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Somos argentinos, estamos adaptados

Solo un argentino sabe lo que es ser argentino, lo que significa vivir atravesando una crisis tras otra crisis, lo que implica coexistir con la incertidumbre de manera constante. Sólo un argentino sabe lo que significa la verdadera dimensión de la inconsistencia, la volubilidad caprichosa que hace que todo lo que hoy está bien, mañana pueda estar mal, que ahora sí, pero dentro de un rato no. Sólo un argentino sabe que las normas pueden ajustarse al humor político imperante, que los culpables de hoy pueden ser los inocentes de mañana, que no existen las predicciones, los algoritmos, los parámetros confiables, ni la lógica. Sólo un argentino sabe la verdadera dimensión del azar y del riesgo.

Tenemos un posgrado en tapar agujeros, somos bacheadores profesionales, sorteamos tantos aprietos económicos en nuestra vida, que no hay manera de que la adversidad nos agarre desprevenidos. Claro que nada de esto es posible sin sufrir las consecuencias, como vivir con miedo, preocupados, estresados y hasta un poco desequilibrados.

Un estudio reciente realizado por el Observatorio Social de la Universidad de la Matanza, cuya intención era reflejar cuáles eran las principales preocupaciones de los argentinos en el contexto de la pandemia, demostró que, en realidad, nuestras inquietudes no difieren de las que venimos arrastrando por años, sin importar el momento, el Gobierno ni el espacio al que esa administración pertenezca. Nuestros miedos no varían demasiado: tememos quedarnos sin empleo o sin la posibilidad de desarrollar la actividad o la changa que nos permitan alcanzar nuestra meta inmediata ancestral, fin de mes.

Ese es nuestro norte, cercano, cortito, tangible y a veces, inalcanzable. Estamos tan compenetrados con campear las crisis económicas, a esta altura tan argentas como Gardel o el dulce de leche, que no proyectamos. No planificamos a futuro, simplemente porque sabemos que no existe tal palabra en nuestro horizonte, que todo lo que programemos, puede desaparecer con un chasquido de dedos.

Es triste el solo hecho de pensar que llevamos tanto tiempo conviviendo con problemas estructurales, que ya se nos han hecho carne, forman parte de nuestra idiosincrasia, de nuestra forma de pensar y encarar la vida. Hemos aprendido a convivir con el desequilibrio y la inestabilidad, tanto, que los hemos normalizado, son nuestra cotidianeidad.

Está claro que la situación que atravesamos actualmente es atípica y extraordinaria tanto a nivel nacional como global, pero para nosotros, más allá de las adaptaciones lógicas a esta “nueva normalidad”, el hecho de repensar la economía familiar, achicar gastos, reorganizar el universo laboral, reinventarse, capear las circunstancias impuestas por el contexto, ajustar expectativas y seguir en el día a día las vicisitudes de la pandemia, no han significado un gran proceso. Nos adaptamos, con algunas variantes, perturbaciones e inseguridades, pero nada nos resultó ni tan extraño, ni tan desacostumbrado, como seguramente les ocurrió a otras comunidades.

Estamos acostumbrados a vivir el día a día, a que llegar a fin de mes represente un desafío, hemos desarrollado frente a las crisis, por obligación, un nivel de adaptación sorprendente. Está claro que vamos a sufrir nuevos cimbronazos, que esta crisis será diferente, más profunda y estructural que otras que hemos atravesado, pero somos expertos en emparchar, no nos preocupa de manera proporcional al escenario.

Todas las mediciones de los principales analistas anticipan para fin de año una pobreza que se ubicará entre el 55% y el 60%, una inflación cercana al 40% anual y el Producto Bruto Interno con una caída histórica de entre el 13% y el 14%, es decir, una crisis inédita aún para nuestro país. Sin embargo, como el tiempo transcurre, pasan los gobiernos y nosotros, salvo algún que otro período de bonanza, estamos más o menos siempre en el mismo escenario, como nuestra cotidianeidad estructural implica atravesar una crisis tras otra y siempre tenemos en el tintero del futuro la posibilidad de que mañana podemos estar peor, realmente no estamos todo lo angustiados que deberíamos,

Una triste peculiaridad argenta, que en esta nos viene como anillo al dedo, porque si realmente nos pusiéramos a analizar fríamente, a calcular que lo que se nos viene implica niveles económicos calamitosos con posibilidades de recuperación muy improbables en lo inmediato, estaríamos realmente angustiados. Pero somos argentinos, estamos adaptados, no hay adversidad que nos agarre desprevenidos.

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