JUEVES 08 de Diciembre de 2022
 
 
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La juventud eterna de Azucena y Armando

Hace algunos días viajé para festejar el cumpleaños de Azucena Rau, entrañable amiga de Guatraché, que a sus ochenta sigue conduciendo un programa tradicional en la radio de su pueblo.

Y semanas atrás visité en su casa de la calle 23 a Armando Pippia, vecino ejemplar, quien a los 92 continúa trabajando desde su compu para uno de nuestros clubes cuya secretaría rentada ocupó durante mucho tiempo.

He coincidido con ambos en cuanto a que la vida del ser humano no debiera ser dimensionada solo por sus años, sino en especial por sus energías, afectos, recuerdos, sueños y proyectos personales.

Me he preguntado muchas veces cuándo se deja de ser joven y cuándo se comienza a ser “viejo”, por emplear los calificativos usuales. Y me dije que mientras uno sea capaz de aprender algo cada día, de bucear, de descubrir nuevas cosas y de soñar posibles o imposibles, seguirá creciendo y siendo joven y por lo tanto, también se irá joven de la vida.

Con este criterio diré que lamentablemente conozco a infinidad de “jóvenes viejos”. Es decir a muchachitos que casi no emplean la imaginación, que no se preguntan ni responden sobre temas vitales, que no intentan ampliar los horizontes propios del alma y del intelecto y que en algunos casos necesitan ingerir alcohol para divertirse (esto no debe ser tomado como una crítica y menos como una condena, sino como la evidencia de una realidad)

Y si acepto que hay “jóvenes viejos”, diré que gracias a Dios conozco también a multitud de “viejos jóvenes”, lo que resulta compensatorio en la parábola de la existencia.

Para entender esto no se necesita ser sabio. Basta con aceptar que las posibilidades del ser humano no dependen de lo que le falta, sino de la forma en que aprovecha lo que tiene.

Tanto Azucena como Armando cultivan el optimismo, tan conscientes de las leyes naturales como sabedores de que sus roles siguen siendo necesarios para sus vecinos y para las familias hermosas que han sabido conformar.

Por último les he hecho notar que cada noche hago un rápido balance de lo vivido y que si descubro que durante ese día no me he reído con ganas o no me he emocionado aunque solo sea por unos segundos, considero que ese ha sido un día perdido. Seguramente lo recuperaré mañana.

En ambas visitas tuve la sensación de que ganábamos el día. Azucena en Guatraché y Armando en Pico rieron como niños ante cada recuerdo jocoso, cada anécdota y cada ocurrencia desprendidos de la conversación.

Ambos también se conmovieron frente a las sensaciones de un afecto compartido.

Creo que los tres comprendemos que más allá de los tropiezos y desazones que pudimos haber enfrentado a lo largo de la vida, ella compensa a quienes le rendimos homenaje.
 

Por Hugo Ferrari - Especial para LA REFORMA

Comentarios

  1. Adriana P. 03/10/2022 18:37

    Excelente escrito, impecable descripción de un ideal de ocaso de vida ejemplar, donde el trabajo y los valores son el "leitmotiv". Aplausos para Hugo.

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