La Argentina transita una paradoja que desafía a la política tradicional y pone a prueba la paciencia de sus ciudadanos.
A casi tres años del inicio de la gestión de Javier Milei, el país vive bajo el pulso de un experimento económico que exhibe dos caras difícilmente conciliables: el equilibrio fiscal y la reconfiguración macroeconómica por un lado, y un tejido social sometido a un desgaste severo por el otro con una microeconomía que no despega.
El propio presidente reconoció recientemente que los indicadores no evolucionan con la velocidad esperada y que la economía atraviesa un momento complejo.
Para el oficialismo, la consigna sigue siendo mirar el largo plazo: sostienen que “la foto es horrible, pero la película es la mejor de la historia”. Sin embargo, para la mayoría de los argentinos que enfrentan el día a día, la “película” se consume con cuentagotas y la “foto” pesa como una losa.
El consumo padece el enfriamiento de la actividad, los sectores productivos se dividen entre ganadores (energía, minería, agro) y postergados (comercio, industria local, textiles), y el debate sobre si se llega o no a fin de mes encrudece la grieta entre el relato oficial y la calle.
A la par del malestar económico, surge un fenómeno político igual de inquietante: el “ningunismo”. Estudios recientes de
La gente se aleja de las estructuras tradicionales porque siente que no la representan. Pero este vacío no es sinónimo de entrega incondicional al modelo libertario: los mismos estudios revelan que una amplísima mayoría sigue reclamando la presencia de un Estado activo que arbitre las desigualdades y garantice un piso de bienestar.
La batalla cultural no está cerrada. El Gobierno ganó las urnas, en su momento, prometiendo dinamitar los excesos de un Estado ineficiente, pero la sociedad no parece dispuesta a prescindir de la red de contención pública allí donde el mercado jamás llega. El riesgo del desánimo generalizado es que la apatía se convierta en resignación, o que el hartazgo desemboque en nuevas fracturas.
La dirigencia -tanto oficialista como opositora- tiene una deuda urgente: dejar de especular con el colapso ajeno o con triunfos épicos disociados de la realidad.
Existen indicadores rigurosos que muestran un rigor excesivo que afecta a más del 50 por ciento de la ciudadanía y que responde a la realidad de y la urgencia de la calle.
El propio Poder Ejecutivo reconoció recientemente que los indicadores económicos no muestran la velocidad de evolución esperada. Para el oficialismo, la premisa sigue siendo el largo plazo, bajo el argumento de que el deterioro actual es el costo necesario para estabilizar una economía históricamente distorsionada.
Sin embargo, cuando se analizan los datos de consumo masivo, la caída de la actividad industrial interna y el rezago de los ingresos frente al costo de la canasta básica, queda en evidencia que los plazos de la macroeconomía no coinciden con las urgencias del día a día. La brecha no es ideológica, es fáctica: mientras sectores como la energía, la minería y el agro muestran dinamismo, el comercio minorista y las PyMEs locales sufren el enfriamiento de la demanda y el impacto del nuevo esquema de tarifas.
A la par del malestar económico, los estudios de opinión pública revelan un fenómeno político que funciona como síntoma del presente: el “ningunismo”. Que, según relevamientos recientes de Pulsar UBA y de la consultora CEOP Latam, exponen niveles históricos de desafección, donde una porción mayoritaria de la sociedad manifiesta desinterés por las fuerzas partidarias tradicionales.
La viabilidad del programa económico no se juega únicamente en los gráficos financieros, sino en su sustentabilidad social. El riesgo de una apatía generalizada es que la falta de horizontes concretos devenga en una fragmentación del lazo social.
La gestión gubernamental enfrenta el desafío de demostrar que el equilibrio fiscal no es un fin en sí mismo, sino un medio para recuperar el poder adquisitivo y el empleo.
Todo conlleva a presuponer que el país esté agrietado y se han profundizado las diferencias de las “desdibujadas” clases sociales que, en algún momento fuera el escenario a copiar por la mayoría de los vecinos, que, como exponentes de sectores emergentes, venían luchando para alcanzar a conectarse con el primer mundo.
Milei operando bajo sus objetivos mesiánicos de convertirse en líder absoluto rector del liberalismo en el cono sur, conviniendo ser geopolíticamente una extensión -sometida- de los EEUU, fue fraguando una realidad ficticia, que ya pocos comparten.
Estas son partes de las razones que exponen que ni la foto ni la película son la verdad. Son elaboraciones ideológicas que persiguen determinados objetivos, que la sociedad en su conjunto podrá develar en el 2027.



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