La “política de la vergüenza”, también conocida como “shaming”, es el uso deliberado del escarnio público y la humillación para controlar conductas, estigmatizar adversarios o imponer normas sociales. Se manifiesta tanto en la cultura de cancelación como en castigos institucionales, buscando la sumisión del individuo mediante el miedo al rechazo de la comunidad.
Este es uno de los principales escenarios que hoy se viven en la Argentina. Ya nadie puede decir que estamos transitando por el camino que nos conduce al cambio prometido; por el contrario, los sucesos que han aparecido y que se siguen materializando nos señalan que estamos igual que antes, nada ha cambiado, solo los métodos.
El presidente Javier Milei y su hermana Karina han logrado este fenómeno que solo ha generado grietas en la sociedad, enfrentando con inusual virulencia a los que piensan diferente u obran en consecuencia a sus ideologías.
La otra faceta que responde a la gestión del “dúo” presidencialista es el haber realizado -políticamente- promesas de ejercer en un gobierno que ha venido a establecer la “moral política” como un paradigma a sostener frente a las alternativas de gobiernos que han merecido la reprobación de un amplio sector de la sociedad que les otorgó el “plácet” para que ejecuten ese cambio anunciado.
Desde las primeras horas del inicio presidencial, en el 2023, Javier Milei y su equipo sostenían que estaban para provocar una transformación integral y fundamentalmente, además de establecer equilibrios económicos basados en Superávit Fiscal y mantener Déficit cero, demostrarían que ellos, los libertarios, eran diferentes a todo lo anterior vivido y eso facilitó que su discurso disruptivo-apolítico ganara a ese sector de la ciudadanía que pretendía salir del fracaso.
La “mentira tiene patas cortas” y al poco tiempo de gobierno se comenzó a vislumbrar que el relato oficialista difería de la realidad y se comenzaron a sentir los efectos de medidas desregulatorias y transformadoras que colocaban al Estado en proceso de achique y reducción, abriendo las puertas al “libre comercio y mercado”.
Se inicia de esta manera la destrucción paulatina de los sectores productores, industrializadores; se puso coto a las Pymes y con ello sobrevinieron los cierres por la imposibilidad de sostener una competencia interna con productos que, merced a la liberación arancelaria de la importación, establecieron regímenes de precios menores, dejando sin chance a los emprendimientos nacionales.
Podríamos decir que estaba en marcha y se repetía la “mala política”. Eran los primeros pasos de un “personaje” nacido en ámbitos de la farándula, donde logró establecer, merced a su desenfado, a la manera de establecer diferencias y nominar a sus oponentes utilizando el insulto y la denostación que le dieron plafón en un target de la sociedad que oscilaba entre los 18 a los 30 años y, en alguna medida, respondía al reclamo de que se debía producir la transformación del país brindando, a los postergados, una nueva oportunidad de recuperarse y tener futuro.
Les vendieron “esperanza y prometieron futuro” de una manera que comenzó a tomar cuerpo que Javier Milei y su “delirio” mesiánico podía ser la respuesta a lo que reclamaban.
Nuevamente, con un manejo “rasputiniano”, prometía una nueva Argentina transformada en “su país: Narnia”, en el cual él se desenvuelve sin importarle demasiado como la está pasando el resto.
Se llena la boca diciendo que reducen la pobreza, que están recuperando la extrema indigencia, que aumenta el empleo y que se establecen pautas inversoras que, según sus propias palabras: “En poco tiempo, el país competirá en el primer mundo”. Una realidad que solo la percibe Javier Milei y un núcleo muy reducido que lo sigue.
Las calles son un dormitorio que aumenta sus dimensiones constantemente. Familias enteras debajo de los puentes, se colman los basurales y los que revisan los contenedores buscando algo para comer.
Se han cerrado miles de empresas, otras intentan reacomodarse para ver si zafan. Las colas buscando empleos de cualquier naturaleza tiene miles de personas que están tratando algunos de tener: su primer empleo, y otros recuperar el que ya perdieron. Mentiras y más mentiras, contados de diferente manera, pero que señalan claramente que estamos en franca caída.
Nos faltaba para cerrar el círculo y aparecieron los que están lucrando con la pobreza nacional. Funcionarios de “alto rango” aparecen como los millonarios del momento y el escenario ya quedo chico, dado que se siguen sumando los integrantes de la “banda” que -nadie lo entiende demasiado- defienden Javier y Karina Milei.
Se estableció un descarnado internismo tanto en el oficialismo como en los sectores que hoy conforman la estructura política nacional. Ellos pelean la suya mientas el país sigue achicándose, el consumo interno se cae estrepitosamente y los recursos disminuyen en todos los sectores, que ya han comenzado a restringirse y seleccionar aquello que está a su alcance.
Es el desarrollo de una “mala política” que está dañando severamente al país. Seguimos en caída libre y con severos riesgos de una reacción social que está contenida, observando si existe alguna salida.
No tenemos el mejor presidente de la historia. Un buen pasatiempo televisivo, podría ser, pero inadecuado para conducir un país con muchos problemas a resolver.



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