Se podría considerar una estrategia, que elaborada por el presidente Javier Milei y su entorno, intenta desdibujar el poder que desde hace muchas décadas impera en Argentina y que muestra un grupo importante de empresarios cuyo poder es indiscutible.
El objetivo mileista es sacarlos del juego de las decisiones y obligarlos a responder a los lineamientos que elabora el gobierno para esta etapa de grandes cambios y transformación.
Para el logro de estos fines no ha vacilado en llevarse puesto todo aquello que ha intentado hacer valer su forma de pensar y actuar diferente.
En el reciente encuentro con empresarios, en la apertura formal del Argentina Week, en el edificio del JPMorgan en Park Avenue, se recogieron impresiones de los CEOs de importantes emprendimientos de carácter mundial, con divergencias en lo que se refiere a las formas, al sentido degradante en que el presidente Milei se dirigió a empresarios argentinos, con los cuales está severamente enfrentado: Rocca, el CEO de Techint, y Javier Madanes Quintanilla, principal accionista de Fate y dueño de Aluar, a quienes trató de “prebendariosy chorros”.
Para muchos de los presentes el tono no se adecuó a las circunstancias del encuentro, mientras que para otros lo dieron por terminado expresando: ‘‘Es Javier siendo Javier, está bien lo que dice porque lo piensa”.
Sin lugar a dudas el presidente argentino está atravesando un momento muy especial de empoderamiento que lo refleja diciendo lo que se le antoja y mostrando una decadencia verbal que abre las puertas para que la ciudadanía piense que eso forma parte del cambio, cuando en realidad es una muestra de clara mala educación, ausencia de diplomacia y tratamiento con sectores económicos e inversores a los cuales se pretende venderles que Argentina es otro país.
Esa potenciación que está viviendo el presidente argentino lo está llevando a extremos insospechados del ejercicio dictatorial del poder, al punto que comprometió -sin someterlo a consideración del Poder Legislativo-, al país, en la guerra que hoy esta desenvolviéndose entre EEUU, Israel, algunos colaboradores contra Irán y grupos que los apoyan.
Mientras el resto del mundo hace consideraciones y expresa deseos de paz, sin definirse ni para uno ni para otro escenario de la guerra desatada, Javier Milei asegura en reuniones con funcionarios estadounidenses y presidentes de otras partes del mundo: “Vamos a ganar la guerra”, en abierta coalición con el “mandamás” Donald Trump.
Nadie pudo advertirle al presidente argentino que el país que representa no está en guerra y que por errores similares fue blanco de ataques terroristas que costaron muchas vidas inocentes. Aparentemente no lo hicieron, o no se animaron a contradecirlo.
Fueron demasiadas posiciones contradictorias las que puso en evidencia Javier Milei y naturalmente diversas las voces que sostuvieron estar ante un mandatario que responde, sin medir consecuencias, a su mentor Donald Trump, al punto de no analizar que toma determinaciones que corresponderían se hicieran en los ámbitos institucionales de Argentina.
El enfrentamiento con algunos poderosos empresarios es un paso arriesgado frente al intento de La Libertad Avanza de consolidarse política, económica, empresarial y socialmente, para lograr el objetivo de liderazgo absoluto.
Este periplo internacional, de alto costo económico para los recursos nacionales, ha dejado mucha tela para cortar.
Los analistas independientes muestran una mirada cautelosa sobre el futuro del presidente Milei y sus acciones. La formal asociación a las políticas de guerra de los EEUU que está llevando a cabo Donald Trump, en franca connivencia con Israel, genera dudas a futuro, especialmente cuando el resto del mundo, aún los más poderosos, han sido extremadamente cautos sin definir un posicionamiento parcializado y solo mostraron deseos de instrumentar los mecanismos de paz.
La guerra no terminó y las expresiones “trumpistas” no se cumplen -por lo menos por ahora-. El poder interno de Irán sigue sosteniendo que no habrá rendición hasta que ellos lo dispongan y bajo sus condiciones, contrariamente a la “orden” del presidente norteamericano que les pide que se rinda incondicionalmente.
Todo se mezcla con todo y los poderosos pueden sentir los efectos, pero tienen “espaldas” para enfrentar el futuro, lo contrario ocurre con un emergente como Argentina que no ha medido en su verdadera dimensión el alcance de una asociación plena a los vaivenes de un republicano que preside uno de los países más poderosos del primer mundo y que ejerce un liderazgo pleno y sin condicionamientos.
En las circunstancias por las que atraviesa Argentina, donde la decadencia, el notable empobrecimiento y la ausencia de inversiones por constituir un país de alto riesgo, marcan claramente un camino hacia el deterioro total, dejando solo abierta las posibilidades de continuar -en las condiciones que les impongan- constituyendo parte de lo que producen para los más grandes.
Todo es cuestión de tiempo y el desarrollo de los acontecimientos que están marcando los grandes cambios en los cuales, Argentina, juega un papel secundario.
Es factible que en algún momento tenga que rendir cuentas. El poder no es eterno.
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