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Superar nuestra anomia "boba"

“Cobrar una jubilación o un beneficio del Estado no puede convertirse en un riesgo para la salud. Eso es inadmisible”, dijo Alberto Fernández furioso con una jornada bancaria que realmente fue para el olvido. Y no dudó en convocar al presidente del Banco Central, Miguel Ángel Pesce y el titular de la Anses, Alejandro Vanoli, para modificar la respuesta de las entidades bancarias. Tuvo razón en enojarse y en exigir modificaciones, algunos pensamos que hasta podía llegar a rodar alguna cabeza cosa que finalmente no ocurrió. Pero, nos pasó lo que nos pasó por varios motivos, la imprevisión no explica todo.

Confluyeron varias razones, todas atendibles. Lo más cómodo es zanjar la discusión cargando todas las culpas al gobierno, concentrar el error sólo en la autoridad, enojarse con el Presidente, con el Gobernador y todos sus funcionarios. Eso nos dejaría tranquilos, pero estaríamos faltando a la verdad.

Está claro que una parte de lo que nos pasó obedece a las desigualdades, a que aquellos que se encuentran en una situación de vulnerabilidad mayor no podían esperar y necesitaban el dinero. Está claro que, a esa franja de la población, cuya subsistencia depende de ese dinero, no se le pueden cargar las tintas, que la necesidad tiene cara de hereje. Pero tampoco explica el fenómeno la precariedad de muchos de nuestros conciudadanos.

Seamos sinceros, una gran parte de lo que nos ocurrió sólo tuvo en la jornada del viernes una magnitud superior a la evidenciada en días anteriores, porque el número de personas que violan porque sí la cuarentena, ha sido noticia desde el inicio de la medida restrictiva y ahí está la madre de todos los males.

Tenemos una tendencia a la anomia que es innegable, nuestra inobservancia de las normas no es nueva, ni amaneció con la pandemia del coronavirus, es parte constitutiva de nuestra conducta habitual. Hoy nos cuesta quedarnos en casa, cualquier motivo nos viene bien para violar la cuarentena, las detenciones y notificaciones se multiplican a lo largo y ancho del país, es parte de la crónica cotidiana la cantidad de demorados y detenidos como consecuencia de la irresponsabilidad.

Lo expresó oportunamente el filósofo y jurista argentino, Carlos Santiago Nino, cuando refería a la nuestra como una sociedad con una pronunciada tendencia a la ilegalidad. Como recordarán, calificaba de anomia “boba” nuestra inobservancia de las normas que afectan valores como la seguridad y la previsibilidad, generando una acción colectiva ineficiente.

Nuestro comportamiento es de larga data, pensemos en las dificultades que tenemos para respetar las normas de tránsito, nos conducimos en las calles y rutas como si no existieran leyes, o como si estuvieran ahí para contravenirlas, no cuidamos los espacios públicos, desdeñamos todo lo que tenga que ver con lo colectivo, porque si es de todos no es de nadie y, por ende, podemos hacer lo que se nos antoje fuera de la ley.

El contexto actual es posterior a nuestras conductas. Los riesgos a los que nos exponemos y a los que exponemos al prójimo deberían ser suficientes para reflexionar sobre la importancia de cooperar y obedecer las medidas del Gobierno. La magnitud del fenómeno que enfrentamos debería provocar en cada uno una toma de conciencia sobre la importancia real de conducirnos como un colectivo coordinado, sobre lo fundamental de mantener en estas circunstancias la cohesión social, sobre lo vital de entender que la autorrestricción de nuestras libertades individuales son en pos del bien común y que de la conducta de cada uno de nosotros depende la posibilidad de atajar o no la pandemia.

Sería mucho más simple poder decir que simplemente la culpa la tuvo el Gobierno, que se equivocaron, que no previeron, pero también sería ignorar el comportamiento social del que hemos sido testigos desde el inicio de la medida. Hay muchos argentinos que han acatado las normas derivadas de la emergencia, muchos redujeron sus contactos sociales, respetaron el aislamiento, se lavaron las manos con frecuencia, salieron de sus casas sólo para proveerse, pero muchos otros no tuvieron un comportamiento solidario, muchos otros optaron por no acatar las medidas de emergencia y esos muchos otros, son los que construyen un círculo vicioso muy difícil de quebrar.

La furia de Alberto Fernández con sus funcionarios fue absolutamente justificada, tendrían que haber previsto y organizado la jornada bancaria de otra manera, podrían haber planificado un viernes diferente, pero eso no nos hubiese redimido de una característica que forma parte del modo de ser argentino, que estamos obligados a revisar, más allá y más acá de la pandemia, porque mientras no logremos superar nuestra anomia “boba”, no tendremos un futuro mejor.

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