Difícil de entender para aquellos que no formados en economía -macro y micro- intentan comprender cómo puede una Nación estar en pleno proceso de recuperación, mientras que los indicadores de sus habitantes señalan que están en la difícil tarea de limitar sus gastos.
El presidente libertario Javier Milei no se cansa de reiterar que estamos creciendo y que todo marcha “viento en popa”. Da explicaciones del desarrollo de las economías macro y micro, cuando la realidad nos indica que cae el consumo y que aumentan los hogares que no llegan a fin de mes.
El escenario muestra categóricas diferencias y nadie ha podido encontrar explicaciones adecuadas a la comprensión de sectores de la sociedad que no saben mucho de economía, que desconocen las virtudes del libre mercado y cómo incide en sus vidas laborales; pero pueden dar cátedra de los recortes que han tenido que practicar a sus recursos mensuales para que sus hijos puedan continuar estudiando y la comida les alcance para cumplir el ciclo diario.
Es factible que los argumentos que esgrimen tanto Milei, como Caputo y Sturzenegger, estén sustentados en la realidad del programa y las nuevas formas de gobierno que pretenden, pero la vida de los argentinos, o de parte de ellos, va por otro andarivel.
No se ajusta a la vida de un amplio sector de la ciudadanía, donde aumentan considerablemente los desempleados y pasaron de ser laburantes -que podían acceder a la canasta básica alimentaria y mantener a sus hijos en niveles de estudios secundarios y universitarios, asegurándoles un futuro-, al segmento de los pobres e indigentes sin posibilidades reales de superar ese estado.
La pobreza tiene muchas dimensiones, pero entre sus causas se encuentran el desempleo, la exclusión social y la alta vulnerabilidad de ciertas poblaciones ante desastres, enfermedades y otros fenómenos que les impiden ser productivas.
Esa realidad nos golpea y se muestra contradictoria con las exposiciones presidencialistas que sostienen que “estamos mejor”, agregando que “Argentina está saliendo y recuperando el crecimiento y desarrollo”.
Esas expresiones no las vemos en coincidencia con el continuo cierre de empresas; los reacomodamientos de emprendimientos que para darle continuidad a sus tareas deben reformular los procedimientos comerciales, por caso los supermercados, que están achicando las plantas de trabajadores para paliar la baja del consumo.
Estos fenómenos de un sistema que se tambalea y está tremendamente debilitado en lo productivo, son parte de una estructura gubernamental que basa sus políticas en ejecutar un cambio radical, donde el Estado está prácticamente desapareciendo de la asistencia ciudadana. Se cuenta con la recuperación del sector privado para equilibrar aquello que está desechando el gobierno en áreas gubernamentales y ámbitos descentralizados que responden a las necesidades de la ciencia, la investigación, la formación universitaria y técnica.
En razón de estos factores surge el interrogante que da lugar a los controvertidos mensajes oficiales y la realidad que se viven distintos ámbitos del país.
Estamos en la etapa privatizadora, basada en la argumentación que el Estado no debe ni puede seguir asistiendo a sistemas que deben funcionar basados en los recursos que generan. El fin del paternalismo estatal en un país emergente es señal de mayor quebranto.
La industrialización ha caído y se notan recuperaciones en los sectores que giran alrededor del petróleo, la minería, el agro y la energía.
También el gobierno ha puesto la mirada en la liberación de los mecanismos de adquisición de tierras por empresarios extranjeros, cuyos avances habían sido limitados cuando se podía afectar el patrimonio nacional. Si esa ley que opera en el Congreso llega a tener los votos necesarios para su aprobación, se podrían producir avances de inversiones en lugares -hoy turísticos- que pasarían a ser patrimonio de inversores extranjeros.
Hay muchos temas para analizar y procurar comprender porqué el presidente Javier Milei está obsesionado con lograr se puedan instrumentar, sin escuchar las voces de especialistas en la materia que pronostican un desastre nacional que padecerán los argentinos si estos proyectos del oficialismo se producen.
No existe unanimidad en aquello que señala el presidente libertario: “Este es el mejor gobierno de la historia”. Hay muchas discrepancias que le señalan que para obtener esos “beneficios para la nueva Argentina”, van a quedar no menos de tres generaciones fuera del circuito social y seguirán siendo los pobres y sumergidos sin esperanza alguna.
La baja del consumo es ostensible y cada vez se refleja más en la ya inexistente clase media, en los sectores del ámbito privado y ni qué hablar de aquellos que hoy sobreviven merced a los “comedores‘barriales”.
No vemos que Argentina crezca ni que ofrezca futuro. Tal vez en la conformación del ingreso en el mundo de los mercados internacionales pueden existir otras perspectivas que están basadas en la facilitación de poder ingresar recursos y llevarse las ganancias sin barreras que se lo impidan.
La macro intenta sobreponerse a los cimbronazos y vaivenes de los mercados de papeles, bonos y divisas; mientras que “micro” -que debería funcionar en el derrame que se produce de esos negocios a gran escala- no se ha obtenido.
Es difícil creer que los males que sufre Argentina se van superando. La realidad no coincide con el pensamiento oficialista.



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