadas en función de la conveniencia o inconveniencia personal o partidaria. Hay cuestiones que nos atraviesan y que a esta altura y en estas circunstancias, deberían dejar de alimentar la grieta eterna de los argentinos. Dicho en criollo, tendríamos que dejarnos de joder, como ciudadanos, como sociedad y como políticos, tendríamos que cortarla porque lo que tenemos que resolver en el aquí y el ahora y de cara al futuro, es de una urgencia social y moral, única y sin precedentes.

Gobierne quien gobierne, gane quien gane y pierda quien pierda, lo que estamos viviendo exige prioridades y de ser capaces de atender y ocuparnos de esas prioridades, depende el país que seremos en las próximas décadas. El presente nos reclama porque el futuro urge, darse cuenta no admite especulaciones ni egoísmos, darse cuenta es, en este momento y en esta situación, la diferencia entre tener o no esperanzas de construir un país mejor.

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