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¿Y nosotros?

¿No te cansaste? ¿No estás un poco podrido de conformarte con el consabido “es lo que hay”? ¿No estás harto de elegir siempre lo menos malo de lo malo? ¿No te indigna cada tanto saber que te has pasado la vida recorriendo el laberinto de los mismos problemas? ¿No te exasperan las crisis recurrentes, los discursos calcados, los relatos, las excusas, las promesas, las mentiras, las justificaciones, las complicidades, las disculpas, los engaños? ¿No te sentís un poco derrotado, un poco fatigado? ¿No nos estaremos rindiendo frente a la postergación crónica de las soluciones a todo lo que nos pasa, lo que nos persigue ancestralmente, eternamente, a perpetuidad?

Un poco más, un poco menos, en general sentimos el mismo agobio, el mismo desgaste por lo que nunca llega, por los cambios a los que la política se compromete en cada campaña, únicamente para la ocasión, sólo de camino a las urnas. Un cambio, un corte, precisa alguien distinto, alguien dispuesto a arriesgar su capital político, a perder para que todos ganemos.

Cuántos siglos de los siglos de nuestras vidas llevamos oyendo la misma cantinela, saltando de desequilibrio en desequilibro, de una crisis a otra, de un período de inflación y recesión a otro. Cuántos años hace que escuchamos hablar de la pobreza, cuántos que juran que se van a ocupar, que es el tema prioritario, que el país no va a tener más hogares socialmente excluidos, que van a trabajar fuertemente, que asumen el compromiso de, y todos los demás etcéteras que conocemos de sobra.

Gestión tras gestión vemos cambios en las políticas públicas, modificaciones que traerán la transformación, medidas que duran hasta el mandato que sigue, hasta que el próximo, muchas veces sin mirar si estaba o no dando resultados, si era funcional, si servía, llega y destierra, llega y rompe todo, llega y quiere empezar de cero, de nuevo. Así es como todo cambia para que nada cambie, para que sigamos en la misma dirección, a la misma velocidad, sin ninguna solución. El viejo juego de niños de “hacer como que”, para que en el fondo, todo siga igual.

Eso sí, hablan, evalúan y dictaminan, no hay nadie que no tenga un diagnóstico, que no nos sepa decir que habría que hacer, y cómo sería necesario hacerlo, omitiendo que casualmente es lo mismo que no hicieron o no están haciendo. No importa, hablar es gratis. Argentina es un país en el que las palabras casi nunca tienen consecuencias. Es un país en el que siempre creemos que estamos enredados en problemas económicos, por eso hablamos de economía, sin darnos cuenta que en realidad, todas nuestras asignaturas pendientes dependen de decisiones políticas y que la economía no puede lo que la política no quiere.

¿Tenemos una agenda mínima, básica? ¿Hay una? ¿Hay algún paso tendiente a consensuar un núcleo de políticas básicas, un acuerdo, un pacto, un compromiso de todas las fuerzas? ¿Hay algún amague de trabajar los temas urgentes y gestar un puñado de compromisos y hacer además que esos puntos sean un contrato blindado de cualquier cambio, vaivén o ciclo político? No hay.

Nadie está hablando de políticas urgentes: la pobreza, la inflación, la educación, la inclusión laboral, la conectividad digital, no son el eje central de los discursos de la esfera pública. No hablan de nosotros, no hablan de nuestras prioridades, ni de nuestros problemas. Hablan de los suyos, hablan de sus aspiraciones, de sus internas, de sus posicionamientos, de sus tiras y aflojes intra y extra partidarios, de elecciones, de peleas, peleítas y peleotas por poder. No hablan de nosotros.

Ni siquiera nos están mirando. No pueden ponderar lo que nos pasa, lo que sentimos, lo que vivimos, lo que nos preocupa, lo que nos angustia, perdieron el termómetro social. Están tan preocupados por posicionarse, por extender los codos para que nadie ose pisar sus quintitas, que ya ni nos miran, no estamos en agenda. Y eso es muy peligroso, porque antes o después se paga, pero nunca se sabe cuándo ni como rueda la última gota, la que rebalsa el vaso.

No hay, no hay nadie pensando realmente en las urgencias, más allá de los discursos de ocasión, no estamos en la agenda ni en el futuro que nos dicen está llegando. El futuro no viene ni llega, porque ese futuro nos necesita adentro del hoy y no estamos en el hoy.

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