MARTES 07 de Febrero de 2023
 
 
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“Mentiras de patas cortas”

Eso decían las y los abuelos, cuando uno comenzaba a poder manejar los tiempos de las acciones que realizaba. Y cuando las cosas se hacían tratando de que parecieran diferentes a la realidad, venía el consabido refrán.

Era todo un aprendizaje que se desarrollaba en muy pocas palabras. Con la verdad, aunque esta constituyera motivo de una reprimenda o sanción hogareña o escolar, se establecía la tranquilidad de conciencia, que ya empezaba a tomar forma real y nos preparaba para el futuro.

Decía Friedrich Nietzsche: ‘‘No me molesta que me hayas MENTIDO, lo que me molesta es que ahora NO puedo CONFIAR en TI”. Una realidad que pareciera los políticos desconocen, o pretender justificar con alguna excusa que no siempre logra el objetivo perseguido.

Nos estamos moviendo en un país, tal vez cabría decir en un mundo, pero nos resulta más acertado acotarlo a lo que medianamente conocemos, donde la utilización de los mecanismos de la dialéctica para mostrarnos un paraíso donde en verdad hay un páramo, se supone una inveterada costumbre que sería importante comencemos a erradicar.

La mentira, según los grandes pensadores y filósofos que analizaron el contenido de lo que se dice tergiversando la realidad con el objetivo que se procura al vertirlo, lo ven: necesario y contraproducente; dos posicionamientos contradictorios, pero útiles según el fin buscado.

En estos casos el interlocutor debe creer que eso que están enunciando como suceso no cuestionable, es una verdad, que se utiliza como medio para alcanzar un fin. En este caso ganarse la confianza de quien lo escucha o lee.

Vemos, no podríamos decir con mucha sorpresa, pero sí con demasiada habitualidad, que se usan mecanismos mentirosos para obtener réditos personales.

“Se ha considerado la mentira como un instrumento necesario para la actividad política y como aquella que tiene lugar entre el gobernante y el gobernado, donde se fija pautas de una actuación a futuro, donde confluyen desconocimiento, oportunismo, estrategias equivocadas, entre otros artificios que sirven para convencer”.

Estas distorsiones de la “única verdad”, que no es otra cosa que una mentira expresada con ‘propiedad’, han sido moneda corriente en los últimos años de la política argentina.

Los controversiales mensajes que a diario surgen de la vocero presidencial, nos provocan asombro, incredulidad. Nos preguntamos: ¿Es conciente de lo que está expresando? Realmente no podemos saberlo, porque son tan fácilmente desarticulables las respuestas que emite en las habituales reuniones con la prensa, que llama poderosamente la atención.

Pero esta ‘mala’ costumbre de buscar el medio más adecuado para lograr el fin buscado, está provocando que la sociedad se sienta con un alto grado de analfabetismo; que debe entender como cierto todo lo que se dice desde el atril de la vocera, que claramente es la voz del Presidente de la Nación, Alberto Fernández.

Esto está ocurriendo en toda la Argentina. Avanzamos en un proceso de campaña política que tiene diversos matices, dado que, en algunos puntos, se agiliza por lo perentorio del tiempo que media para definir en las urnas una interna partidaria y algunos meses más tarde candidaturas centrales.

La ignorancia es admisible cuando no se utiliza arbitrariamente para obtener un beneficio. Nadie puede pretender que alguien -en este caso un político- pueda saber de todo y para todo tenga una respuesta.

Pero cuando se pretende erigirse en el ‘sabelotodo’, en situaciones que denotan una ignorancia supina, la mujer o el hombre político ingresan en un plano de estupidez inexplicable.

Nada indica -aunque muchas veces ha dado resultados- que mintiendo sobre la base de datos no bien analizados, puede conducir a ganar adeptos para su causa. También tiene origen el efecto “boomerang”, porque siempre hay alguien que sabe un poco más y rebela la ausencia de fundamento para haber sostenido los juicios emitidos.

Sin embargo, para muchos el fin no justifica los medios, y por eso es necesario encontrar otras razones que expliquen su empleo. Max Weber, en su libro La política como profesión, hace referencia al Gran Inquisidor de Dostoievski y al problema de justificar “cualquier medio por el fin, lo que disociaría los principios de las responsabilidades éticas”.

Y cuando hablamos de ética, ya ingresamos en otro terreno, que tiene estrecha relación, sobre todo cuando esta referida al individuo que busca poder a cualquier precio.

Pretender una Argentina ideal, sería un absurdo. Nos invade la pobreza, la indigencia, el desempleo, la prebenda político-social como una forma de ganar votantes. Políticas erróneamente aplicadas, que señalan que llegaron al poder gubernamental, sin ninguna planificación, fue todo obra del juego impuesto por las condiciones en que se desenvuelve la sociedad.

Pero nadie nos puede quitar que generemos un pensamiento diferente. Conjugar las necesidades con el poder de que los mejores, los más dotados, llegue a ejercerlo y desde allí provengan las planificaciones que hoy -por lo menos hasta ahora- están ausentes, salvo honrosas excepciones.

Erradicar la mentira como herramienta electoral; poner al descubierto al “inocente pastorcito mentiroso” que pretende desembarcar vendiendo espejitos de colores, debe ser una consigna.

Las y los argentinos nos merecemos otra oportunidad y es evidente que repitiendo esquemas perimidos será imposible lograrlo.

 

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