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No hay más margen

Nadie quiere cerrar nada, nadie quiere encerrarse, nadie está dispuesto a bajar la persiana, ni a frenar su actividad económica.

Crucen los dedos para que todo se encarrile de la mejor manera posible, porque en Argentina no hay margen para medidas más restrictivas de las que adoptaron en estos primeros días de la “segunda ola”. Todo el capital de confianza y el humor social lo apostaron en el 2020, el croupier ya gritó hacer rato el “no va mas”, no hay posibilidad de ninguna apuesta más. Nadie quiere cerrar nada, nadie quiere encerrarse, nadie está dispuesto a bajar la persiana, ni a frenar su actividad económica. No por maldad o desobediencia civil, simplemente porque no hay posibilidades de subsistir y, como todos sabemos, el instinto de conservación es uno de los más fuertes.

Lejos de un intento de rebeldía infundada o transgresión arbitraria, la resistencia es justificada, los efectos de la crisis que generó la pandemia el año pasado son demoledores, los que pudieron sobrevivir con sus negocios y pymes a esos meses, tienen en este momento un grado de fragilidad que no admite ningún lapso de nueva inactividad. El oxígeno de las actividades que se vieron obligadas a cerrar por meses, es mínimo, son rubros exhaustos, agobiados por las deudas y por una situación que aun no pudieron remontar. ¡Cómo podrían soportar nuevas restricciones!

Lo mismo que en la economía formal, ocurre con aquellos que trabajan en negro, los que changuean, los que se la rebuscan como pueden. La economía informal es la que permite zafar casi a la mitad de la Argentina. Qué le van a decir a esa gente, que no venda más rosquitas, o empanadas, que no salgan a la calle a cartonear, qué les vas a hablar de Covid y de segunda ola si lo único en lo que pueden pensar, desde que se levantan hasta que se acuestan, es en cómo llevar un plato de comida para los suyos.

¿Y cómo se cuidarían los trabajadores de rubros obligados a pulular de un lugar a otro, los famosos trabajadores golondrinas que corren todo el día mirando el reloj y contando los minutos para no llegar tarde a la actividad que sigue? ¿Qué decirles a las y los profes, las y los enfermeros y todos los que corren el riesgo de contagiarse por trabajar, y el riesgo de no llegar a fin de mes si dejar de hacerlo?

La realidad es que hoy no hay margen para una nueva cuarentena estricta, medida que además tuvo magros resultados el año pasado, porque pese a lo que algunos digan, puestos en la balanza lo que se ganó y lo que se perdió, no fue una buena medida, demasiado tiempo, demasiada incertidumbre y gravísimas consecuencias económicas, sociales y psicológicas. Lo que hay que hacer es hablar menos y estudiar más, las cifras comparativas raramente equivocan las conclusiones y en el caso de la eterna cuarentena dicen que fue una mala medida, por eso mismo hoy es impracticable, no es posible aplicarla ni siquiera en un lapso más acotado.

Hoy estamos transitando la segunda ola con un grado de resistencia psicosocial muy limitado, con un grado de fragilidad económica superlativo y con una situación de agobio generalizado. No es el mejor escenario, mucho menos para un gobierno que no ha presentado ningún plan, no hay decisiones a largo plazo, todo lo proyectado entra dentro de los cánones del cortoplacismo, a lo sumo dentro de un trimestre.

No tenemos acceso al financiamiento internacional, no tenemos posibilidades de emitir, nuestra economía cayó el 10% el año pasado, el déficit fiscal primario llegó a 6,5% del PBI y la emisión alcanzó los 2 billones de pesos. Se desplomaron las reservas netas un 65%, la brecha cambiaria superó el 100% durante algunos meses, no pudieron contener la inflación, por ende, seguimos perdiendo poder adquisitivo, el deterioro salarial fue brutal y la pobreza trepó al 42% afectando a 19 millones de argentinos.

Este combo hace que atravesemos la segunda ola hartos del virus, exhaustos, agobiados, sabiendo que la pandemia aún no ha pasado, sabiendo que las vacunas no vienen a la velocidad deseable y que la inmunización va a demorar un buen tiempo más. Pero al mismo tiempo estamos imposibilitados de evitar este clima social, este malhumor y esta angustia existencial de sentir que no queremos más, que llegamos a un límite.

No hay maldad ni ánimo de desobediencia civil, simplemente no queda margen, porque las únicas razones que nos entran en la cabeza en este momento a los ciudadanos comunes que nos la rebuscamos todos los días para sobrevivir, son cómo hacemos para seguir subsistiendo en este contexto. Es instinto de conservación en estado puro.

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