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Siga el baile..., siga el baile

Por Javier Cid

Sensaciones encontradas. Saber que casi nada es tan definitivo como para cambiar el mundo de un plumazo, que la vida a veces pende de un hilo y que, por el motivo que sea, siempre hay un bien superior el que quizá sea el esencial. Sentir que siempre hay una fachada, que es muy difícil encontrar el amor verdadero hacia el prójimo, que es fácil juzgar al otro, pero que somos especialistas en encontrar excusas para justificar nuestros actos y decisiones. Todo es válido en los tiempos modernos.

Puede ser por el homenaje, por ‘la gente’, por el negocio, porque ‘él hubiera querido que fuera así’ o por los compromisos asumidos, pero parece que el show debe continuar, siempre debe continuar y a la brevedad, que ya no hay tiempo para lamentos, que el luto quedó definitivamente en el pasado aunque la representación de las emociones sea diametralmente opuesta; que de un lado esté la alegría y del otro, la tragedia. En todo caso, lo arreglamos con un ‘crespón’ negro. ¿Dónde quedó aquello que ante la pérdida de un familiar el resto estaba meses sin prender el televisor, ni escuchar música?

Pasa en la Argentina y también en el resto del mundo, como si la globalización hubiera llegado al punto extremo donde el dinero y ‘los compromisos’ están por encima de cualquier otro interés. En este tema no hay religiones, pensamientos, cuestiones políticas, ni cósmicas. Aquí no se invoca ni a Dios, ni a Alá, ni a Mahoma, solo se contempla la conveniencia de algunos mortales.

Estas líneas surgen a partir de la sensación que, en particular, me produjo ver por la televisión cómo Jesús María seguía siendo un ‘alegre’ festival de Doma y Folklore, con gente cantando y danzando, como si no importara en absoluto el hecho que solamente 24 horas antes, en ese mismo lugar donde los ballet desarrollaban su arte, había muerto una persona, un jinete que pereció apretado por su caballo mientras formaba parte del espectáculo. “Se murió..., ¿qué le vamos a hacer?”, parece haber sido un pensamiento mayoritario entre la multitud que noche a noche concurre a ver el espectáculo. Descarnado y cruel, pero real.

Dale que va.. en el Dakar, en la lejana para nosotros Arabia Saudí un piloto de motos, Paulo Goncalves, perdió la vida en la carrera. En pleno desierto fue encontrado por compañeros que no pudieron hacer nada para salvarlo, y cómo máximo esfuerzo la organización decidió que la etapa siguiente no se corriera, pero sí la posterior y el resto de la programación. Con deportistas devastados anímicamente por la situación la carrera continuó, habrá ganadores y hasta otros accidentados que, aún con fracturas en partes de sus cuerpos, estarán contentos porque al menos la pueden contar.

En el territorio cordobés, a modo de homenaje al jinete muerto se hizo un ‘responso religioso’ a pocos kilómetros de donde lo estaban velando y antes que al escenario mayor subieran los distintos grupos artísticos, donde el cierre estuvo a cargo de Sergio Galleguillo, cantando alegres canciones, quizá poniendo de manifiesto un alto grado de hipocresía social. En un momento nos acongojamos, elevamos la mirada al cielo, los creyentes pidieron por el alma de la víctima y después... siga el baile. Luego el campeonato de jineteada siguió, quizá a alguno de los participantes se le pueda ocurrir pensar que él pudo haber sido la víctima fatal, o que puede ser el próximo, pero no se puede parar, hay que seguir porque así lo indica la programación.

No es de mi interés particular juzgar a nadie por este contexto en el que estamos viviendo, solamente la idea es reflexionar sobre algunas cosas que nos ocurren como raza humana, donde mucho se discute desde la dialéctica pero poco se hace a la hora de fijar pautas claras de convivencia, de formalizar un contrato social, de dejar enseñanzas concretas y transmitir experiencias a las futuras generaciones.

Tampoco es el fin, en este caso, debatir sobre las jineteadas. Hay quienes hablan del respeto a las tradiciones y quienes, con mucha razón, ponen el grito en el cielo por el maltrato que indudablemente sufren esos animales, a los que ‘sacrifican’ en pos de no sé cuántas cooperadoras escolares de las localidades de Jesús María y Colonia Caroya.

Si el show debe o no debe continuar es una discusión muy vieja, supongo que desde que el hombre es hombre y la mujer es mujer, pero al menos debería haber ciertas contemplaciones, por respeto a la gente que es parte de algo, que muere en ese lugar y que, seguramente, deja a algunos otros con un profundo dolor ante la pérdida irreparable.

Es de entender que ya nada parezca ser tan definitivo, es lógico aggiornarse a los tiempos que corren, pero tampoco debería ser tan efímero el homenaje. Tendríamos que encontrar un equilibrio, ¿no?.

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