LUNES 17 de Junio de 2024
 
 
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El síndrome de la violencia escolar

Como la definición científica lo señala es el “patrón de signos y síntomas” que derivan en situaciones de diversa naturaleza, entre ellas la violencia que son episodios de extrema complejidad familiar y social que hoy padecemos los argentinos.

Esta columna, en varias oportunidades señaló que los grupos interdisciplinarios, especialistas en comportamientos sociales, deberían abocarse a la búsqueda de las motivaciones que desembocan en agresiones -hoy graves- si tenemos en cuenta que se hacen a través de utilización de armas y que no pertenecen a un solo sector de la sociedad, sino que nos involucra a todos.

Hoy toma mayor vuelo público por las denuncias de los docentes que, ante la avalancha de sucesos que se están produciendo en los establecimientos escolares o en sus adyacencias, se han convertido en un problema que resulta insoluble para que ellos desde la esfera educativa puedan controlarlos.

Hay diversos factores que conllevan a lo violento, entre ellos se cuentan la depresión, los trastornos por estrés postraumático, los trastornos límite de la personalidad, la ansiedad, el abuso de sustancias, los trastornos del sueño, la alimentación, situaciones del ámbito familiar y otros indicadores que desestabilizan a la persona, fundamentalmente a los niños, que están en plena maduración y formando su personalidad.

Un estudio psicopatológico, realizado en niños determinó, entre otros aspectos, que “indican que las principales características que se presentan en niños, que muestran un grado de violencia importante, son trastornos por déficit de atención y comportamiento perturbador, de ansiedad, del estado de ánimo y de la desatención, los cuales pueden presentarse de manera comórbida”.

El tema no debería sorprendernos. Sí alertarnos y disponer las medidas que hagan falta. Este suceso se está dando en todo el país, de una u otra manera. La calle es un “vale todo” y una situación intrascendente puede derivar en reacción de furia, que lleva a los protagonistas a las manos cuando no - lo más grave- a la utilización de otros elementos, de diversa naturaleza.

Venía golpeándonos la puerta y lamentablemente, miramos para otro lado, o no le dimos la importancia que el problema tiene. Hoy estalla, toma estado público, porque el tema se está centralizando en las escuelas.

Los docentes se encuentran impotentes para resolverlos y naturalmente acuden al gremio que los representa y éste al Estado, dígase Ministerio de Educación, para encontrar respuestas y ponerle freno a sucesos que no deben dejarse aumentar.

Las principales expresiones de violencia escolar se dan de forma verbal, física y psicológica, pero no se limita a ello, pues se observa también violencia sexual cibernética, patrimonial, económica y social, estos aspectos -que naturalmente no son los únicos-, generan reacciones de todo tipo. 

Cuando una madre, hermano, hermana mayor o padre, acude a un establecimiento educativo a generar un acto de violencia en defensa de su hijo, hija que ha sido maltratada, se supone que estamos ante un hecho de muchísima gravedad. Las reacciones familiares pueden ser explicadas -no consentidas o aprobadas- pero existe un trasfondo mucho más severo, que es el que debe abordarse para ponerle un término.

Según expresa la UNESCO “La violencia en el ámbito escolar es una realidad que deniega cada día a millones de niños y jóvenes el derecho humano fundamental de la educación”.

“El Plan Internacional estima que 246 millones de niños y adolescentes podrían ser víctimas de la violencia al interior y alrededor de sus escuelas. Este fenómeno afecta desproporcionadamente a las niñas, así como a aquellos que presuntamente no se ajustan a las normas sexuales y de género predominantes”.

Como puede apreciarse, el tema es preocupante en el mundo, no solo explotó en La Pampa. Es, sí, un llamado de atención, no se puede mirar para otro lado, dado que ya está entre nosotros y las metodologías que se instrumenten deben ser integrales.

Debe comprender ámbitos escolares y su relación estrecha con los hogares, además de una preparación para que el niño o la niña y los pre-púberes, comiencen a ser educados en la materia del acoso, la agresión y el bullying.

La realidad de los hechos ocurridos nos impone abocarnos -todos- a poner límites educativos que tengan correlato desde el seno hogareño hasta las estructuras escolares. 
 

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