Desde que se hizo cargo del gobierno el candidato con formación económica, surgido por trascender en el mundo de la farándula donde expuso su desenfado, lo proclive que resultaba al insulto hacia quienes él considera la “casta corrupta” que ha provocado el derrumbe de Argentina, un simple desconocido de la política tradicional, Javier Milei, se impuso un sistema de generar relatos que se asemejaran a la verdad.
Portaba como estandarte y bandera de sus proyectos el ultra liberalismo, la práctica del anarcocapitalismo que prohija la progresiva desaparición del Estado como lo conocíamos hasta convertirlo en un mero controlador, otorgando el poder de manejar la sociedad y reconvertirla al libre mercadismo.
Para obtener ese objetivo había que reordenar una sociedad, dejando solo los que podían enfrentar los ajustes y transformaciones previstas para unirse al proceso del “gran mercado” internacional y mucho más abajo los que les sirvieran para sus propósitos de crecimiento y desarrollo, haciendo desaparecer la clase media, sometiendo a los que medran en la pobreza y olvidándose de la indigencia como una capa social sin retorno.
Para lograr este objetivo, Javier Milei junto a su hermana y pergeñadora de la obra mileista, iniciaron un camino donde la mentira se dibuja, convirtiéndola en un relato bien contado, tapando la realidad a la que hacen aparecer como el factor que realimentan a los sectores opositores y/o enemigos que no comparten una Argentina satélite de uno de los países más poderosos del primer mundo, los Estados Unidos de América.
Todo porque en el mesiánico desarrollo de la actividad de Milei aparece su liderazgo libertario para esta parte del continente sudamericano, pasando a ser una herramienta útil al colonialismo que procura el presidente Donald Trump.
El proceso disruptivo que preconiza Javier Milei, su hermana y el asesor Santiago Caputo, se puso en marcha utilizando la herramienta que les facilitó un economista que ya había fracasado en un similar intento bajo la presidencia del fundador del PRO, Mauricio Macri, el hoy ministro de desregulación y transformación del Estado, Federico Sturzenegger quien utilizando el relato como herramienta para convencer a sus ocasionales seguidores, mintió sin ponerse “colorado” y les dijo que primero “había que eliminar a la casta corrupta y que luego vendría la recuperación, el desarrollo, seguido de crecimiento y una nueva Argentina”.
La realidad nos indica que el plan de los Milei se está desarrollando tal como ellos lo previeron y al que sumaron varios personajes que ya habían pasado por la política argentina -pintados de “amarillos”- y tuvieron que irse porque no solo “eran casta”, sino de la peor calidad que se vende en el mercado.
Se cae estrepitosamente la industria nacional; se cierran empresas y o reconvierten en meros vendedores del ingreso irrestricto de producción extranjera, resultando infructuoso el intento de sectores empresarios por reacomodarse para competir.
Pero no parece ser el único propósito del presidente dado que ignora la estructura legal del país -Parlamento y Poder Judicial, sino que desprecia los sentimientos de la ciudadanía argentina porque se siente consustanciado con el sionismo al cual le profesa respeto y sumisión y ha iniciado un desprestigio al país en el orden internacional que ya ha comenzado a ser objeto de análisis crítico de diferentes países sudamericanos.
El otro proceso en marcha es desacreditar la ciencia, la educación y la cultura en general en aras de la llamada “guerra cultural” que utiliza como argumento para lograr sus fines y de esa manera concretar un alineamiento total con los intereses políticos y económicos de los Estados Unidos a través del cual materializa una entrega progresiva de los recursos naturales del país.
La Argentina está en un momento de transición político-ideológica donde reina el desconcierto, la zozobra del tejido social generada en el notorio aumento y precarización del empleo; el cierre de Pymes, emprendimientos como kioscos, pequeños almacenes barriales y la bajante progresiva del consumo originado por dos factores fundamentales: ausencia de recursos suficientes y aumento de la degradación en la capacidad de pago de los hogares.
Este proceso a llevado a que un número muy importante de familias se han visto obligadas a renegociar sus deudas con los bancos a los efectos de poder lograr extender los plazos de vencimientos para poder seguir haciendo uso de las tarjetas de crédito o utilización de préstamos; aspecto que no poder concretarse podría suplirse con reducir el costo de los intereses.
Toda realidad que no se comparece con los relatos oficiales. Un momento de dificultades que está sufriendo una gran parte de la sociedad y para quienes procuran restablecer un equilibrio entre los recursos propios y las obligaciones de los compromisos adquiridos, ante la promesa que se habían terminado las dificultades de una micro economía quebrada que no lograr recuperarse.
Nada de eso sucede, por el contrario, los indicadores señalan que es todo lo contrario a lo que surge del constante relato.
Pero como dice el refrán: “No hay mal que dure cien años”.



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