Alguien mucho más sabio que nosotros, decía: “Las naciones grandes y poderosas nunca se pelean, discuten y finalmente acuerdan un reparto equilibrado”. En esta disquisición, hay países que no tienen ni voz ni voto, son los más pequeños y ni qué hablar de los emergentes.
Esto que enunciamos viene a cuento para entender que sería extremadamente difícil que se produzca un choque entre los grandes del mundo actual: EEUU, Rusia y China. Ellos son concientes que una confrontación bélica, con los notables avances tecnológicos existentes y los que habrá, que desconocemos, sería la “batalla del fin del mundo”. Y eso ninguno de ellos pretende.
La realidad indica que se muestran los “dientes”, discuten, se hacen ver agresivos, pero tienen un límite y lo respetan. Juegan mucho para la “tribuna” a la que mantienen ocupada y preocupada por los temores que despierta una posible “tercera guerra mundial”. Pero todo señala que están muy lejos de ese propósito.
Está claro que se distribuyeron el mundo. Rusia tiene lo suyo y pelea por mantenerlo, y si es posible ampliarlo, siempre dentro del territorio que le corresponde. China, emperador del mundo asiático, conviniendo y negociando para mantenerlo dentro de sus imaginarias fronteras y EEUU, ahora en la épica de Donald Trump, aceptó quedarse con los territorios sudamericanos, con intenciones de ampliarlo según obren y negocien con beneficios.
Se consolidan centros económicos que giran dentro de la denominada Unión Europea y planifica el Reino Unido no perder su potencial e influencia regional. Esto es el mundo hoy, sacudido por las circunstancias que imponen las necesidades de los más poderosos que crecen y requieren abastecerse de las regiones productivas que han pasado a conformar parte del mapa que les pertenece.
Claramente, Donald Trump mostró esos objetivos en el gran escenario en el que se mueve con absoluta comodidad, igual que en sus terrenos lo hacen Rusia y China, con intervencionismo de países como India, Alemania, Suiza, entre otros que operan en un término de negociación media, sin tomar partido por ninguna de las grandes potencias.
El presidente republicano Donald Trump ha mostrado una realidad que ya está en las reflexiones de estadistas, economistas, historiadores internacionales: “El mundo se ha repartido y el impetuoso texano no oculta sus intenciones”.
Transgrediendo todas las normas internacionales, invadió un país sudamericano, Venezuela, y en un operativo de “guerra” se llevó a los EEUU al presidente dictador Nicolás Maduro y a su esposa, para juzgarlos por narcoterrorismo. Pero ese desmesurado acto tiene corolarios que definen detrás de esa acción otros objetivos, por caso, hacerse de la reserva más importante del mundo: el petróleo venezolano.
Pero para dejar en evidencia que en su planificación y la que construye con su mesa chica están previstas otras acciones, amenaza -así empezó con Maduro- al presidente de Colombia, Gustavo Petro, a quien tilda de “enfermo” y no descarta una operación militar en ese país.
Tampoco se privó de fijarle los términos de su gobierno a quien hoy ocupa el lugar de Maduro, la vicepresidenta Delcy Rodríguez, a quien conmina a “trabajar juntos en una agenda de cooperación”. Advirtiéndole que: “tenga cuidado con lo que hace”.
Este operativo quedó reflejado claramente en los dichos de Marco Rubio, secretario de estado, quien confirmó la negociación con el chavismo: “¿Elecciones? Es un poco prematuro para eso”. Reiterando el ninguneo a Corina Machado, al expresar que “trabajarán” con la vice Delcy Rodríguez si toma las “decisiones adecuadas”. Más explícito y claro no se consigue.
El mundo está convulsionado o es lo que pretenden vean las sociedades de los países que integran el orbe. Jugar con el miedo, es como manifestar que aquellos que se opongan a sus deseos, no tendrán futuro.
Visto de esta manera, resulta preocupante el posicionamiento del presidente argentino, el libertario Javier Milei, sumiso y obediente adherente a las políticas de Donald Trump.
Su determinación de adherir a uno de los poderosos del mundo moderno no sería una errónea actitud política si en el marco de ese acercamiento existieran reglas de juego claras, que aquí pareciera no existen. Solo son visibles las del presidente norteamericano, que ha dado claras señales que lo saluda y sonríe cuando está de buen humor y cuando no, rotundamente lo ignora.
La pauta estuvo dada en el ninguneo que dejó a Javier Milei en una posición incómoda con el giro que hizo Donald Trump para negociar la transición con el chavismo en Venezuela y descartar un gobierno conformado por la oposición como pidió oficialmente la Rosada.
Para los argentinos estas actitudes no son ninguna garantía a futuro, atento a que debe establecer equilibrios comerciales, que hoy ya no tiene, con el resto de los países del cono sur y sus vínculos negociadores están sujetos a otros emergentes como Brasil, Uruguay, Chile y Paraguay.
Trump jugará con el que más le convenga. Hoy Argentina ya es un país satélite que depende comercial y financieramente de los EEUU y pudiera ser un respaldo positivo hasta que el presidente republicano lo vea conveniente, según le informen los integrantes de la mesa chica: Marco Rubio y Scott Bessent.
El mundo está cambiando y el reparto del poder está brindando una fisonomía diferenciada a la que habrá que acostumbrarse.



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