VIERNES 10 de Abril de 2026
 
 
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Rutas intransitables y calles salvajes

No es un tema novedoso y que sorprenda, más allá de generar comentarios justificantes o contrarios a todo aquello que signifique estados violentos de la sociedad.

 

No obstante, la consideración -que puede o no ser compartida- es que las calles son un terreno propicio para sacarse de encima los estados emocionales que los afectan, y que de esa manera se descargan tensiones con exabruptos, insultos, gestos obscenos y amenazas de todo tipo y naturaleza.

Se cometen innumerables excesos, se dejan de respetar normas de tránsito, entre otras transgresiones que suceden normalmente, pese a los innumerables controles que se disponen en diferentes calles de la ciudad.

Las motos siguen siendo un problema -no todas, por supuesto- dado que existen quienes abordo del transporte de dos ruedas son conscientes de que las leyes de tránsito también los comprenden y que, un sentido honorable de convivencia hacia el otro, conlleva a respetar para ser respetado.

Los accidentes son habituales y nos estamos acostumbrando a que ocurran como parte de un “tránsito irregular” que transita por la “banquina”, ignorando normas y disposiciones.

El que maneja automóviles, camionetas o pequeños transportes que pretende imponer su mayor envergadura y arremete en cruces de calles, donde tiene prioridad de paso el otro, omite el guiño como señal de retomar otra arteria al llegar a un cruce; circula a velocidades no permitidas y cuando cruzan rápidamente un cruce sonríen burlonamente porque te ganaron de mano.

Eso mismo sucede con los pequeños transportes de dos ruedas, con el agravante de que superar al vehículo que lleva la delantera por cualquier flanco, derecho o izquierdo, significa exponerse a tener un violento accidente.

Aparecen sorpresivamente en las paradas donde hay semáforos y se adelantan colocándose delante de la fila para cruzar primero, sin tener en cuenta que si todos hicieran lo mismo el caos sería peor de lo que es en la actualidad.

El crecimiento notable del vehículo pequeño -que muchas veces traslada más personas de lo permitido, llevando niños sobre el tanque de combustible o sentaditos entre dos mayores, sin protecciones aconsejables como el casco, entre otras cosas- está convirtiendo a la ciudad en un pandemónium, fundamentalmente en horarios pico, temprano en la mañana cuando apuran y estacionan en cualquier parte para dejar sus hijos en las escuelas y llegar en tiempo y forma a sus lugares de trabajo.

Suceso que ocurre en horas del mediodía, a la salida de los jardines y sobre el filo de la terminación de la jornada laboral.

El nivel de accidentes ha crecido, tomando como referencia los que se denuncian, intervienen autoridades y ambulancias y aquellos que ocurren, generan insultos cruzados y buscando responsabilidad en el otro, pero terminan por alejarse, situación que sugiere que alguno o los dos estaban circulando inadecuadamente.

Este fenómeno que es notorio en nuestra ciudad, tal como ocurre en otras de la provincia, se ha trasladado a las rutas.

No tenemos estadísticas reales del número de accidentes -varios con víctimas fatales- que se han producido en los últimos meses. Pero debería alertarnos, porque son muchos y en circunstancias que las informaciones recogidas no aclaran como se produjeron.

Solo en diferentes horarios y situaciones climáticas que difieren, en aparentes maniobras desacertadas, terminan sus recorridos estrellados contra árboles ubicados sobre los costados de las banquinas o embisten columnas de alumbrado en rotondas, en maniobras inexplicables y sin que se conozca la existencia de otro vehículo que hubiera participado del siniestro.

Los horarios son cambiantes, tanto nocturnos como en el amanecer o a plena luz del día, nuestras rutas se están convirtiendo en trampas que sorprenden a desprevenidos conductores, obligándolos a maniobras que los llevan a salirse de la cinta asfáltica y terminar o volcando o estrellados con consecuencias no solo materiales, sino humanas -en algunos casos irreversibles.

El tema no es nuevo y es habitualmente objeto de comentarios, quejas y multiplicidad de pedidos para que se vuelvan a instrumentar los mecanismos que el gobierno del presidente Javier Milei desmanteló buscando reducir los gastos del Estado.

En realidad, Vialidad Nacional es ya un ente inexistentes pronto a desaparecer. Los organismos provinciales están severamente acotados por la falta de recursos que les permitan salir a remediar rutas intensamente transitadas y vías por las cuales se mueve la producción del país, factores que están convirtiendo a gran parte del territorio nacional en intransitables con un mínimo de seguridad.

El “sálvese quién pueda, o tenga más suerte” pareciera estar convirtiéndose en un “paradigma” nefasto para el interior de la República Argentina.

Ya no es cuestión de ahorrar plata y tener un Superávit Fiscal que aplaude todo el mundo, ahora es “SALVAR VIDAS” y eso es responsabilidad del Estado.

 

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