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¿Por qué?

Qué puede tener de malo hablar, dialogar, tratar de entenderse, de analizar opciones, discutir posibilidades, tratar de consensuar.

Fue hace apenas 6 meses, aunque a esta altura parezca que pasó un siglo, que dirigentes de la oposición, intelectuales y empresarios le pidieron al Gobierno de Alberto Fernández que promueva una “mesa de diálogo nacional” para enfrentar la crisis. ¿Se acuerda? Fue hace apenas 6 meses que nos ilusionamos con que podíamos iniciar un sendero de diálogo y consenso, pero no, otra vez no.

Ni siquiera sabemos a ciencia cierta por qué no, por qué la política sigue inyectando descreimiento, insatisfacción, incertidumbre, desconfianza, por qué no se pueden juntar, democráticamente, para atender las necesidades urgentisisisísimas de los argentinos. Por qué no, por qué no pueden trazar una hoja de ruta, un plan conjunto, un camino. Por qué no en medio de semejante crisis con semejantes consecuencias sanitarias, sociales y económicas, en medio de semejante contexto mundial. Por qué, por qué, por qué.

Qué puede tener de malo hablar, dialogar, tratar de entenderse, de analizar opciones, discutir posibilidades, tratar de consensuar. ¿Alguien puede creer a esta altura que un discurso político, por bueno que sea, puede reemplazar un proyecto de país, alguien puede siquiera considerar que un discurso desnudo de acciones puede llevarnos a buen puerto? Necesitamos convivencia política, acuerdos, volver a creer, a confiar. Necesitamos un plan a corto, mediano y largo plazo, un rumbo, un mapa de urgencias y necesidades con la mirada puesta en los más vulnerables, poniendo primero lo acuciante e impostergable.

Argentina no da más, los argentinos no damos más y no estamos yendo a ninguna parte. Los consensos son imprescindibles en cualquier país democrático, en nuestra situación mucho más, la mitad de nuestra gente está pobre y desocupada, si no es ahora, si no es ya que se ponen a dialogar, que se arremangan y deponen las mezquindades para avanzar en la búsqueda de consensos básicos, ¡cuándo!

Hace 6 meses que le pidieron al Presidente que convocara a una “mesa de diálogo nacional”, por qué no lo hizo, qué podía tener de malo avanzar en la elaboración de un plan de coincidencias mínimas de gobernanza entre partidos políticos, sectores productivos y del trabajo, representantes de la economía informal, organizaciones sociales y religiosas, qué podía tener de malo. “Una situación de extraordinaria gravedad requiere esfuerzos también extraordinarios”, decía con total razón la carta que le enviaron.

Tiene que haber una explicación de por qué no, de por qué semejante resistencia al diálogo democrático de todos los actores políticos y sociales, de por qué hay un tironeo constante entre oficialismo y oposición y entre oficialismo y oficialismo, por qué en el momento en el que los necesitamos más unidos que nunca parece que hablaran idiomas diferentes, que siempre estuvieran en tensión, cada uno haciendo la suya que, paradójicamente, nunca es la nuestra.

Somos una especie de metáfora de la Torre de Babel, cada uno habla su propia lengua. O si prefieren, un gran Don Pirulero en el que cada cuál atiende su juego. La política argentina, en medio de una crisis sin precedentes, parece totalmente desacoplada de la sociedad. No todos los políticos, pero sí la suficiente cantidad como para que se establezca un rumbo que marca el camino por el que avanza el sistema, por lo que, los que intentan algo, quieran o no, finalmente terminan acoplados al entorno, siendo parte de la argamasa del problema.

Fue hace 6 meses, que hoy parecen una eternidad, que legisladores, ex funcionarios, empresarios, intelectuales, representantes sociales y empresariales, solicitaron la apertura urgente de una mesa de diálogo nacional para enfrentar “las secuelas de una crisis económica y social que aún resulta difícil dimensionar”. No hay tiempo que perder, decían los firmantes en la misiva, y agregaban “nadie puede permanecer indiferente, porque en el presente inmediato se juega también nuestro futuro”. Y nos lo estamos jugando nomás.

¿Por qué no? ¿Por qué no, en medio de semejante crisis, con semejantes consecuencias sanitarias, sociales y económicas, en medio de semejante contexto mundial? ¿Por qué no, si no es ahora, cuándo, por qué, por qué? “No hay tiempo que perder”, decía la carta y ya pasaron 6 meses. Se están jugando “nuestro futuro”, sin que siquiera sientan que nos deben un por qué.

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