Hoy enfrentaremos un escenario que ofrece dificultades ante las formas controversiales que va adquiriendo en la medida que el oficialismo está afrontando -con mucho ruido- una interna que pareciera desembocaría en una plataforma de oposición libertaria que se prepara para pelearle el liderazgo local a Javier Milei.
El tema lo iniciaremos conectando la política económica con la estrategia electoral oficialista, que consistirá en intentar un análisis sobre la brecha entre la narrativa macroeconómica del Gobierno y la realidad microeconómica del ciudadano común, y cómo la campaña se ha transformado para administrar esa desconexión.
Existe un escenario específico en el cual se mueve el “tridente del poder” Javier Milei, su hermana Karina y el “monje negro” operador en las sombras y, presumiblemente, el “no funcionario” más temido y a quien respalda el presidente en todos sus actos.
En ese marco se plantea el relato del orden fiscal: la campaña mileísta entre el milagro macro y la paciencia micro. Existen, según responden analistas políticos, economistas y consultores, ejes definidos que racionalmente -y respondiendo a las exigencias del mercado- van ajustando una economía que se ve agrietada y con excesivo daño colateral.
En ese mapa de difícil interpretación para el ciudadano de a pie, se materializa el desacople entre las dos realidades económicas. De acuerdo a los lineamientos que sustenta el gobierno oficialista, la victoria en las variables macro las destacadas como “los hitos” que el Gobierno utiliza como banderas de gestión y de campaña, tales como el superávit fiscal estricto, la baja sostenida de la inflación comparada con los picos heredados, la reducción del riesgo país y la flexibilización de los controles cambiarios.
Pero a nadie escapa que más de la mitad de la sociedad está severamente comprometida por la falta de recursos, el profundo endeudamiento que ha venido sufriendo en este último año y que se puede resumir un “golpe en la microeconomía”. Lo cual significa contraponer esto con el impacto real en los bolsillos urbanos: la pérdida del poder adquisitivo de los salarios reales (“la licuadora”), la fuerte subida de tarifas de servicios públicos y transporte por la quita de subsidios, y una percepción social de que los números del ordenamiento fiscal no se traducen de inmediato en bienestar diario.
Del “dolor inicial” a la “promesa del milagro”, cumpliéndose lo del dolor inicial pero nunca llegar a concretar las promesas que hacían presuponer el país buscaba el gran cambio.
Al analizar cómo la estrategia discursiva del oficialismo mutó, vemos que al comienzo de la gestión se administraron expectativas bajo la premisa de un ajuste inevitable (“no hay plata”). En la actualidad, el discurso en modo campaña se apoya en promesas de largo alcance, proyectando que “la mejor parte de la historia argentina” está “por venir” si se convalida el rumbo político en las urnas.
Para lograr ese objetivo apareció el relato de reemplazo de la realidad, que era palpable en la calle y que el gobierno ignoraba e ignora aún. La necesidad de una validación política: Explicar que la viabilidad del programa económico libertario a largo plazo (el cual incluye reformas estructurales profundas y desregulaciones) depende críticamente de obtener mayorías o consolidar fuerza en el poder legislativo, convirtiendo a la campaña electoral en un plebiscito directo sobre la tolerancia social al ajuste.
En principio la ciudadanía creyó y aumentaron los socios colaboradores que procuraban hacerle más accesible el camino. En ese marco incluyeron, con un hábil e inteligente trabajo del Jefe de Gabinete, 12 o 14 gobernadores que fueron directamente al “toma y daca”. Quedando demostrado que la “casta” no desapareció y los negociados tampoco.
Hubo alertas de distintos sectores sociales, incluidos gremios, que sostenían que en el ejercicio de esa constante “película” de ajuste y achique se “reveía” el riesgo político de la “paciencia social”.
El frente macro (lo que muestra la campaña): hace mención a la consolidación del superávit fiscal primario y financiero como el ancla innegociable del Gobierno, la desaceleración de la inflación núcleo, la baja del riesgo país y las intervenciones del Banco Central para mantener la estabilidad cambiaria. El mensaje oficial es claro: “Hicimos el ajuste más grande de la historia sin hiperinflación”.
Enfrente -esta columna lo ha venido sosteniendo- está la realidad de la calle (la micro), que sumó al impacto del sinceramiento de la economía las fuertes subas de tarifas de servicios (luz, gas, agua) y transporte por la quita de subsidios, la contracción del consumo masivo y el índice de pobreza. La narrativa de la oposición se agarra de esto, instalando que el costo lo pagó la clase media y baja, y no la “casta”.
Pero hay una realidad innegable, y cada vez más contundente, tradicionalmente en Argentina se vota con el bolsillo (si el poder adquisitivo sube, el oficialismo gana; si baja, pierde). En ese marco racional, el mileísmo está intentando fundar un nuevo paradigma electoral: el voto por la estabilidad y la expectativa. La campaña no te promete que vas a estar saltando de alegría mañana, te promete que por fin hay un camino serio que rompe con el ciclo de crisis recurrentes. El desafío es saber cuánto dura esa tregua social. Creerles o no, ya corre por cuenta del lector.
“La macroeconomía sonríe en las planillas de Excel del Ministerio de Economía, pero la microeconomía todavía camina con el ceño fruncido en las góndolas de los supermercados”.El orden fiscal es una condición necesaria, pero “no” suficiente para ganar elecciones de medio término. El veredicto de las urnas determinará si la sociedad argentina adoptó un cambio cultural definitivo -aceptando el dolor del ordenamiento a cambio de estabilidad futura- o si el bolsillo sigue teniendo la última palabra en el cuarto oscuro.



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