El mundo de la política está signado, mundialmente, por una dura lucha establecida por los más poderosos del primer mundo que están detrás de lograr el “nuevo orden mundial”.
Los países consolidados en su desarrollo y crecimiento -como los integrantes de
La lucha emprendida por EEUU de la mano de la operatividad de Donald Trump y su equipo, el gigante asiático -ya con ramificaciones comerciales, industriales, tecnológicas y asentamientos geo estratégicos-, sumado al expansionismo territorial de Rusia, van delineando un “nuevo mundo” en el que es notorio el cambio de las sociedades que se han cansado de las políticas tradicionales y requieren variables que les permitan un futuro que hoy lo tienen acotado.
El panorama geopolítico global atraviesa una transformación estructural hacia un nuevo orden mundial multipolar, caracterizado por la fragmentación de la globalización y la competencia estratégica entre grandes potencias (especialmente Estados Unidos, Rusia y China).
En este escenario -en constante rediseño-, los países emergentes ya no son meros espectadores, sino actores clave que redefinen sus alianzas para sobrevivir y prosperar.
En este enorme ámbito se dan las reformulaciones y se levantan los pilares de una nueva conformación mundial, donde lo controversial y los intereses basados en las potencialidades de quienes están abocados a constituir liderazgos absolutos están elaborando un diagramado plan para distribuir un nuevo orden.
El orden establecido tras
Existe, y es notoria la bifurcación tecnológica y comercial: esto genera la rivalidad que ha tomado proyecciones muy diferentes, siendo la más incisiva y -por ahora efectiva-, la estadounidense que ha forzado dinámicas de nearshoring (traslado de producción a países cercanos) y friendshoring (comercio exclusivo con aliados confiables). Es decir, que ha materializado el posicionamiento geopolítico-estratégico sobre regiones emergentes que le brindan acceso a sus recursos naturales no explotados.
Las bases estadounidenses asentadas en un pronunciamiento formal del presidente Donald Trump que aseguró que llevará al pueblo norteamericano a constituirse en los más poderosos del mundo.
El acceso a semiconductores, inteligencia artificial y tecnologías de transición energética dicta las nuevas fronteras de poder. En ese ámbito se mueven, fundamentalmente, EEUU y China.
No es fácil asegurar qué metodología utilizará Rusia, que se ha visto cercada por una fragmentación financiera generada en las sanciones económicas impuestas por los diferentes organismos internacionales por mostrar una actitud reacia a ceder en la guerra iniciada contra Ucrania y zonas aledañas. Estas disposiciones que limitaron su expansión aceleraron la búsqueda de alternativas al sistema basado en el dólar (SWIFT).
En este ámbito controversial, dos los poderosos del primer mundo observan atentamente cómo pueden lograr un posicionamiento geo estratégico apelando a mostrar los efectos de una avanzada tecnológica que los mercados emergentes han comenzado a manejar para evitar ser abordados sin beneficio alguno.
El éxito -o vulnerabilidad- en este nuevo orden tiene ciertos condicionamientos que dependen de la capacidad para gestionar una posición de “alineamiento pragmático” o autonomía estratégica. Este es el caso de Argentina, que sirvió de base al proyecto de Donald Trump y hoy los EEUU han logrado tener injerencia directa en la casi totalidad del territorio sudamericano.
Se está produciendo un cambio transformador en la casi totalidad de los países emergentes, hoy puntos neurálgicos que los poderosos observan como lugar para futuros asentamientos. Para evitar quedar atrapados en el fuego cruzado de la guerra fría tecnológica entre Washington y Pekín, las potencias emergentes más exitosas -tal es el caso de India, Brasil y en parte, Indonesia- están aplicando un sistema diplomático pendular que consiste en una estrategia de política exterior en la que un país mantiene una posición intermedia y oscila de manera calculada entre dos o más potencias rivales o bloques geopolíticos, sin aliarse permanentemente con ninguno. Esta estrategia consiste en el “comercio multisectorial: vender alimentos y materias primas a China, mantener acuerdos de seguridad u horizontes de inversión con Occidente y cooperar tecnológicamente con ambos”.
“Arbitraje geopolítico: utilizar su peso demográfico y de recursos para negociar mejores condiciones de transferencia tecnológica y créditos de desarrollo, en lugar de aceptar recetas políticas cerradas”.
Hoy definen el “nuevo orden mundial” como el debilitamiento de las reglas universales tradicionales. Abre una ventana histórica para que el mundo emergente ejerza un poder de negociación inédito. Aquellas naciones con estabilidad institucional, infraestructura logística y claridad estratégica lograrán industrializarse.
Por el contrario, los países que sufran de polarización interna o miopía geopolítica corren el riesgo de quedar relegados a ser simples campos de batalla de intereses ajenos.
El gran interrogante es: ¿Dónde está Argentina hoy?



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