Los últimos acontecimientos que -en alguna medida- han alterado el normal desenvolvimiento de la ciudadanía, son indicadores de que nada está bien y que, pese a los aplausos del gobierno porque logra sacar dictámenes legislativos y el presidente figura en escenarios internacionales junto a Trump, todo tiende a normalizarse.
Muy por el contrario, la realidad nos indica que, de alguna manera, están probando las debilidades del gobierno libertario con posibles finalidades de lograr un corte abrupto institucional ante la insistencia de transitar ajustando, privatizando, cerrando, no pudiendo contener la ola de tradicionales empresas que no logran continuar y el índice de desempleados que se abulta exponencialmente.
Tal vez no resulten más que señales de situaciones personales y/o institucionales, obra de unos pocos o solo de algunos, que pretenden desestabilizar el país.
Pero si alguien dice: “escuchen el viento” nos animamos a decir “tengan memoria”, con el objetivo de señalar, en especial los que ya llevamos varios años sobre nuestra espaldas, que así comenzaron a generarse hitos desestabilizadores en
Probaban con diferentes metodologías las reacciones y los márgenes que existían para crear un clima de inestabilidad social.
La bomba que estalló en
Hace varias décadas se robaban bancos en actitudes que, en un principio parecían provenir de organizaciones comunes, hasta que se pudo establecer que la finalidad era probar reacciones y juntar fondos.
Hubo también colocación de artefactos explosivos, algunos hicieron daño y costaron vidas, otros solo provocaron alertas preventivas. Todo formaba parte de una -hoy lo podemos expresar- acción que procuraba ver las reacciones defensivas y hasta dónde podían llegar.
Este análisis lo han realizado numerosos estudiosos que, a lo largo de estos últimos años, fueron uniendo las acciones para desentrañar los efectos de movilizaciones jóvenes conocidas como Montoneros, ERP, entre otras denominaciones.
El final es conocido por todos los argentinos y conforma parte de la historia “negra y triste” de un país que no supo canalizar el descontento y el grito rebelde de las nuevas generaciones y tuvo que salir militarmente a reprimirlas cuando ya la guerra interna estaba desatada.
Tener el poder y sentir como aplicarlo generó otro estigma que hoy llevamos como el resultado de los manejos inadecuados, la enajenación del poder, los egos y la soberbia. Pasó, lo vivimos, muchos lloran a sus muertos y desaparecidos, otros todavía están buscando sus raíces. Todos factores que nos señalan que el país aun no se ha repuesto de un quebranto institucional que duró varias décadas.
No darle importancia y/o comenzar a buscar en sectores opositores responsabilidad resulta un proceso inocente de una acción que no tiene nada de sencilla o que puede ser tomada como la reacción de uno o varios “loquitos”.
Lo sucedido, en el marco de un descontento social de un importante segmento de la sociedad, debe alertar y poner en funcionamiento todos los organismos que operan en el país para evitar que haya sido el fósforo que prendió la mecha.
Estos factores de disconformidad que se trasunta en diversos sectores de la ciudadanía no son casuales sino causales y constituyen una agresividad enfermiza ante la imposibilidad de concretar objetivos.
Las escenas vividas en el ámbito legislativo producían una profunda lástima y vergüenza ajena. Legisladoras que se insultaban o accionaban como “barras bravas”, solo porque se sienten empoderadas por haber sido elegidas por la gente, a la que no representan adecuadamente, dejando un sabor amargo porque es una “escuela de violencia” verbal -en estas circunstancias- pero que abre paso a manifestarse corporalmente.
La semilla de la agresividad, el insulto verbal y la denostación, como herramienta para acometer a quien no piensa ni obra como uno quiere, tuvo su mentor en la figura presidencial de Javier Milei. Sí es cierto que sembró vientos, luego se guareció de la lluvia y morigeró sus gestos, pero se están produciendo reacciones tempestuosas que contagian a la sociedad en su conjunto.
Son luces de alerta que no deben obviarse. Nada es casual, todo tiene un significado y alguna finalidad. En un clima de alta belicosidad social, donde la calle es un campo de batalla, nada debe descartarse.
Estar atentos: es por el bien de todos, para restablecer la sana convivencia, se piense como se piense.



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