Editoriales | redes sociales

A la gilada, ni cabida

Casi el 50% de la población mundial, unos 3.800 millones de personas, usan redes sociales, el nivel de penetración de esta nueva herramienta es realmente impresionante, tan impactante como el crecimiento de las “legiones de idiotas”, según definió el escritor y filósofo italiano Umberto Eco, a los “necios” a los que les gusta usar su derecho de opinar sobre cualquier cosa, como si fuera un pasatiempo inofensivo que no afecta a nadie.

Las redes sociales sin duda han revolucionado nuestra forma de interactuar, nuestra manera de comunicarnos y también nuestra forma de opinar. La libertad de expresión es fundamental, pero conlleva un grado de responsabilidad que no muchos de los que usan redes están dispuestos a considerar, y eso da como resultado un río de opinólogos sin filtro que creen que pueden decir todo lo que se les venga a la boca, de manera ofensiva, sin temor a las repercusiones y sin la menor conciencia del daño que pueden provocar.

La libertad de expresión es un derecho, pero como todo derecho implica una obligación y admite, como lo señala la Corte Interamericana de Derechos Humanos, ciertas restricciones. En ese sentido, según el artículo 13.2 de la Convención Americana de DDHH, la libertad de expresión debe asegurar el respeto a los derechos o a la reputación de los demás y a la protección de la seguridad nacional, el orden público o la salud o la moral pública. Es decir, las redes son libres, pero eso no da derecho a descalificar ni agredir, o no debería.

Es que los opinólogos, al entrar en el mundo virtual pierden el filtro con facilidad, sobre todo porque habitualmente se creen poseedores de la verdad, así, a secas. No expresan su punto de vista, no persiguen establecer un debate para aportar claridad a un tema, no les preocupa discutir con altura sobre un tópico, no proponen soluciones, no consideran que deban documentarse para desarrollar una argumentación sana y enriquecer el intercambio. No, son los dueños de la verdad, quieren ganar, gritar simbólicamente más fuerte, pegarle en la matadura al prójimo con sus palabras y, por encima de todo, alimentar su ego.

Aunque no llegó a verlas en todo su esplendor, tenía razón Umberto Eco, las redes sociales pueden ser maravillosas, pero también le dan espacio a “legiones de idiotas”, permiten que la opinión de los “necios” tenga la misma relevancia que “la de un premio Nobel”. Él decía que esas legiones antes hablaban “en el bar después de un vaso de vino, sin dañar a la comunidad” y “eran silenciados rápidamente y ahora tienen el mismo derecho a hablar que un premio Nobel”. Por eso consideraba a las redes como un instrumento “peligroso”.

Hoy estamos frente a la advertencia que nos legaba cuando decía que “el drama de internet es que ha promocionado al tonto del pueblo al nivel de portador de la verdad”, ahora” todos los que habitan en el planeta, incluyendo los locos y los idiotas, tienen derecho a la palabra pública”. Lo que lo inquietaba de eso, es que las personas que ya estamos formadas, “si accedemos a una determinada página web podemos saber que está escrita por un loco, pero un chico no sabe si dice la verdad o si es mentira. Es un problema muy grave que aún no está solucionado”. Lo decía hace un tiempo atrás, cuando esto recién asomaba en el horizonte lejano, lo decía sin saber que a varios años de distancia, seguiríamos sin solucionar el problema.

Hay gente tóxica en todos lados, también en las redes sociales. Están los que comparten todo: su intimidad, sus poseciones materiales, sus momentos familiares, sus cuerpos, sus casas, sus lugares de veraneo; y están los que opinan de todo. Dentro de esta última categoría, hay que diferenciar a los que comparten sus juicios de valor casi como un pasatiempo inofensivo, y los que no son capaces de ponerle freno a la virulencia, la agresividad y la intolerancia, los que usan las redes para atacar y provocar, los que incluso se dan el lujo de hablar totalitariamente en defensa de la democracia. Cosas veredes Sancho….

Las redes son parte de nuestras vidas y lejos de desaparecer, cada vez van a estar más presentes, cada vez van a ser más masivas, cada vez van a incorporar instrumentos más sencillos de utilizar, para agilizar la comunicación. Por ende, la manera de ponerle freno a la virulencia de algunos, de ayudar a construir consensos y fortalecer el diálogo, es no enganchar, no likear, no intercambiar, ni siquiera leer. Hay que dejar que las “legiones de idiotas” de cuezan en su propio fuego, solos. A la gilada, ni cabida.

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