Era, según lo había expresado el presidente republicano Donald Trump, cosa de una “semanita”, y ya van varias.
También dijo -cuando se vencieron los primeros plazos- que Irán estaba acabado, sin conducción y que sus principales líderes habían muerto en los ataques de las fuerzas norteamericanas e israelíes.
Pasan los días y pareciera que el relato debe tomar otro camino, porque los anteriores se fueron frustrando con las realidades de un Irán que puede estar debilitado, que es posible que algunos líderes hallan caído, pero cuyas planificaciones y reemplazos están. La historia vuelve a tener otro contenido.
Donald Trump, que pretendió ser el “Premio Nobel de la Paz” y cuando no se lo dieron no encontró mejor manera que “apretar” a quien fuera la elegida: la dirigente política venezolana María Corina Machado que, mostrando una grandeza de espíritu muy diferente a la del norteamericano, “ofreció regalárselo” y de esa manera engordaba la vanidad personal de quien se siente el más poderoso del mundo.
Y la realidad indica que hoy le toca a Donald Trump, en su segunda oportunidad presidencial, estar la cabeza de uno de los primermundistas, compartiendo el podio con Rusia y China y casi a la par poderosos países que no están decididos a rendir pleitesías, sino a compartir escenarios.
Reino Unido, India y una gran parte de la Unión Europea constituyen parte de ese primer mundo que ha madurado social, económica, financiera y tecnológicamente y pretende que se los respete y considere como tales.
Donald Trump parece decidido a no compartir nada del poder, a erigirse como líder del mundo y desde allí disponer estrategias y dominio sobre tierras raras, glaciares, abordar la ciencia a merced de los avances de la AI y las nuevas tecnologías; en síntesis: recrear un nuevo mundo cuyo eje central lo constituya EEUU es parte de su actual planificación.
Ejerciendo la política del apriete sin negociación factible, poniendo por delante el poder militar de los EEUU y buscando triangular geopolíticas que le permitan dominar y ejercer el poder de decidir sobre estados soberanos, está poniendo al mundo en las puertas de una tercera guerra mundial.
En ese gran escenario que ha sabido montar el empresario republicano que hoy detenta la presidencia de los Estados Unidos se han ubicado los osados que quieren sacarle beneficio a la guerra, los que defienden sus territorios y soberanías entendiendo que no son parte de esta guerra, y los que no se han definido y esperan los acontecimientos futuros para tomar decisiones.
Un marco confuso, incierto, en el que juegan la verdad y la mentira en un mismo plano. Donde se están registrando pérdidas de vidas inocentes que nada tienen que ver con los intereses que se juegan las naciones en pugna, donde se destruye parte de la historia que presumiblemente será imposible de reconstruir; es el panorama que se vive en el presente.
También están los que Trump ha llamado “los cobardes”, representantes internacionales que en forma conjunta y desde sus cuerpos institucionales están procurando hacerle entender al empecinado mandatario estadounidense que deben acercarse los mecanismos para lograr la paz. Es decir, generar una negociación que permita acordar formas de convivencia sin tener que entregarse al más poderoso o al ganador del momento.
El tiempo se acorta, los daños aumentan, las amenazas son constantes y plantean un escenario de más violencia, muerte y destrucción.
El presidente norteamericano no solo está luchando por erigirse como el máximo líder mundial, sino que sus decisiones están repercutiendo en una gran parte de la sociedad estadounidense que no quiere la guerra y advierte que no admitirá muertes de ciudadanos americanos.
A este posicionamiento social, hay que sumarle el contenido político del partido Demócrata, que está advirtiendo que las acciones del republicano pueden llegar a resultar en un boomerang para el propósito de crecimiento que promete Donald Trump que alcanzará el pueblo norteamericano.
El escenario es complejo y en la medida en que el tiempo de guerra se prolongue los resultados pueden resultar en una catástrofe que muchos analistas sostienen va en aumento.
Trump es osado, sin límites para el logro de sus objetivos. Los indecisos sostienen que esta no es su guerra y “revueltos” aparecen los que pretenden un beneficio.
El futuro juega en contra y la paz está cada vez más alejada de un mundo donde se disputa el máximo poder.



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