Se acerca una fecha tristemente recordatoria para los argentinos, al cumplirse cincuenta años de la irrupción en la vida ciudadana de las fuerzas militares que se transformaron en una dictadura feroz que dejó el tremendo saldo, según los informes, de más de 30 mil desaparecidos.
Mientras hacíamos un racconto de los momentos que se vivieron, se materializaba el consejo de un personaje de la política que rara vez se enojaba ni mostraba gestos de furia, naturalmente eso generaba la pregunta cómo se “contenía” y replicaba, hoy vemos con enorme sabiduría: “Nunca hay que odiar, carcome mental y anímicamente, solo hay que tener: memoria”.
Esta frase sonó como una sentencia y la incorporamos como parte de una forma de vida, a la que se debe realimentar constantemente con aquello que resulta beneficioso para el ser humano y condice con una mejor forma de convivir con el otro.
Naturalmente que las acciones que se vivieron bajo el mando de las fuerzas militares y de quienes los acompañaron en lo que decían era contribuir a mejorar la Argentina, estuvo puntualmente dirigida a las nuevas generaciones de la época.
Su natural rebeldía y el pretender aperturas sociales, políticas y económicas que procuraban sacar del ostracismo y la decadencia a un país que no ofrecía más que fracasos, ignorando que mientras el mundo buscaba futuro, el “granero del mundo” se hundía, producto de erróneas actitudes consustanciadas con la ambición, egos desmesurados, y un poder que a lo largo de los años se vió era ficticio; generó la reacción humana que nos llevó a una etapa de la Argentina que aún se está llorando.
Y eran las Fuerzas Armadas, que nos habían enseñado en nuestros primeros años de aprendizaje escolar, las que construyeron y defendieron la soberanía del país y la de todos sus ciudadanos, que llevados por un exacerbado egocentrismo se transformó y ejercieron un poder dictatorial que marcaba un rumbo -su rumbo- que pretendieron fuera para toda la sociedad argentina.
Los “rebeldes”, jóvenes que pretendían tener futuro, comenzaron a ser tildados de subversivos política y socialmente. Los llevaron a pasar a la clandestinidad y desde allí se comenzó una guerra sin control, despiadada, aprovechada por muchos para lograr sus propios objetivos, mientras que una gran mayoría lo hacia por la futura Patria.
Tener memoria es útil en estas circunstancias para, como dice el refrán popular, “separar la paja del trigo”.
Pasaron muchas décadas, tras un juicio trascendental que supo analizar y dejar al descubierto que detrás de las buenas intenciones se ocultaban los egoísmos del poder absoluto que desencadenaron muertes, desapariciones y el ocultamiento de quienes naciendo en ignotas prisiones fueron entregados y aún hoy se los busca.
Este 24 de marzo, fecha de recogimiento y recordación bajo el lema que selló un juicio que forma parte de la historia Argentina, el fiscal Julio César Strassera pronunció la histórica frase “Nunca más”.
El 18 de septiembre de 1985, como cierre de su alegato final en el Juicio a las Juntas militares (1976-1983), esta frase selló su acusación contra los comandantes por delitos de lesa humanidad, convirtiéndose en un símbolo de memoria, verdad y justicia en Argentina.
Este 24 de marzo se conmemora, en Argentina, el Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, que recuerda el golpe de Estado de 1976. Esta fecha busca reflexionar sobre la última dictadura cívico-militar (1976-1983), recordar a las víctimas del terrorismo de Estado y reafirmar el compromiso democrático del “Nunca Más”.
Acontece este recordatorio en un momento de tránsito difícil para la vida de los argentinos en general. Un tejido social deteriorado que se desenvuelve en el marco de una profunda decadencia económica y social que está costando un alto precio intentar recuperar y que ofrezca posibilidades concretas de futuro.
No son etapas comparables, ni es el objetivo hacerlo, pero hacer valer la memoria para episodios sucedidos hace cincuenta años nos coloca en situación de evaluar que existen notorias coincidencias en una problemática interna que está enfrentando viejas, medias y nuevas formaciones, cada una con sus errores y aciertos.
La idea es no repetir equivocaciones y alejar los mitos de los “salvadores”, iluminados que aparecen sustentados en las “Fuerzas del Cielo”, enviados especialmente para salvar al país que venía transitando momentos de enorme dificultades económicas y, fundamentalmente, cerrando las posibilidades reales a las nuevas generaciones que se veían postergadas por políticas prebendarias, hitos notorios de corruptela generalizada, que realimentaron la proyección y necesidad de generar un cambio.
También en esta situación, existen similitudes con episodios vividos. Los más jóvenes se sienten relegados, observan que pululan las calles durmiendo donde los agarra la noche; se pueblan basurales de niños buscando comida, se pierde escolaridad, sumados a otros factores se siente que ya perdieron futuro tres generaciones que hoy están a la buena de Dios.
No perder de vista la recordación de el 24 de marzo de 1976, cuando las Fuerzas Armadas derrocaron al gobierno constitucional de Isabel Perón, con la complicidad de sectores civiles, empresarios y eclesiásticos. No sirvió y costó muchos años comenzar a recuperar la paz interior.
El “Nunca Más” debe constituir una frase emblemática que sintetiza la lucha por la defensa de los derechos humanos y la democracia, consolidada desde el retorno a la democracia en 1983.
Dejemos el odio y el amigo-enemigo para hacer uso de la memoria. Eso evitará males mayores.
Eso sería el verdadero cambio



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