Cuando el presidente libertario Javier Milei comenzó a recorrer el camino del proceso desregulatorio y transformación del Estado hubo pocas voces que se alzaron para señalar que el derrotero fijado no era el acertado. Que, a su vez, vendrían severos problemas sociales y solamente los más recalcitrantes opositores hicieron oír sus voces indicando que era un relato que se dibujaba sobre la realidad que vivía gran parte de la ciudadanía.
La Argentina que crece y comenzó a desarrollarse está en un ilusorio planeta “narniano”. “Estamos ante una bien dibujada y gran mentira...”
Fueron año y meses con sacudidas internas, profundizándose la existencia del desempleo, la pobreza y la indigencia. Pero en el intermedio se produjeron elecciones de medio término, y cuando todo parecía destinado a marcarle la cancha al crecimiento libertario, los que estaban mal volvieron a creer y -negándose a regresar al pasado- le otorgaron un nuevo voto de confianza, dejando en claro que era el último.
Volvieron a tener esperanza y eso no solo le otorgó la victoria al proceso libertario, sino que le dio poder territorial y bases sólidas en el ámbito legislativo, donde -hasta ese momento- dependían de la buena voluntad -o como se negociaba con los incondicionales- del partido amarillo, muchos de los cuales comenzaron a cruzarse y cambiar la camiseta.
Argentina transita un periodo de profundas transformaciones estructurales bajo la administración actual, marcadas por el objetivo fiscal de déficit cero y la desregulación de la economía.
Todo acompañado de la aplicación de nuevas normativas que abrieron el gran mercado y liberaron el sistema importador al sacarle el contrapeso arancelario -impositivo- que servía para que la industria y los emprendimientos locales pudieran mantener márgenes razonables de competencia.
El equilibrio macroeconómico fue una condición indispensable para el logro del Superávit Fiscal y el Déficit Cero, sumado a la constante operativa para bajar el índice inflacionario y hacer caer el riesgo país.
Pero nada es gratis, y ese mecanismo ya había sido intentado por anteriores gobiernos, fracasando al perder sentido, el esfuerzo, si profundiza la emergencia social y debilita el mercado interno de manera irreversible. Decir: que la micro economía no aparece, todo se reduce a magros salarios que no alcanzan la canasta básica, la caída del consumo y con ello el cierre de comercios, empresas industriales y empresas comerciales que no hallaron formas adecuadas de mantener sus estructuras.
El flanco económico: ha logrado una desaceleración de la inflación y un ordenamiento primario de las cuentas públicas, celebrado por los mercados financieros. Concretamente macroeconomía, y una luz todavía tenue para animar a futuras inversiones.
En el marco de estos movimientos políticos-libertarios aparece el costo real; lisa y llanamente un “saneamiento” que recae de forma desproporcionada sobre las clases medias, los jubilados y los sectores vulnerables, cuyo poder adquisitivo se ha contraído severamente.
Pero existe un proceso que tiene como actor principal al presidente Javier Milei, quien agudiza su proceder disruptivo y agraviante dejando debilitada la gobernabilidad, dado que esta no se sostiene únicamente con decretos o vetos, sino mediante la construcción de consensos institucionales duraderos que garanticen previsibilidad jurídica y paz social. Señales que hoy no están en el horizonte de LLA.
El país no puede quedar atrapado en una falsa dicotomía entre el colapso financiero y el sacrificio social indefinido.
La perspectiva -si es que existe- es que: el posible liderazgo político se muestre con madurez para traducir el orden fiscal en bases sólidas para la producción, el empleo genuino y la protección de los sectores más postergados antes de que el tejido social alcance un punto de quiebre.



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