Se está en las postrimerías del año 2025 y, salvo excepciones, que las hay, la generalidad está con una profunda depresión personal, que podría extenderse al grupo familiar, dadas las contingencias de haber transcurrido un período donde todo ha sido una constante lucha por lograr mantenerse.
La palabra ánimo viene del latín ánimus, que a su vez deriva del griego ánemos (“soplo”, “aliento”), conectando la idea de espíritu o alma con el concepto de vida y movimiento, evolucionando para significar la energía, voluntad, o disposición mental para la actividad humana y eso está en baja y se cotiza poco en Argentina.
Se había dicho que lograr una transformación social resultaría un trabajo intenso, donde los problemas abundarían y se agravarían, en razón de tener que implementarse una serie de medidas tendientes a obtener el “gran cambio” que se prometía con el advenimiento de una tendencia ideológica política profundamente liberal, donde el gran paradigma está dado en que cada uno debe resolverse sus propios problemas, a partir que el Estado, que había sido una estructura protectora, comenzaba a desaparecer y le otorgaba las llaves del poder al “gran mercado”.
Sabido es que quienes están por encima de la clase media -estado social que ha desaparecido en nuestro país- utiliza los mecanismos que le permiten mantenerse en ese nivel donde es más fácil resolver los problemas económicos cotidianos y puede programar el futuro de sus hijos.
Se constituyen en el establishment, es decir, como lo describe la sociología y ciencias políticas “el término describe al grupo social dominante, la élite que controla un sistema político, una organización o una institución”. Esto es lo que se construye en Argentina hoy.
El cambio se materializa sin tener en cuenta que existen daños colaterales, propios de acciones que procuran subsanar problemas estructurales que requieren una profunda transformación de las clases sociales.
“Estas son divisiones jerárquicas de una sociedad basadas en el acceso a recursos (riqueza, ingresos), educación, ocupación y poder, creando grupos con estilos de vida y oportunidades similares, típicamente divididos en alta, media y baja, aunque con subdivisiones más complejas y variaciones según el país, influenciadas por factores económicos y culturales”.
Para el caso que nos ocupa, rescatamos las definiciones que sobre el tema hacen los “Sociólogos como Marx y Weber, que las estudiaron para entender la desigualdad, la lucha de clases y la movilidad social, que es la capacidad de un individuo para moverse entre estas capas”.
Estas son variables que hoy se visualizan notoriamente en Argentina, país que supo ser un ejemplo en esta parte del cono sur, mostrando como fortaleza la existencia de un nivel medio de habitantes que se podía considerar sólido y con aspiraciones concretas de poder seguir ascendiendo en las categorizaciones, dada su potencialidad y el plano de formación y desarrollo en el cual se movía.
Hoy ese planteo cambió rotundamente. Las políticas que ha venido ejerciendo el poder en el territorio nacional, comenzaron a implementar un sistema basado en el manejo de la sociedad, o parte de ella, que necesariamente estaba asistida por el aparato estatal para poder sobrevivir.
Se comenzó con los asentamientos urgidos por la necesidad de tener un lugar donde vivir, aparecieron las villas y el aumento considerable del desempleo, la pobreza y la indigencia dio paso a la desigualdad y, con ello, a la exclusión social.
Se conformó un segmento de familias que comenzaron a ser los ignoradas, constituyendo el grave problema de derechos humanos desconocidos, considerando esa parte del tejido social irrecuperable y en ello se fueron no menos de tres generaciones que hoy deambulan para conseguir una changa que les permita comer mal, pero todos los días.
La sociedad, o una gran parte de ella, se acostumbró a ese paisaje de las grandes urbes, donde abundan los vendedores callejeros, los trapitos, los que mendigan, los que son parte de un escenario paralelo que muestra la grave decadencia del país.
Todo este aspecto que señalamos, y que es fácilmente advertible como crece, es uno de los factores que genera el “desánimo”. Ese “estado de falta de energía, motivación e interés, asociado a la tristeza y la frustración, donde las actividades cotidianas pierden su atractivo y todo parece requerir un gran esfuerzo, a menudo derivado de estrés, pérdidas, o comparaciones, y puede ser un síntoma de condiciones más profundas como la depresión si se vuelve persistente y limitante”.
Esta realidad de hoy es innegable en una Argentina que esta más preocupada por el poder político que por la solución de los problemas sociales y económicos que nos aquejan.



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