Hugo Ferrari

Las confesiones de un desteñido

Alguna vez lo comenté. Tengo desde muy pequeño la sensación de ser daltónico.

Pero mi alteración no es de origen genético. No procede de una incapacidad visual ni me paralizo al llegar a un semáforo. Mi daltonismo es más vale literario y me lleva a confundir los colores de personajes de la historia o la historieta y también de las divisas que apasionan a las masas.

Esto me ocurre desde que me contaron el cuento de la Caperucita Verde y el trastorno se me fue agravando a medida que compartí las ocurrencias del Chapulín Azul, la Pantera Gris y la Negra Nieves que convivía con siete enanitos.

Me gusta escuchar tangos en la voz del amarillo Labié y me emociono cuando Julio Sosa se pregunta en Tiempos Viejos por la morocha Mireya. También disfruto a la chilena Celeste Parra, a Violeta Carballo y al cubano Silvio Rodriguez cuando canta "El unicornio anaranjado"

Soy del tiempo en el que escuchábamos por la radio “Yo soy la rubia, la más agraciada, la más renombrada de esta población. Soy la que al paisano muy de madrugada, muy de madrugada brinda un cimarrón”

Por entonces coreábamos “De beige, pintado de beige, paseando entre nubes de tul”, celebrábamos al grupo de música pop que se alzó con el éxito de “Tengo un tractor verde esmeralda” mientras Ramona Galarza hacía capote con “La vestido Bermellón todos la llaman…”. Me dijeron que por su lado la bomba tucumana sigue volviéndonos locos con su pollera color caqui.

En novelas prefiero la inolvidable “Marrón de Lejos” protagonizada por Leonor Benedetto y en materia edilicia me quedo con la casa morada donde estuvieron tantos presidentes pintándonos la vida color de risa.

Esto lo sabe muy bien el moreno Mac Allister porque se lo comenté antes de aquellas elecciones en las que casualmente voté en negro. Ocurre que desde los tiempos del caudillo federal Juan Manuel de Beige me asaltan las dudas partidarias.

Por esta razón tuve también algunos desencuentros al opinar sobre los verdes de la Villa Sportiva o sobre los albirrojos del Barrio Talleres. Incluso celebré desorientado el triunfo de los Pumas ante los All Whites de Nueva Zelanda.

No sé bien lo que me pasa. Tanto el arco iris como el cerro de los siete colores me resultan monocromáticos. A veces me parece que floto en un cielo lila mientras sueño con un mundo poblado de loros amarillos y de canarios negros.

Y fucsia, fucsiado, este cuento se ha terminado...

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