MARTES 23 de Abril de 2024
 
 
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Una Argentina complicada

Se podía prever que las alteraciones sociales, gremiales, de sectores del empresariado, productivas, científicas, del arte y la cultura, derivarían en una situación, realmente, muy compleja, donde los caminos de acercamiento y entendimiento cada vez están más lejos.

Presumiblemente, la intransigencia del presidente Javier Milei y según cercanos colaboradores, la notable influencia de su hermana Karina Milei, conocida por “El Jefe” y del alumno del ecuatoriano Durán Barba, el asesor Santiago Caputo, serían escollos insalvables en los intentos de morigerar las tensiones.

Son notables las transformaciones que se perciben en el presidente libertario. Sus posicionamientos donde prima la intransigencia y el “Yo lo quiero así”, es el gesto que se percibe y no ayuda a los intentos que funcionarios de su staff, fundamentalmente el ministro del Interior, Guillermo Francos, procuran para acercar posiciones de legisladores y gobernadores.

Los ninguneos, la constante denostación de aquellos que no piensan como él y que no siguen sus directivas, aspectos que los convierten en los “enemigos”, son los parámetros que rigen las actitudes del libertario y esto que para muchos “aduladores” es una férrea posición que lo distingue, resulta totalmente contraproducente, dado que es la antinomia del “arte de la política”.

Javier Milei llegó al poder con un 28 ó 30 por ciento de un electorado que podría considerarse propio, que convalidaba sus ideas y sus propuestas, fundamentalmente, de un target joven en plena rebeldía y algunos segmentos disconformes con lo que había gobernando.

Para ganar tuvo que adicionar en un “acuerdo incondicional”, que sonó raro, con un desprendimiento del PRO y algunos de Juntos por el Cambio, que vieron que esa coalición estaba en vías de extinción, y fue un 26,27 por ciento que se sumó y lo habilitó para llegar a la presidencia del país.

La realidad indica que Javier Milei, se mostraba con un poder arrasador pero ni él estaba convencido de que llegaba y, mucho menos, quienes lo rodeaban. Sin estructuras en el país, sin legisladores en cada provincia y alejados de los posibles candidatos a gobernadores, llegó al “Sillón de Rivadavia” y desde allí comenzó a pretender manejar el país, sin nada, sólo ofertando un cambio, un ajuste y mucho padecimiento de la sociedad.

Eligió un medio periodístico como su vocero y algunos periodistas que se mostraban convencidos de que era el remedio que le hacía falta a la Argentina para remontar índices, que aumentaban exponencialmente, de pobreza, indigencia, desempleo y una acuciante inflación que se mostraba imparable.

No había “cadenas televisivas” todos los días, pero sobreabundaban las entrevistas con el presidente, en las que éste -con un libreto estudiado- avanzaba sobre todo aquello que estaba en contra de su estructura mental.

Hubo cosas divertidas, otras no tanto. Echó a funcionarios por televisión antes de, como indica el procedimiento de las buenas costumbres y educación, hacérselo saber al indicado y ratificando su objetivo: “De este lado, los que siguen lo que yo digo; enfrente, los enemigos”. Destruir a la “casta” fue el caballito de batalla y apuntar a la reforma laboral, limitar la conducción gremial eterna, eliminar la intermediación de los planes sociales, estuvieron siempre presentes.

Además, la ratificación del ajuste y el nivel cero del costo fiscal, entre otras acciones que se materializaron en el DNU y la Ley Base. Algunos indicadores bajaron y fueron celebrados como victorias, pero nadie explicó que fue a costa de la disminución notoria del poder adquisitivo, del retroceso de los ingresos de jubilados, el recorte casi total de la obra pública y de transferencias a las provincias.

El cielo con nubarrones presagiaba tormentas, algunas muy fuertes, que inclusive, dañarían su pequeña cohesión interna y esto se materializó con los enfrentamientos con su vicepresidenta Victoria Villarruel.

Un país que por ahora no ofrece perspectivas de futuro, que podría llegar a tenerlo, no lo dudamos. La Argentina y su ciudadanía siempre pudo. Se resignaron a lo largo de la historia de los últimos 40 años de Democracia muchas debacles, pero pudieron superarse.

En estas circunstancias, el camino recién se inicia y -como nunca ocurrió- las bombas están detonando, poniendo en riesgo la institucionalización del territorio nacional.

No existen dudas de que Javier Mieli se está equivocando. El país es de 47 millones de habitantes y todos tienen derechos y obligaciones. El yugo, la prepotencia, la imposición, nunca dieron resultados permanentes. En algún momento ese pueblo que aparecía sumiso y obediente dice basta.

Es de esperar que Javier Milei y su círculo rojo se den cuenta a tiempo.

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