DOMINGO 26 de Mayo de 2024
 
 
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De Metileo al Vaticano por caminos del azar

Los alcances del azar son ininteligibles. Les voy a dar un ejemplo muy lejano o muy cercano, según se lo mire:

El 25 de octubre de 1927 naufragó frente a las costas del Brasil el Principessa Mafalda, transatlántico italiano construido para la compañía Navigazione Generale Italiana y llamado así en honor a la princesa Mafalda de Saboya, segunda hija del rey Víctor Emmanuel III.

En la tragedia perdieron la vida 481 personas de las 1.261 que transportaba. En ese momento la noticia conmovió al mundo y por comparación, se decía que el buque hundido era el Titanic del Atlántico Sur. Ciertamente fue la gran nave de su tiempo, única capaz de unir Génova con Buenos Aires en catorce días.

Cuando se cumplieron 40 años del hundimiento, entrevisté en Metileo a Angelo Bartolomé Occelli (don Anyulino para sus vecinos). Fue uno de los sobrevivientes del hundimiento, quién sin saber nadar, se arrojó a último momento a las aguas del Atlántico y aferrado a un cadáver pudo soportar el frío y la oscuridad hasta ser rescatado.

Esto me lo contó Angelo para La Reforma en la vieja peluquería que hasta su muerte atendió en una esquina del pueblo cercano. Como recuerdo me queda una fotografía en blanco y negro que ambos nos tomamos a las puertas del humilde negocio.

No hace mucho me enteré que el padre y los abuelos paternos del papa Francisco tenían pasajes para abordar aquella vez el Principessa, pero que a último momento no lo hicieron por razones fortuitas (no lograron vender a tiempo lo que poseían en Italia). Y entonces cambiaron sus boletos para venir dos años después en el Giulio Cesare.

La nave hundida era de lujo con cabinas de primera y segunda clases, y un sector de tercera para inmigrantes. Estaba en servicio desde el año 1909 e iba a ser retirada en 1929, razón por la cual la empresa decidió espaciar su programa de mantenimiento, lo que resultaría fatal para tantos. 

La noche del siniestro, en el caótico y desesperado trajín de los salvatajes, no hubo balsa para Ángelo quien se entregó a su suerte sin imaginar que viviría muchos años más en un pueblo de La Pampa.

Y entonces me vuelve la reiterada incógnita, la inexplicable función del azar que no se previene ni discute: Por él navego y naufrago en lo que ahora llamamos contrafáctico y presumo una insolencia:

Si las cosas no hubieran ocurrido exactamente como ocurrieron en aquellos días del año 27, quizás Metileo no hubiera tenido a Angelo Bartolomé Occelli como peluquero y el Vaticano se hubiera perdido a un papa llamado Bergoglio.

Por Hugo Ferrari - Especial para La Reforma

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