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Un mundo sin estadistas

Casi todas las democracias del mundo han adolecido y adolecen de los mismos males. En algunos casos, con un cúmulo de distorsiones más pronunciado y perniciosos, pero, dejando de lado los grados, casi todo el globo sufre los mismos problemas. De todos, la ausencia de estadistas ha sido el más perjudicial. Como explicaba Winston Churchill: “el político se convierte en estadista cuando comienza a pensar en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”.

Tal vez con ese primer párrafo sería suficiente, lo demás, lo sabemos, porque lo hemos vivido y padecido a lo largo y ancho del planeta por décadas. Las democracias del mundo tenemos presidentes, pero no hombres de estado que trabajen para el futuro, desprendiéndose de sus ambiciones personales, con la grandeza para concertar grandes acuerdos nacionales, para promover grandes proyectos, aunque sean propuestas de otros.

Muchas democracias tenemos presidentes que quieren seguir siendo presidentes, presidentes a los que no les importa demasiado la alternancia, quieren perpetuarse, muchas veces a cualquier precio. Tenemos presidentes obsesionados con los medios de comunicación, creen que estamos en su contra y por eso arremeten, señalan, acusan, enjuician, incluso cierran medios porque no son complacientes con el poder. Hablan y alardean de la libertad de prensa, pero premian y castigan con la publicidad estatal.

Un estadista no sólo tiene la capacidad de dirigir un Estado y llevar adelante la gestión pública, sino que además tiene la estatura para sostener una ideología sin ideologizar, para respetar y actuar en la diversidad, con el otro, no contra el otro. Un estadista es aquel capaz de generar un liderazgo que no se siente amenazado por nadie y precisamente por eso puede pensar e implementar políticas públicas que superen el horizonte de la coyuntura y orienten un país hacia un futuro compartido y mejor.

Un estadista está por encima de las divisiones partidarias y sectoriales, busca el bien común y asume sus responsabilidades, no necesita fomentar la búsqueda de culpables. Es plenamente conciente de su rol y su misión, con un desapego absoluto de su propio destino. Se requiere un gran liderazgo y una gran estatura moral, eso explica por qué las democracias en el mundo han generado miles de dirigentes políticos pero escasos estadistas.

No gestionan para volver a ser votados, con la mirada puesta en la proóxima elección y en la que sigue, gobiernan con los ojos puestos en el horizonte común de su nación. No dirigen un país desde la administración del Estado, proyecta y dirige un país hacia el futuro.

Coaliciones sin coalición, democracias sin demócratas, Estados sin estadistas, civismos sin ciudadanía. Hemos conocido y padecido todo. En Latinoamerica, por ser más jóvenes, atravesamos procesos más virulentos, con distorsiones más marcadas, pero el resto de los etiquetados bajo el rótulo de “primer mundo” no nos van en zaga, han tenido que sufrir sus buenos embates y muchos incluso, primitivos primates, como el que se fumaron los “grandes demócratas” del norte hasta hace 5 minutos.

Quien más quien menos, todos hemos sido gobernados por alianzas, que mayoritariamente eran electorales y problemáticas luego de ganar las elecciones, porque no es lo mismo tejer una alianza electoral que armar una coalición de gobierno. Los acuerdos programáticos que sirven para las urnas, después tienen que ser ratificados y convertidos en políticas públicas, el problema es que las promesas electorales más complejas de cumplir, no son las que le hacen los candidatos al pueblo, sino las realizadas a los aliados sobre el reparto de cargos y poder. Y nosotros de esas, tenemos superabundancia, nosotros tenemos clarísimo que un gobierno no puede ser una repartija de cargos ni un rejunte de dirigentes, pero, como es sabido, el hombre es el único animal capaz de tropezar dos veces con la misma piedra. Nosotros somos el mejor ejemplo.

Capítulo aparte para el grado de ciudadanía, de participación, de comportamiento social, de buena salud cívica expresada en nuestro respeto por el prójimo, las normas, los bienes públicos, el entorno natural. Es duro reconocerlo, pero la verdad es que nuestro comportamiento y grado de participación en la esfera pública es deficiente y no hay excusas.

Entre el civismo de baja intensidad y la política sin estadistas, no hay posiblidades de aspirar a que el mundo genere, como decía Churchill, políticos que piensen “en las próximas generaciones y no en las próximas elecciones”. El nuestro seguirá siendo un mundo sin estadistas.

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